
El otoño se despidió, incierto. El paño del invierno arriba con esa luz que parece ingresar por rendijas, saturando los marrones y ocres, desplegando una monotonalidad majestuosa. El mundo se torna grisáceo, algo más sublime, quizá, y parece vivir en la añoranza. Siempre bella, eso sí, la experiencia. Como una pintura de Christen Købke.
Si se observan muchas de las obras del danés se puede ingresar en ese espíritu de desasosiego acogedor; hay una cruda sinceridad, una redención de lo real que se aleja de los artificios, de lo espectacular, que pone al ojo otra vez en el centro de la obra. Y, a la vez, es un artista que experimenta, que crea fuera de lo esperado. Hay puntos antes del puntillismo, manchas antes de los macchiaioli, y un juego con la luz au plein air que nada tiene que envidiar al impresionismo.
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En la primera mitad del XIX, Dinamarca tuvo su Edad de Oro, pero no surgió de la nada, sino que emergió de la necesidad y el desengaño, de la crueldad de la sumisión, de la pérdida del orgullo. El gran arte, dicen, siempre surge del caos, de las crisis, de la ausencia, renace potente para apaciguar el espíritu inconformista.

A inicios de la centuria, las reglas estéticas del arte eran regidas aún por la escuela italiana. Los artistas nórdicos, como tantos otros, debían en algún momento hacer la procesión hacia el mediterráneo si querían hacerse un nombre en su propio país. Købke no fue la excepción, pero paradójicamente -o no- lo mejor de su obra, lo más puro y aún latente es aquello que produjo antes de ser “contaminado” por el academicismo.
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Decíamos que entonces, que el Neoclasicismo, que tanto amaba la antigüedad y se desprendía lógico, racional, tras la Ilustración era engullido por una mirada sentimental de la existencia del hombre, el Romanticismo. Pero para cada país, sus características.
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Pensar la historia oficial del arte sin comprender el rol de la economía (y la guerra, sobre todo en esa época) como su poder de construir centros es, al menos, inocente. Mientras que la época dorada de Francia, Italia o España se produjo cuando eran el máximo o uno de las más importantes motores económicos del planeta, el caso danés es inverso. Y hay, en esa paradoja, una belleza noble que solo el arte puede generar.
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Durante las guerras napoleónicas, Dinamarca sufrió una humillación detrás de otra. En 1801 y 1807 fue bombardeada por los británicos, que consideraban que a pesar de su neutralidad, cederían ante la presión de Napoleón Bonaparte para que le entregaran su poderosa flota. Se sabe, desde que el mundo es mundo, la “prevención” es la mejor manera de curar los acontecimientos que nunca sucedieron.

