Vengan, pasen, pónganse cómodos. Les voy a contar una historia de amistad, intriga, sexo… Bah, sexo, lo que se dice sexo, no tiene, pero me dijo el editor que debo intentar engancharlos desde el primer párrafo, así que ustedes no digan nada y sigan leyendo.
Lo que sí tiene mi relato de hoy es sal. Mucha sal.
Empecemos por el principio.
Hace años que cumplo un ritual. Todos los sábados a la mañana juego al tenis con el mismo grupo. Empecé un día que les faltó uno, me invitaron por un amigo en común, y quedé. Fui afortunado porque así, casi de la nada, me hice parte de una banda hermosa que, sin mayores pretensiones que pasar una pelotita de un lado al otro de la red (convengamos que rara vez lo conseguimos), forma una hermandad del anillo llamada MAGIA, sigla que quiere decir: “Modelo Amistad Grupal Incondicional Argentino”.
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Desde aquel día, los sábados son la rutina de estacionar en el club, agarrar el bolso, cerrar el auto, volver al auto porque me olvidé la botella de agua, cerrar el auto, volver al auto porque me olvidé el teléfono, cerrar el auto, saludar a la banda con algún chiste repetido, encarar para la cancha primero que nadie porque soy ansioso y no sea cosa que se me vaya la vida, esperar (qué tortura) a que Raúl, alma y organizador, nos asigne pareja y cancha, jugar una hora y media a no hacer dobles faltas, esquivar el revés porque es impresentable, no subir a la red porque soy boleta, usar el drive como único y bendito golpe, perder más que ganar, volver a la cafetería, extender la charla sobre lo mal que jugamos…
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Claro que ahí, en el tercer tiempo, es donde MAGIA hace la diferencia. Como el grupo aloja empresarios y emprendedores de todo tipo, ingenieros, médicos, abogados, marketineros, vendedores de granos, músicos y actores amateurs, pilotos de avión, escritores, siempre alguien tiene algún tema interesante para tocar, una anécdota para contar. Y, sobre todo, MAGIA es una maravillosa oreja para escuchar cuando alguien cae con un problema, y un gran cerebro colectivo para pensar soluciones. Por eso es que los quiero tanto.
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Cada tanto, los miembros de MAGIA hacemos un asado, siempre hay una excusa. Esta vez fue la llegada a Buenos Aires de “El Negro”, el profesor de tenis alrededor del cual se armó el grupo y ahora tiene su club en Uruguay. Como se preveía un calor de esos que asustaría a un canguro en el Australia Open, decidimos tercerizarlo. Sin mayores objeciones, se hizo la reserva en La Rana de la Avenida Alvarez Thomas y allí llegamos un mediodía, muertos de sudor y hambre, dispuestos a atragantarnos de buñuelos de espinaca, papas a la provenzal, achuras sin triquinosis, tira, vacío y flanes mixtos.
Antes del hecho que nos congrega (si es que siguen ahí, si se fueron les digo sexo y vuelven, ya saben), sucedió algo gracioso, les cuento. La moza, una veinteañera simpatiquísima y muy buena en su tarea, nos tomaba el pedido. MAGIA, gente piola, trataba de no complicarla con ninguna extravagancia, hasta que, en una punta, Claudio (hincha del Bicho, tipo de gustos raros), le pide si para él puede ser que en vez de papas fritas, le preparen una ensalada. Hubo algunos gestos de reprobación, comentarios de no seas pesado, pero el hombre no se dio por aludido y cuando la gentil mesera le preguntó por los ingredientes, deslizó “y, digamos tomate, cebolla, radicheta…”. La chica, casi sin levantar la birome de la libretita, contestó muy suelta de cuerpo que tomate y cebolla sí, pero que de verde podía ofrecerle lechuga, porque radichota no tenía (tenga mano, corrector, deje esa chota ahí, porque la chica dijo eso, ra di cho ta). Imagínense el griterío, la risotada vulgar… Volaban los comentarios de “¡no te preocupes, si no hay no traigas!”, “dejá, prefiero ensalada Waldorf jaja” mientras la pobre se ponía colorada y todos la mirábamos con cara de “en quién estarás pensando, hoy, sábado a las trece treinta, con este calor, este sudor y esta radicheta…” ¿Querían sexo, no? Bueno, ahí tuvieron.
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Y así, entre chotas y chotas, pasó el almuerzo. Ya por el café, pidió la palabra Jorge. Natural de Morteros, Córdoba, maravillosa mezcla de muchacho de pueblo, ingeniero exitoso y brujo de la tribu. Todos sabemos que cuando hablan algunos, el resto debe escuchar, y con Jorge pasa eso. Pidió la palabra, nos callamos, agarró un salero, lo dio vuelta y empezó a contar que todos tienen abajo unas ranuras, y que si uno les pasa algo por encima, la sal cae perfecta. Les confieso, queridos lectores (si es que están ahí, si se fueron le pongo sexo) que en ese momento intuí algo. Debe ser que me vibró en lo más profundo de mi ser (ojo, esto puede ser sexo) una alerta de posible viralidad. Por eso fue que, ni lerdo ni perezoso, saqué el celular y le pedí que repitiera todo tal cual, que lo quería filmar. Lo hizo, nos reímos porque le salió un poco peor que la primera vez, y listo. Unos minutos después nos fuimos cada uno para su casa, no sin antes darle nuestros saludos a la moza de la chota.
Varios días después, una tarde de pausa laboral (ah re, qué tipo ocupado), busqué el video, lo subtitulé y lo subí a Tik Tok. Sí, a Tik Tok. Seré un viejo de mierda pero lo uso seguido. Por razones profesionales, pero más que nada porque mi hija Lola me bombardea a videos de perritos y corredores de Fórmula 1. La cuestión es que no pasaron más de diez minutos para que empezara a sumar miles de views y recibir centenas de comentarios del tipo “no puedo creer que viví toda la vida sin saber esto”, “ese hombre es un genio, denle el país ya”, “mentira, mi salero no tiene eso” y todo tipo de interacciones, algunas que otra invitación a salir de copas, lo de siempre en las redes.
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En el momento en el que escribo estas líneas, el videíto lleva más de dos millones y medio de visualizaciones y anda publicado por portales de Perú, Colombia, México. Algunos me preguntan dónde estuvo el secreto. Contesto. Primero, no lo sé. Segundo, Francia. Puesto a jugar al analista, creo que el algoritmo de TikTok, ese animalito artificial que decide qué nos muestra y que no, vio algo que podía interesar porque cumplía esa vieja premisa de la que hablaba Stevenson y recuperaba Borges: a todos nos encanta que nos develen un secreto, todos amamos que nos cuenten un cuento. Todos nos volvemos un poco niños si alguien arranca con “había una vez”. Y luego, los medios levantándolo, porque ya no están solos a la hora de crear contenidos sino que nos tienen a nosotros, celular en mano, dispuestos a mostrar nuestras vidas.
Me puse serio, sepan disculpar. Licencia que me permito porque llegaron hasta acá, claro. En recompensa, les dejo algunos consejos.
Esta noche, cuando salgan a cenar al bodegón del barrio, fijense si el salero tiene unas ranuritas en la parte de abajo. Si la respuesta es afirmativa, bien. Caso contrario, hagan silencio piadoso, que a las buenas historias hay que cuidarlas.
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Si tienen un grupo de amigos como MAGIA, agradezcan. Caso contrario, aprendan a jugar mal al tenis. Capaz se les da.
Y por último, pero no menos importante: pidan ensalada de radicheta. La vida es una sola.
Les quiero mucho.
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