
La instalación-ópera-performance Sun & Sea, que hasta mañana domingo se puede visitar en el Colón Fábrica (la sede del barrio de La Boca del teatro clásico, que expone los elementos escenográficos realizados en sus), es extraña y muy recomendable. Los formalistas rusos habían denominado ostranenie (extrañamiento) al efecto de la obra en el lector o el espectador, que diferenciaba a una realización artística potente de una que no. Había que lograr ese extrañamiento en el lector que lo lleve a mirar la vida con otros prismas diferentes a los de todos los días. Sun & Sea, cuyas creadoras son las lituanas Rugile Barduzzdziukairé, Vaiva Gainyté y Lina Lapelyté (premiadas con el Oso de Oro en la Bienal de Venecia 2019) inaugura la temporada 2023 del Colón Contemporáneo, que dirige Martín Bauer). Y es pura ostranonie.

Veamos por qué. El público debe subir unas escaleras y contemplar lo que sucede debajo suyo, como si estuviera en las gradas de arriba de un anfiteatro. Y debe moverse en distintas direcciones para ver más: una playa, con distintos asistentes, de diversas edades, con diversos géneros. ¿Pero no es una playa el más tranquilo de los espacios, que invita a recostarse, descansar? Sí, pero también a hablar. Sólo que los personajes de esta playa construida en Buenos Aires en medio de brutales calores para hablar, para expresarse, cantan. Cantan en diferentes tonos, algunas veces más melodiosos cercanos al pop. Otras veces refieren a un aria de ópera. Y cantan de los temas más superficiales hasta que establecen un coro que muestra que están hablando del desastre ecológico. Entre toallas y sonrisas (y unas hermanas conservacionistas que quieren preservar a las especies haciendo copias 3D de ellas), están en la playa hablando sobre el fin del mundo.
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Con las herramientas del arte conceptual, si así se quiere leer la obra, el espectador habrá atravesado una experiencia con mucha ostranonie. El extrañamiento debe atravesar el arte actual para que el espectador sea partícipe de la obra y se produzca el fenómeno del “artefacto”. Aún hoy se escucha decir que el arte conceptual “no es arte”, planteado así como un género que no merece ser visto en galerías, museos o las propias calles. Sin embargo, ya lo dice el viejo adagio: “Una roca al costado de una roca no es arte; una roca exhibida en una galería de arte sí lo es”. El problema es que hay cada objeto artístico conceptual en una galería... Pero más que señalar su no pertenencia al mundo artístico. corresponde decir: “Tal obra es cualquier cosa, querida dama” o algo por el estilo.

La obra Sun & Sea me llevó a repasar la extraordinaria entrevista a Marcel Duchamp realizada por Pierre Cabanne en 1966, poco después que el artista cumpliera 80 años. Fue publicada por la editorial mexicana Alias, recién instalada en Argentina. Si la encuentran, tómenla de rehén o paguen por ella, porque lo importante es leer a Duchamp, el joven que -dice la leyenda- firmó un mingitorio como R. Mutt y así comenzó el siglo XX. En la entrevista, el fundador del arte conceptual dice que no le interesan las obras puramente conceptuales. Lo bien que hacía.

Las discusiones sobre el arte de vanguardia bien que se extienden hasta nuestros días, sin que logremos señalar a una vanguardia precisa hoy. El otro día, a raíz de la muerte de Enrique Symns, se discutió el rol de la “contracultura” que expresaba Cerdos & Peces, la revista que dirigía. ¿Es contracultura aquella tropa de malabaristas que, cada tanto, se hacen ver por las calles y semáforos? Como con el arte conceptual, quizás se pueda medir con la vara del impacto o que permita que algo suceda en la conciencia del espectador. O no, gusta o no, es más sencillo. Cerdos & Peces ciertamente era un bastión de contracultura con su literatura impura y sus experiencias inmorales, con toda la magia en cada número.
Conocí a Symns en 2004, cuando me había integrado a la editorial El Cuenco de Plata. Edgardo Russo era el editor y al enterarme de que Symns publicaría El señor de los venenos, una parte de la edición me tocó a mí. Edgardo tomaba a su cargo la mayor parte. Y una vez por semana me encontraba con Symns en el Británico (el viejo, no el de ahora) y discutíamos sobre lo que había que cortar, sintetizar, etc. Y elogiábamos las partes hermosas de su relato de los años ochenta y noventa. Creo que fueron de mis noches más divertidas en el Británico. Si pueden, lean esa novela, escrita por un cruzado de la contracultura que expresará lo que fue un tiempo.
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