Así, sin flota y con una ciudad en ruinas, no tuvieron más opción que aceptar la alianza propuesta por Francia, pero todo fue para peor. El país se declaró en bancarrota y para 1814 debió ceder Noruega a Suecia. Y allí, cuando la oscuridad cubría cualquier esperanza, surgió un grupo de artistas que abandonó la comodidad de los estudios y salió a recorrer su tierra en búsqueda de aquello que aún quedaba en pie, al rescate de su identidad. Nacía su Siglo de Oro que, en sí, fueron alrededor de 50 años.
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Købke fue uno de ellos. Pero también debe nombrarse a Christoffer Wilhelm Eckersberg, el gran maestro, y a otros de sus estudiantes, Wilhelm Bendz, Martinus Rørbye, Constantin Hansen y Wilhelm Marstrand, así como la escultura de Bertel Thorvaldsen. Fuera de las artes plásticas, las figuras más reconocidas de aquellos tiempos son el cuentista Hans Christian Andersen y el filósofo Søren Kierkegaard.
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Se suele asegurar que el Siglo de Oro danés es una extensión del romanticismo alemán, como un subproducto, otra vez la cuestión de los centros. Y por supuesto que existen conexiones, pero limitar la existencia de unos a los de otros solo funciona para crear, o mantener, cánones que ordenen un sistema. Y es que en aquellas obras también hay elementos de otra centuria dorada, la neerlandesa, de donde toma mucho de los elementos paisajísticos, como así la captura de lo cotidiano en los hogares.
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Alumno de Eckersberg, considerado el “padre de la pintura danesa”, Købke vivió apenas 37 años (1810-1848) con dos etapas bastantes marcadas: por un lado, la de sus retratos y paisajes que le dieron inmortalidad (y que aquí nos reúnen), y una época en la que, tras un viaje a Italia, la influencia latina hizo que su mano perdiera la magia, no sin abandonar el virtuosismo.
Precursor del realismo en su país, Købke fue un meticuloso del detalle que supo captar y generar atmósferas plenas de serenidad, tal como se puede apreciar en Mañana de otoño en Sortedamssøen (1838) o Paisaje otoñal del castillo de Frederiksborg (1837/1838), ambas en la Gliptoteca Ny Carlsberg, Copenhague.
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En sus piezas, los días rurales se presentan apaciguados, la naturaleza marca el pulso de los días, señala el camino así de la recuperación de ese orgullo herido. La vida, parece decir, está dentro de nosotros, como en Vista de una calle en Østerbro (1836), donde las vacas deambulan por una calle, entre el devenir de los carruajes, y las mujeres que dialogan camino al mercado.
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En sus pinturas en torno a ríos se destaca esta simpleza como también la ausencia de aquella flota que era una de las más importantes del mundo. Hay allí, personas que esperan, que observan el ulular de un agua deshabitada, desnuda casi, salvo por algún pequeño bote que llega en un horizonte lejano, o, como sucede en Vista de Østerbro desde Dosseringen (1838), en el que dos hombres alistan una embarcación mientras tres mujeres aguardan el instante para regresar al agua. Volveremos a nuestro elemento, parece decir.
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En lo biográfico, Købke fue hijo de un panadero y pasó sus primeros años en una fortificación militar en la capital. A los 11 padeció fiebre reumática, por lo que a lo largo de su vida estuvo muy ligado al hogar y su entorno. Ya, en aquel tiempo de convalecencia, había decidido que quería ser artista. A los 12 había sido aceptado en la Academia Real Danesa de Arte y durante cuatro años tuvo a Eckersberg como maestro, quien hizo hincapié en la apreciación de la naturaleza.
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Con 24 años, luego de haber vivido con su amigo el paisajista Frederik Hansen Sødring, se mudó a Sortedamssøen junto a sus padres, donde realizó lo mejor de su producción.
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Tras casarse, realizó un viaje de dos años por Italia (Nápoles, Sorrento, Pompeya y Capri) y a su vuelta dio vida en el lienzo a los bocetos que había realizado, pero el cambio de dirección en su estilo, mucho más academicista, no tuvo buena repercusión por lo que incluso meditó continuar como pintor decorador para sobrevivir.

Tras la muerte de su padre, en 1843, y la venta de la propiedad de Sortedamssøen regresó a la ciudad, donde su suerte no mejoró, fue rechazado por la Academia y, en 1848, falleció debido a una neumonía persistente.
Además de sus paisajes, se destacó como retratista, con cuadros en los que pudo plasmar la misma sensibilidad que tenía cuando se paraba frente a un paisaje. Sus modelos fueron, a falta de mecenas y encargos de apellidos de renombre, sus amigos, sus colegas, a quienes desnudó con una habilidad preciosista para capturar la expresión de los ojos y los gestos mínimos.
Købke realizó una obra, en la simpleza de sus temas, universal, cultivando un estilo único enfocado en la belleza de lo que, a otros, podría parecerle ordinario; supo capturar la atmósfera de su tiempo y extenderla hasta la actualidad. Quizá por eso es considerado uno de los grandes maestros de la pintura danesa. Y quizá por ser danés su nombre no sea mucho más conocido. Quizá.
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