
¡Pero qué sublime el tercer episodio de la cuarta temporada de Succession! Un capítulo perfecto para comenzar a vivir el fin de esta serie destinada a perdurar como una extensión del Shakespeare de Rey Lear,en este primer cuarto del siglo XXI. Aquella que logró (logra) mostrar el mundo despreciable de una familia perteneciente al 1% más rico de la humanidad y que, además de desprecio, logra que cada personaje muestre los disturbios personales en los que está envuelto y que lo vuelve tan humano. Como cualquier persona, como cualquier espectador, que así se emociona con estos pérfidos y amables antihéroes contemporáneos.
(Quien no haya visto el E03S04 de Succession, pero se disponga a hacerlo, debería dejar aquí la lectura de esta columna porque, claro, SPOILER ALERT).
No conozco a nadie que no se haya emocionado con el capítulo 3, titulado Connor’s Wedding (La boda de Connor) y no conozco a nadie que no haya caído rendido a los pies del guionista Jesse Armstrong, del director, Mike Mylod, de todo el reparto quienes, cada cual en su trinchera de batalla, lograron un episodio vibrante. Una montaña rusa emocional iniciada a partir del momento en que quienes se encontraban en el yate nupcial conocen, mediante una llamada desde el avión que transportaba a Logan Roy, que el patriarca estaba muriendo.

Nadie lo esperaba. Ni los espectadores ni los actores que se sorprendieron y comenzar a planificar cómo dar vida a ese escenario, sin que nadie externo al círculo de la producción supiera de la marcha guionística de los acontecimientos. Tal vez los espectadores olvidamos por un rato que el primer capítulo de la serie mostraba a Logan Roy sufriendo un aneurisma y que puso sobre el tapete la cuestión acerca de quién sería el heredero del imperio familiar-comunicacional. Olvidamos que Succession es “sucesión” o herencia y le atribuimos la virtud de la eternidad del mal a Logan. Que murió.
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Es impresionante saber que –desde que la llamada aérea de Tom es contestada por Roman, el menor de los hermanos, y luego compartida por el altavoz del celular con Kendall– comienza una escena filmada en una sola toma, con tres cámaras y dejada al uso de la improvisación a sus protagonistas. Allí están Roman, Kendall, luego Shiv y finalmente Connor, durante 32 minutos sin cortes. Tal vez por esa razón, quizás, se concentre tanta energía dramática. Los tres dedican sus palabras, literalmente, a alguien muerto o que está muriendo a miles de pies de altura. Es el llanto de los hijos frente a un padre que, sin escrúpulos, los lastimaba cada vez que podía y del modo más funesto. Es el testimonio del amor, entonces, pese a todo.

La maestría del guión no permite al espectador ver por completo a Logan Roy yaciendo en el avión mientras recibe los ejercicios de resucitamiento por parte de una azafata. Sólo se ve difusamente un torso, brevemente el rastro de una cabeza mientras Tom le acerca el teléfono para que Logan, lo que queda de él o su cadáver, escuche las palabras de unos hijos a un padre que está muriendo.
La toma sigue a los protagonistas hasta que le informan a Connor de la situación y juntos suben al lugar más elevado del yate (¿el más cercano al cielo de su padre?) para realizar el duelo. Y también los planes para seguir, porque luego de la herencia, viene saber qué pasara con el emporio empresarial de la familia.
Es un capítulo sublime, sin pérdida. Tal vez de lo mejor de las series de este siglo, que comenzaron unos años antes su imperio con Los Soprano, la obra que mezclaba mafia, crimen y psicoterapia en New Jersey. Sus seis temporadas comenzadas a emitir en 1999 introducían por primera vez a una producción realizada mediante capítulos semanales, según los procedimientos que se usaban en el cine. La serie triunfó, fue un gran momento de la televisión, que comenzaba a reconfigurarse. Es decir, se seguía viendo en el televisor. O a lo sumo se compraban DVDs con los capítulos de la temporada para verlos en maratón.

Luego la expansión de los dispositivos permitió que esa forma de ver coexista con la experiencia individual en computadoras, celulares, tablets. Se sabe que los más jóvenes hoy no ven televisión como durante el siglo pasado. Y se dice, con acierto, que en la Argentina de 2023 la emisión de Gran Hermano permitió a los centennials conocer para qué servía ese aparato ubicado en un rincón del living comedor.
Las series también permitieron, en su dinámica que puede llevarlas a expanderse por años y años, a bluffs tremendos. Recordarán, tal vez, lo que pasó con Lost, la historia de unos sobrevivientes, o algo así, de un accidente de aviación que se encontraban en una isla y que esa isla, ella misma, era protagonista de la narrativa. Recordarán como J.J. Abrahams se divertía poniendo en escena flashforwads para deleite del espectador en el asombro y el misterio. Fueron muchas temporadas y cada una abría un nuevo misterio que no se cerraba. Llegamos a la sexta temporada con un final que decepcionó a todos. A todos, es decir, a todo el mundo. Bueno, nadie dijo que no podía pasar.
Hoy The last of us, cuya primera temporada fue buenísima, es la extensión narrativa de un video juego. Sí, las cosas van evolucionando.
Succession tiene una narrativa más clásica en su cinematografía, más shakesperiana en lo dramático sin que esto excluya estos giros, como la muerte de Logan Roy, que cambian todo. Probablemente un productor ambicioso haría una quinta temporada y que se desmadre todo, pero por suerte no parece que vaya a suceder.

Es que quedan siete episodios y caerá el telón, culminará la función. Son cuatro temporadas, la muerte de Logan Roy se produce en el capítulo 3 de 10. Es cierto, con un pico tan alto como el logrado en Connor’s wedding surge la pregunta un declive antes del telón. Se puede desear que no. Este domingo en HBO Max a partir de las 22, el S04E04 de Succession nos dirá más. Comienza la disputa por la herencia de Waystar Royco, la compañía.
Que comience entonces la batalla. Que ganemos también los espectadores.
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