
Mucho se sabe (y se ha escrito) sobre la influencia del Japón en el impresionismo y en lo que vino después. El japonismo, ya a mediados del XIX, realizó su ingreso en el imaginario occidental y afectó de manera notable a pintores como Manet, Pierre Bonnard, Toulouse-Lautrec, Mary Cassatt, Degas, Renoir, Monet, Van Gogh y la lista sigue. Pero poco se habla del camino inverso, de la llegada de las vanguardias a la isla, que por siglos mantuvo una política cerrada al intercambio cultural.
Y allí hay un nombre que tuvo un rol muy destacado: Torajiro Kojima, un pintor que pasó del realismo al impresionismo luego de diferentes viajes realizados por Europa gracias a su mecenas, el banquero e industrial Magosaburo Ohara, y para quien eligió muchas de las obras que hoy componen el Museo de Arte Ōhara, en Kurashiki, en el sur del país; el primero de la historia del Japón en contener una colección de artistas europeos. Y no de cualquier artista, ya que su gusto por lo que era entonces contemporáneo (y también anteriores) se sostuvo en firmas que hoy son emblemáticas.

Japón había comenzado a abrirse al mundo a mediados del XIX, aunque eso no significaba que se aceptara lo occidental sin problemas. De hecho, en el arte con los años fue creciendo el enfrentamiento entre lo tradicional y lo foráneo, entre el nihonga (que buscaba mantener las costumbres, incluyendo técnicas y materiales) y el yōga (que tomaba las herramientas occidentales).
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Si bien hay registros de pintura “occidentalizada” desde el período Ashikaga (S. XIV y XVI) a través de la imitación de piezas religiosas por parte de misioneros cristianos con un fin de adoctrinamiento, fue recién en el XIX con la figura de Takahashi Yuichi, pionero del desarrollo del yōga, quien había sido estudiante y luego asistente de Antonio Fontanesi, italiano contratado por el gobierno para introducir la pintura al óleo a fines del XIX.

Ya en el XX, en Japón se vivía el nacionalismo expansionista, con la anexión de Corea en 1910 que había marcado el periodo Meiji, que atravesaba sus años finales. El país asiático fue un Aliado por lo que su status internacional tras la Gran Guerra solo podía mejorar, aunque sus colegas de armas ningunearon su rol en el enfrentamiento, pero esa es otra historia.
Pero volvamos a Kojima: nació en una familia humilde de Shimohara en la prefectura de Okayama, ahora parte de la ciudad de Takahashi. A los 20, en 1901, partió hacia Tokio donde comenzó a estudiar arte en la que hoy sería la Universidad Nacional de Bellas Artes. Allí, como seguidor de la tendencia occidental, entró en contacto con la familia Ohara, y se graduó en 1904.

El empresario Ohara era un amante del arte, ya para 1914 había adquirido Mujer en primavera de Renoir, pero deseaba extender su colección, por lo que busca dos asesores, el japonés Kojima y el simbolista francés Edmond Aman-Jean. Así, después de la Primera Guerra, Ohara envió a Kojima dos veces a Europa, donde por ejemplo adquirió un Monet directo del artista.
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Durante sus primeros años, su “occidentalismo” pictórico estuvo orientado hacia el realismo social, como se observa en la obra Molino de agua en el pueblo de 1906, ya que recién dos años después realizó su primer viaje fuera del país con Bélgica como destino, donde estudió en la Academia de Bellas Artes de Gante.
Ya en piezas como Maquillaje (1908) y las posteriores Hermanas (1911) y Modelo durmiendo (1912) puede observarse como la vanguardia no sólo había tomado su paleta, su pincel, sino también algunos de los motivos que lo acercaban más a Cassat.

Ya para el ‘12 estaba de vuelta en su país y comienza toda una serie de obras impresionistas ya con su cultura como escenario, entre las que se encuentra Gloria de la mañana (1916-1920), donde recrea a una geisha en un tupido jardín desbordante de estímulos, au plein aire, con la luz ingresando por los espacios que el follaje deja.
En el mientras tanto, viajaba no solo por Europa, también por China y Egipto, donde también adquirió piezas para la creciente colección. Además, de las obras de Gauguin, Monet y Matisse, entre otras, que se roban casi todas las miradas dentro del actual museo, hay una que sin dudas es considerada la joya: La Enunciación de El Greco.

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En 1922, Kojima descubrió que estaba a la venta en una galería de arte de París por un precio exorbitante. Envió una carta a Ohara advirtiéndole de esta oportunidad que solo se producía gracias a la crisis económica de la posguerra. Su mecenas le envió el dinero inmediatamente, aunque tardó dos meses en llegar y la adquisición fue posible solo gracias a la falta de compradores.
Torajiro Kojima falleció en 1929 cuando realizaba el encargo más importante de su carrera, un mural para el Emperador. Un año después abría sus puertas el Museo de Arte Ohara, por lo que el artista nunco pudo ver su labor de mediador y buscador de obras expuestas en conjunto. Sin embargo, como tributo a esa amistad con el coleccionista, el espacio -además de mostrar las obras que adquirió en el tiempo- posee una sala especial que recuerda su legado con el pincel.
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