
El acordeonista y compositor Raúl Barboza lanzó a sus 84 años un nuevo disco junto a Daniel Díaz, Souvenirs Panamericanos, en el que los músicos argentinos radicados en París se inspiraron uno en el otro para proponer un viaje plagado de imágenes y sonoridades que van del chamamé al jazz, y del tango a la música experimental.
“Venimos de diferentes formaciones, pero teníamos una idea casi igual sobre cómo hacer la música; para mí se hace de una sola manera: con cariño, con amor y con trabajo; en este disco nos hemos inspirado uno al otro, y eso también es muy importante en dos autores; se tienen que querer, respetar, se tienen que reír y tomar un vino juntos”, dijo Barboza en diálogo con Télam desde la capital francesa.
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Barboza y Díaz son vecinos (viven a cinco cuadras de distancia) y si bien ya habían trabajado juntos, esta es la primera vez que lo hacen con total libertad, desde la improvisación, combinando la música del litoral con otros géneros y variados instrumentos.
Editado por el sello Cézame Latin, perteneciente a la agencia de música independiente francesa Cézame Music Agency, Souvenirs Panamericanos representa para el acordeonista una continuidad en una búsqueda musical que se caracteriza por acercar el chamamé al europeo desde un lenguaje propio, idea que profundiza especialmente en este trabajo.
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En tiempos de pandemia, donde se empezaba a habilitar la circulación, la cercanía entre sus casas fue clave, ya que dio lugar a que nacieran una serie de intercambios musicales que terminaron en forma de disco.

Para Díaz, compositor y multiinstrumentista, quien al igual que Raúl vive en París desde hace décadas, fue muy significativo poder trabajar con Barboza “en algo puramente creativo, sin ningún preconcepto, amistosamente”, pero sabiendo que en esos encuentros iban a tratar de “atrapar algún bicho” que represente a los dos.
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Barboza nació en 1938 en Buenos Aires, vive en Francia desde que tenía 50 años, grabó 39 álbumes en la Argentina y 24 en Francia y participó en nueve películas. A lo largo de su carrera tocó junto a grandes como Mercedes Sosa, Jairo, Eduardo Falú, Jaime Torres y Los Chalchaleros.
Díaz también es porteño y tiene editadas 850 composiciones como solista o en colaboración: tocó en diversas propuestas y junto a destacados solistas del mundo como Juan Carlos Cáceres, Magik Malik, Minino Garay, Elise Caron y Francis Lalanne.
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—En este álbum la música fluye con naturalidad. ¿Cómo fueron surgiendo estas piezas tan bellas, algunas atravesadas por cierto halo de melancolía, contemplativas, y otras más alegres?
Daniel Díaz: —Tratamos de secuenciar el disco para que sea más o menos variado. En la primera mitad hay un chamamé tradicional, “La ruta 14″; está “La norteña”, que es una zamba un poco más melancólica pero está en tonalidad mayor; y “La chamarrita”, que es muy tierna, simple y campera. Creo que el disco está bastante equilibrado, que va y viene de una cierta melancolía y tristeza hacia algo más alegre que tiene el chamamé.
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Raúl Barboza: —Cuando salí de Argentina y llegué aquí, me vine con todo, con todos mis cariños, mis amores, mis tristezas. El ruido del viento de unos árboles que se llaman casuarina, que escuchaba cuando llegaba de la escuela, a la noche; había que hacer dos cuadras de tierra y cuando llovía eso era un barrial y me tenía que agarrar de los alambrados para no caerme. Me vine con el canto de los pájaros, con las risas de los chicos cuando jugábamos al fútbol, yo me traje la música de Atahualpa Yupanqui, Ariel Ramírez, Eduardo Falú, Carlos Gardel. Me hice una valija y me la puse arriba del hombro. No sentí en Francia el desarraigo, creo que aquí el francés (o en todo caso la gente que encontré aquí) nos ha recibido con mucho cariño. Me decían: “Raúl, ¿querés venir a tocar tu música con nosotros, hacer una gira?” Entonces nunca me sentí desarraigado en este país, el músico francés aceptó al músico argentino como un hermano.
