
Joseph Ducreux no fue un retratista más. Bueno, en parte lo fue, pero su carrera se dividió en dos momentos bien marcados. En su primera época, fue un mimado de la monarquía, ese tipo de artista que ponía su técnica en pos de hacer lucir los mejores atributos de los retratados, nada nuevo bajo el sol. Y, en la otra, tras la Revolución Francesa, pudo reinventarse, a partir de una serie de autorretratos originales, graciosos, y que de un tiempo a esta parte se convirtieron en carne de meme.
Es que la obra de Ducreux se conoce de una manera indirecta, aún sin que nadie (o la mayoría) sepa quién fue el autor de esas imágenes, ya que sus retratos surgen y resurgen con textos aggiornados para las redes sociales. Y ese poder de adaptación a los nuevos tiempos, justamente, se debe a lo inusual de su estilo poco ortodoxo.
Pero vayamos a sus inicios. Ducreux nació en Nancy, Lorena, en 1735, e hizo sus primeras herramientas con su padre, también pintor. Ya en París tomó clases con Quentin de La Tour, afamado retratista rococó, que entre otros eternizó a Voltaire, Jean-Jacques Rousseau y Luis XV.
De su maestro aprendió el uso de la pintura al pastel que lo caracterizó a lo largo de su carrera, aunque luego también realizó piezas al óleo bajo la influencia de Jean-Baptiste Greuze, también retratista y eminencia de la pintura histórica.

Su vida cambió en 1769, cuando fue seleccionado para emprender un viaje hacia Viena, donde tuvo como modelo a la futura y última reina consorte de Francia, María Antonieta. En aquella época, los retratos tenían múltiples funciones en las clases altas, una de ellas era la de revelar el aspecto de las aspirantes al trono.
Desde su infancia, la madre de la futura reina -María Teresa I- había intentado desposarla con el delfín Luis Augusto para mantener la alianza franco-austríaca, propuesta que finalmente fue aceptada en el ‘69, luego de que el futuro Luis XVI quedara embelesado por el retrato de la austríaca. En agradecimiento, posteriormente, el artista fue nombrado barón y peintre de la reine (primer pintor de la reina), a pesar de no ser miembro de la Real Academia de Pintura.
Para aquella época también comenzó a realizar los retratos que lo hacen tan actual, aunque no los mostraba en público. Había en el artista un deseo de crear algo diferente, eso sin dudas, pero ese acercamiento estilístico no nació de la nada.
Por un lado, Ducreux era en un continuador de la tradición tronie (rostro), un estilo desarrollado durante el Siglo de Oro neerlandés y en la pintura barroca flamenca, en el que se representaba a ciertas personas con una gesticulación exagerada, con referentes como Joos van Craesbeeck, Adriaen Brouwer y, por supuesto, Frans Hals.

Por el otro, estaba motivado por las lecturas de frenología y fisiognomía, pseudociencias totalmente descartadas que planteaban que a partir del rostro de una persona se podía conocer su personalidad y, en algunos casos, hasta su futuro.
Esta vertiente, con orígenes en la antigua Grecia, fue relanzada por Giambattista della Porta en 1586 y redescubierta y estudiada a mediados del siglo XVII en el contexto artístico por Charles Le Brun, fundador de la Academia Francesa de Pintura y Escultura en 1648 y supervisor del edificio de Versalles.
Pero Ducreux no fue el único en indagar en la fisiognomía, también lo habían hecho sus maestros, de La Tour y Greuze, como Louis-Léopold Boilly y Jean-Jacques Lequeu, entre otros.

Esta “ciencia” avanzó a tal punto que se tomó por cierta hasta el XX y generó, por ejemplo, que se establecieran relaciones directas entre el tamaño y la forma del cráneo y el cociente intelectual.
Sin embargo, Ducreux no utilizó este estilo con los clientes de las altas clases, sino consigo mismo con el objetivo de poder captar distintos planos de la expresividad de su rostro para luego aplicarlo, en dosis, en sus encargos.
Sin dudas, el más conocido de todos es Autorretrato burlón, realizado alrededor de 1793, que se encuentra en el Museo de la Revolución Francesa. Otras piezas destacadas fueron Autorretrato bostezando (1783), El Discreto (circa 1790) y La sorpresa (1791-1799).
Tras el estallido de la Revolución Francesa de 1789, el artista temió por su vida, a fin de cuentas era un pintor de cámara real, y huyó hacia Inglaterra.

Su buena relación con Jacques-Louis David, amigo de Robespierre y miembro del club jacobino, le permitió un regreso seguro a su patria en 1793, donde comenzó a trabajar para la nueva aristocracia. Un día antes de la ejecución de Luis XVI, se le permitió ingresar a la prisión del Templo donde se lo retenía e in situ realizó el último retrato del monarca.
Sin embargo, gracias a esta nueva protección y aún habiendo sido un artista del poder en caída, comenzó a participar de los salones, cuando antes se consideraba que no tenía las credenciales suficientes para hacerlo.
Allí, sus originales autorretratos se colocaron lado a lado con los retratos oficiales a modo de burla a los críticos. La aceptación del público de estas obras lo colocaron en otro lugar, lo diferenciaron de sus colegas y eso le permitió generar una imagen de pintor revolucionario y conseguir muchos más clientes.
Ducreux falleció por una apoplejía el 24 de julio 1802. Había tenido varios hijos varones, uno de ellos, Jules, se destacaba como pintor, falleció en la Batalla de Jemappes, en 1792. Los otros también partieron antes por diferentes razones. Su hija, Rose-Adélaïde Ducreux, también destacada pintora y música, le sobrevivió, pero apenas dos días, ya que murió el 26 de julio de fiebre amarilla.
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