
Todo el mundo sabe quién fue Lawrence de Arabia, incluso aquellos que no saben quién fue Lawrence de Arabia, pero lo imaginan (un hombre inglés -más bien de Gales-, enfundado en los típicos ropajes del desierto, combatiendo): tal es la fuerza del mito de un héroe real que llega hasta nuestros días, lo cual no es poco. Nacido como Thomas Edward Lawrence en Gales en agosto de 1888, su inteligencia y voluntad lograron que estudie la carrera de Arqueología en Oxford, becas mediante, ya que, como diría tiempo después sobre su padre: “Poder decir que tuvo cinco hijos y ninguno de los cuales se enriqueci, debía ser motivo para enorgullecerse”. En medio del tedio antes de la tormenta, idea escribir un libro llamado Los siete pilares de la sabiduría, de características de divulgación académica. Sin embargo, la Gran Guerra comenzó. Fue enviado como cartógrafo a El Cairo. Su vida, entonces, cambiaría.
En 1965 Roger Stephane escribió Retrato del aventurero, con prólogo de Jean Paul Sartre, en el que desarrolla la vida y obra de André Malraux, Ernest Von Solomon y T.E. Lawrence, o Lawrence de Arabia. Su tesis es que esta especie de individuos destinados a cumplir un rol en la historia mediante la acción comandada por sus propias subjetividades son los últimos en su especie. Probablemente la hazaña de Lawrence sea, sí, irrepetible. El libro fue publicado en la Argentina por Ediciones de la Flor.
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El imperio otomano estaba cayéndose a pedazos en Medio Oriente. Lawrence, que no era ingenuo, recibió la orden de combatir en el campo de las naciones árabes que reclamaban su independencia, previo pacto con sus líderes pero con la decisión estratégica de incorporar esos países bajo la órbita del Imperio Británico. Pronto, Lawrence se destacó en el combate por su valor y osadía y se convirtió en el líder de un batallón de 3500 soldados que, entre marzo de 1917 y agosto de 1918 expulsó a los turcos de los así entonces llamados Transjordania, Arabia Saudita, Irak y Siria. Lawrence tenía 30 años y apenas instalados los cuarteles generales británicos en Damasco, Siria, pidió volver a Inglaterra.
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Durante ese tiempo de guerra de liberación (que no era sino la de cambiar de dueño mediante la batalla) Lawrence había conocido la causa árabe, la causa nacional, había convivido con otros hombres heroicos cuyos nombres no ocuparían renglones en los manuales de historia, el sheik Faisal le había otorgado su amistad y buscado su consejo, también había practicado relaciones sexuales con otros hombres aunque no se sabe si encontró el amor, como cuando más joven en la universidad conoció al más joven aún, el árabe Dahmoud (a quien luego llevaría a vivir consigo).
En la Conferencia Árabe Lawrence había participado, vistiendo las ropas arábigas no occidentales, demandando naciones independientes era los árabes que ya no estaban bajo el yugo otomano. Se asintió a su propuesta, pero desde antes de comenzar la Gran Guerra, Francia e Inglaterra ya habían dividido el mapa repartiéndose protectorados por doquier. Se sabe que la palabra “protectorado” implica que la nación colonial “protege” a la colonizada porque no sabe qué podría hacer con tanta libertad, y sería peligroso.
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Lawrence no aceptó los honores que incluso el rey británico le quiso ofrendar. Sólo aceptó el grado de coronel para pagar a la mitad el precio de los tickets ferroviarios en Italia. Se dedicó a escribir y perder y escribir y destruir (una vez, con un lanzallamas) Los siete pilares de la sabiduría. Victoria Ocampo y su editorial Sur publicaría el texto casi en simultáneo con Inglaterra y Borges sería uno de sus fervientes lectores. Cuando Trotsky pidió asilo en Gran Bretaña debido a que Stalin lo había expulsado y vagaba sin visa por el mundo perseguido por la GPU y el gobierno laborista se lo negó, Lawrence de Arabia dijo: “Se equivocaron en el caso de Trotsky, es una de las más grandes personalidades del mundo y me hubiera gustado que Inglaterra hubiera tenido el honor de darle asilo”.
En 1935, a los 47 años, y mientras montaba su motocicleta, Lawrence trató de esquivar a unos ciclistas, no pudo, salió volando, cayó de cabeza y tras seis días de coma, murió.
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Tal vez escribir sobre Lawrence de Arabia sea la culminación necesaria, por oposición, de pensar la figura de Volodimir Zelenzky. Se podría señalar que ambos cumplían el rol supuesto de liderar una guerra de liberación, cuando el marco estricto llevaba a que sus acciones condujeran a cambiar de amos. Lawrence no pudo soportar la traición realizada, se retiró. Zelenzky es un entusiasta. En el congreso estadounidense, al pedir más fondos de guerra para Ucrania, dijo: “Piensen en esto como una inversión, una inversión en la democracia”. La palabra clave es inversión. No hay del lado ruso mayores intereses en pos de la humanidad: la invasión rusa tenía el objetivo reaccionario de reinstaurar las fronteras de la Rusia zarista. Así les va y no paran los rusos con bombardos sobre las ciudades, como si las tácticas de la Segunda Guerra siguieran siendo hoy las mismas. La diferencia es que Zelenzky posa para Vogue, aparece en los MTV Awards sin decir la palabra OTAN y los suyos festejan que tecnología occidental (no reconocida oficialmente) mate de un solo tiro a quinientos soldados rusos en una escuela. Quinientos cadáveres producidos por el calor, el dolor, la asfixia, la quemazón. La guerra. Nada más indecible que la guerra.
Por eso Lawrence de Arabia, en unas habitaciones al fondo del jardín familiar, escribía y quemaba, escribía y perdía, escribía y tiraba fuego con un lanzallamas a su propio relato de la guerra.
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