—El álbum abre con “Toda una vida volviendo”, ¿el nombre remite a la distancia, a un país al que siempre están regresando? ¿Cómo sienten que influye en su música el hecho de vivir lejos de Argentina?
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DD: —Sí, yo creo que el hecho de que los dos vivamos afuera del país hace que tengamos una visión de lo tradicional y de las combinaciones y las fusiones, un poco distinta de la que teníamos cuando vivíamos en Argentina. Sobre todo cuando revisitás estilos que fueron parte de tu cuna musicalmente, tenés otra perspectiva. Y Raúl también la tiene, es un especialista del chamamé pero no es un purista y eso tiene que ver con que vive acá, donde ha colaborado con muchos músicos franceses e internacionales.
RB: —Cuando llegué acá traté de encontrar a muchos argentinos porque no hablaba francés. Vine por propia voluntad y seguí tocando chamamé como lo hacía en Argentina, pero poco a poco me encontré con otros músicos que también les gustaba mi música; yo tenía que adaptarme a la mentalidad musical de un europeo, entonces fui tratando de hacer los temas más fáciles para quien me estaba escuchando.
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—Si bien ya habían coincidido en otros proyectos, ¿cómo describirían la experiencia de trabajar juntos en este caso?
RB: —Este trabajo salió inesperadamente, comenzó a salir a partir de que Daniel me mostró unas melodías que yo no podía sacar y poco a poco nos fuimos metiendo dentro de ese movimiento musical, fueron apareciendo melodías suyas a las que yo le ponía una parte B. Le mostraba un acorde y él le ponía melodía, así se fue haciendo sin que haya preparación ni partituras. Se hizo de manera improvisada; es algo que yo sé hacer bien y para mí es importante además que mi manera de tocar en este disco es muy distinta a mi manera de tocar en la Argentina.
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DD: —Habíamos grabado dos discos, uno de música para películas hace 10 años, Ruta 40, y otro hace cuatro, Doce de julio en París, que lleva música de Raúl y Norberto Pereyra.
—¿Cómo lograron combinar dos lenguajes diferentes?
RB: —Cuando encontré a este querido amigo sabía que era músico, pero no si leía música o si había estudiado, porque yo soy un músico totalmente atípico, no sé leer música, aprendí a escribir cuando tenía 65 años. En Daniel encontré a un hombre con una capacidad técnica musical enorme, y eso es lo que a mí me ayuda, porque tiene la palabra para que yo pueda comprender ciertas cosas musicales. Por otro lado, a él mi improvisación le parecía muy bien. Ambos veníamos de distintas formaciones, pero teníamos una idea casi igual de cómo hacer la música.
—¿Consideran que hay un público que valora una propuesta como esta, que tiene sello propio y que de algún modo reivindica nuestra identidad?
RB: —Cuando llegué a Europa lo único que se conocía era Mercedes Sosa, Gardel y Piazzolla. A Ramona Galarza, por ejemplo, no la conocían. Yo tenía que trabajar y comencé a salir con mi acordeón al hombro, y lo hacía como cuando salía con mi papá en los boliches en Buenos Aires, y tenía 10 y 12 años. En París yo ya tenía como 50 y empecé sin que nadie me conozca, sin que nadie sepa lo que significaba el chamamé, y tuve que aprender rápido francés para poder explicar esas cosas. A partir de ese momento imaginé que con cariño, respeto, tranquilidad, nuestra música podía ser aceptada en Francia, y así fue. Lo que estamos haciendo es una continuidad de mi trabajo, y Daniel Díaz es un soporte y una ayuda muy grande para que yo, sin buscar demasiado, vaya cambiando.
DD: —Hay un público para esto, siempre hay gente a la que le gusta cuando algo sale de los moldes y está hecho con todo el corazón, el disco reivindica la identidad de Raúl y la mía, y somos argentinos, el chamamé brilla de algún modo a 10.000 kilómetros de allá.
Fuente Télam S.E.
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