
“Álea iacta est” fueron las palabras que pronunció Julio César, el hombre que estaba al frente del grandioso Imperio Romano, cuando cruzó el Rubicón y determinó entonces el inicio de la guerra civil contra sus enemigos conservadores. Se trata de una locución latina que significa: “La suerte está echada”. Ya el destino depende de los actos y no de una elucubración sobre ellos. Algo así le debe ocurrir a los actores y a todo el equipo dramatúrgico cuando se levanta el telón y la función comienza. “La suerte está echada”. Y entonces la acción empieza a andar.
Se estrenó en el teatro Payró la obra Brutus, de Oscar Barney Finn, que introduce el célebre final –asesinato, magnicidio– de Julio César desde el punto de vista de Marco Junio Bruto, uno de los favoritos del César, que en aquellos años se había hecho nombrar como dictador (en el marco de la república) y cuyo poder era temido por los miembros del Senado. Aquellos hombres especulaban que él tendría como siguiente paso en su ascenso, el nombramiento como “rey”, un hecho que marcaría entonces el fin de la república.
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Bruto era, entre muchos otros, un convencido defensor de la república, como Julio César lo había sido. Los senadores complotados señalaron que, durante los “idus de marzo” se llevaría a cabo el asesinato del César, y decidieron que Marco Junio Brutus debería tomar entre sus manos el tiro (es un decir) del final, ya que contaba con el favor no sólo de Julio César sino también del pueblo romano.

El centro de la obra muestra los momentos previos al magnicidio y las dudas existenciales que atraviesan a Bruto, que se ve presionado por los senadores, por la cercanía manifiesta de César hacia él y por su ineludible convicción republicana. Así se lo hacen saber el lider del complot Casio, su propia esposa, su respetado Cicerón.
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La puesta de Barney Finn, sin embargo, no introduce como fondo el debate existencial, sino que muestra a un dubitativo Bruto que ante la pregunta de por qué habría dado marcha atrás en su compromiso frente a los senadores, sólo da vueltas sobre sí mismo y dice: “No lo puedo hacer”, lo que deriva en un tragedia dramática en un melodrama ayudado por la música que subraya los climas escénicos, o una pantalla que también. Cuando finalmente se da a conocer las razones del dubitativo Marco Junio Bruto, el enredo de filiaciones adquiere ribetes que superan el melodrama que había sido establecido.
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Será tiempo entonces el tiempo del magnicidio, el del “Tu quoque” y el de la escapatoria de los asesinos frente al pueblo romano que amaba a su César y que demanda venganza por su muerte. Serán tal vez los mejores escenas de la obra dirigida por Barney Finn.
Las actuaciones están todas bien, se podría resaltar el papel de Cicerón y el de la madre de Bruto, pero los acordes melodramáticos de la música de fondo que acompañan los pasos escénicos reducen atentan contra una apreciación más límpida de la acción dramática. En el vestuario resalta el uso de remeras -de aquellas que se consiguen en cualquier tienda de ropa masculina contemporánea– frente a la posibilidad de un realismo histórico que bien valdría la elaboración textil de unas sencillas túnicas, que los hombres romanos usaban con mangas hasta los codos o, incluso, que dejaban ver desde los hombros. Plutarco en su Vidas paralelas describe bien estas prendas que poseen los menores costos de elaboración.
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En definitiva, Brutus es una oportunidad de asomarse a la historia a través de la disyuntiva de un hombre y mediante el uso de herramientas dramatúrgicas contemporáneas. Quizás no lo logre, pero brinda un espectáculo melodramático en la tradicional sala de la calle San Martín. Para una versión de los tiempos dramáticos propuestos por Brutus, siempre viene bien revisar las páginas de Julio César, de Shakespeare. Pero esta es una afirmación que está de más. Siempre viene bien volver a Shakespeare.
* Brutus, de Oscar Barney Finn, tiene funciones los viernes y sábados a las 20 hs. en el Teatro Payró (San Martín 766, CABA).
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