
Durante mucho tiempo en los años más jóvenes solía ir al Museo (le decía así al de Bellas Artes, sobre Avenida del Libertador) en el que se encontraba la terrible pintura de bienvenida, El primer duelo, también llamada El amanecer de la tristeza, del francés William Bouguereau, que lo había pintado en 1888. A veces iba al Museo sólo para detenerme en ese cuadro, de grandes proporciones, que muestra a la primera muerte en la historia de la humanidad: el cuerpo inerte, lánguido de Abel es sostenido por las piernas de su padre Adán -el primer hombre creado por Dios- quien, mientras trata de consolar con su brazo derecho a Eva, con la mano izquierda acaricia su propio corazón. Eva se recuesta sobre el pecho de Adan, pero no se le ve la cara, cubierta con sus propias manos, quizás en llanto pero también quizás para no ver el cadáver de su hijo (pero hay que recordar que se trata de la primera muerte de la humanidad, es el encuentro con la muerte, con el vacío que ocupa el cuerpo del hijo muerto, a quien nunca más Eva besará, hablará, acariciará). Caín, el otro hijo, ha matado a Abel y desde ese momento la mortalidad de los hombres, que Dios les había dado como atributo, convivirá con la violencia de los hombres, que entonces darán muerte. Decidirán cuándo y cómo el semejante deberá dejar de vivir. Detrás del horror de Eva cubriéndose el rostro se adivina una pira funeraria. Eva cubre sus ojos de la imagen que descubriría al ver a su otro hijo entre los asesinos.
A principios de 2020, antes de la pandemia, ocurrió el crimen de Fernando Báez Sosa y la sociedad fue conmovida por la violencia destructora de unos rugbiers que jugaban a ensañarse a golpes con un elegido cualquiera en la noche de los boliches hasta matarlo y luego felicitarse por los hechos para ingresar luego en un pacto de silencio. Varias veces me figuré a Silvino y Graciela observando El amanecer de la tristeza. Fernando era su único hijo.

Pier Paolo Pasolini tenía un temor, un temblor que podremos sentir todos si es que la resolución del asesinato de Fernando Báez Sosa no produce que nuestra sangre enrojezca ebulleciente, que nuestros huesos sientan el peso del mundo, si algo no nos transforma. Si la condena sirve para convertirse en una noticia más del verano, entre los expulsados de Gran Hermano y la próxima sesión de Biza (que la 53 estuvo muy bien). Pasolini temía a la adaptación y por eso en 1975 en vísperas de las elecciones publicó su Abjuración de la Trilogía de la Vida, las hermosas películas que había firmado.
Escribía así: “...demostrará que Italia es ya en su conjunto un país despolitizado, un cuerpo muerto cuyos reflejos son meramente mecánicos. O sea, que lo que vive Italia no es más que un proceso de adaptación a su propia degradación, de la que intenta liberarse sólo nominalmente. Tout va bien: en el país no hay masas de jóvenes criminaloides o neuróticos, o conformistas hasta la locura y la más absoluta intolerancia; las noches son seguras y tranquilas, maravillosamente mediterráneas; los secuestros, los atracos, los asesinatos sumarios, los millones de desfalcos y de robos son sólo material para las páginas de sucesos de los diarios, etcétera. Todo el mundo se ha adaptado: bien al no querer darse cuenta de nada o por medio de la más indiferente desdramatización”. Es de gran actualidad.

En 2012 Joshua Oppenheimmer realizó un documental (The act of killing) que podría ser calificado de “excelente” en el que se introdujo en la Indonesia del regimen que había dado un Golpe de Estado en 1965 (apoyado, ¿cuándo no?, por los Estados Unidos) y asesinado a más de 4 millones de personas, entre ellas todos los militantes del Partido Comunista local. “Comunista” funciona aún hoy como adjetivo denigratorio. Joshua logró tomar contacto con los paramilitares de aquel golpe y los convenció de hacer “reencatments” de los acontecimientos de tortura o de asesinato mediante ahorcamiento con cables. Es escalofriante. Es horroroso. Y el film no permite al espectador saltar un fotograma del espanto de nuestra civilización.
El hombre es el lobo del hombre. Su cueva hoy se ubica en Dolores.
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