
Ese 19 de noviembre cuando yo tenía 10 años, no fue como los anteriores. Ese día en el que se celebra la fundación de La Plata en 1882, fue cuando mi padre decidió que fuera mi iniciación como ciudadano de la ciudad. Durante el desayuno, desplegó un plano y me explicó cada uno de los detalles. Me contó que el plano de la ciudad tenía la forma de un cuadrado perfecto, con un parque principal y dos diagonales mayores. Me dijo que cada seis cuadras había una avenida y que en el cruce de cada avenida siempre había una rotonda en forma de plaza. Me describió que la ciudad había sido planificada con árboles cada cierta distancia. Me mostró también que había un eje cívico, entre dos calles, donde estaban todos los edificios públicos.

La lección en la casa terminó con más números. La Plata tiene una planificación matemáticamente tan perfecta, me dijo mi padre, que a través de un simple cálculo podemos saber entre qué calles queda determinada numeración. Tras el café con tostadas, salimos en el auto para fascinarme por la corroboración de todo lo que me había contado.
A la vuelta, mi padre me dijo que mi abuelo le había explicado lo mismo a la misma edad. Yo hice algo similar años después con mi hijo y mis sobrinos. Todos los platenses aprendemos alguna vez la perfección del diseño de la ciudad.
La ciudad de La Plata fue erigida como un proyecto urbano racional, pero era, ante todo, la obra monumental que Dardo Rocha había pensado para atraer a los porteños de nuevo a la provincia de Buenos Aires que con la federalización de 1880 había pasado a ser controlada por la nación. La Plata fue pensada para competir con Buenos Aires por ser más civilizada. Con un mejor puerto, con todos los avances disponibles que una ciudad podía tener y a solo 60 kilómetros de Buenos Aires, Dardo Rocha la pensó como su proyecto presidencial que seduciría a los porteños. El primer nombre con que se pensó denominar a la ciudad –la Nueva Buenos Aires– es el reflejo de ese deseo.

Pero Rocha no ganó las elecciones presidenciales y ni siquiera él fue atraído por la ciudad a la que nunca se trasladó para morar. Tampoco lo hicieron los funcionarios de la provincia de Buenos Aires que se trasladaban de la capital nacional en la mañana a la nueva ciudad, para volver por la tarde. Era una ciudad vacía, señalaban algunos contemporáneos.

No lo era en realidad. Lo era sólo para los miembros de la elite porteña que, a esa altura, elegían exclusivamente Mar del Plata como el nuevo lugar a donde salir de la capital. Pero no era una ciudad vacía de gente. La Plata crecía por detrás de sus funcionarios. Los trabajadores que construían la ciudad, los inmigrantes a través del Atlántico y aquellos que venían de otras provincias, se quedaban. Y la ciudad crecía. Sesenta y cinco mil personas habitaban la ciudad en 1890, viajando con sus propias costumbres, su teatro, sus carnavales, sus asociaciones, sus clubes. Nacía una contracultura no planificada.

La Plata nunca perdió ese sesgo rebelde. Y ese rasgo se manifiesta hoy en su movida cultural de múltiples niveles. La ciudad es hoy la que tiene una identidad rockera más original del país. Todo comenzó a principios de los 80, cuando dos bandas muy diferentes se atrevieron desde La Plata a desafiar las convocatorias de músicos de rock nacional que la dictadura realizaba para encontrar apoyo popular durante la Guerra de Malvinas. Con diferentes discursos y estéticas, Los Redonditos de Ricota y Virus se erigieron como emblemas culturales que marcarían el retorno a la democracia.
La Plata puede ser hoy recorrida para escuchar bandas en diversos lugares o para hacer la ruta de los grafitis de Lumpenbola, el artista que en más de diez intervenciones ha homenajeado a músicos nacionales e internacionales en las calles de la ciudad. Todo ha generado una cuna del rock que hoy brilla en bandas nacidas en la ciudad como Estelares, Guasones o El mató a un policía motorizado.
La ciudad rebelde ha rechazado incluso las grandes cadenas de cine internacional que no han llegado a La Plata. Es la única del país que aún sigue abriendo salas fuera de los shoppings.

Y La Plata nos reserva, finalmente, su gran movida cervecera. La de diagonal 74, la del centro, pero sobre todo la de cada cervecería que abre en los barrios y los transforma; la que usa las grandes veredas que pensó Dardo Rocha para sentarse con amigas, con amigos, a compartir una birra.

¿Cómo iniciarán los próximos padres platenses a sus hijos en el conocimiento de la ciudad? Quizá no lo hagan. Quizá sean sus hijas, sus hijos quienes les muestren a ellos la ciudad no planificada, la rebelde, la de las organizaciones barriales, la que nació de espalda a las autoridades; la ciudad que los jóvenes transforman cada día, la que lucha por encontrar su identidad, la ciudad vivida.
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