
Hoy a las cinco de la tarde, Varsovia se va a paralizar. En las casas y oficina, todos van a abandonar aquello que estén haciendo. En la calle, la gente va a dejar de caminar. Los conductores van a apagar el motor y salir de los autos, sin importar que estén en una callecita empedrada o en una avenida concurrida. La ciudad inmóvil también va a apagar radios y parlantes. No habrá ruidos, pero tampoco silencio: una sirena la va a cruzar de Norte a Sur exactamente durante un minuto. Después, vendrá el aplauso cerrado, los abrazos, la emoción de los mayores, y la vida, poco a poco, regresará a su ritmo.
El 1 de agosto de 1944, hace 78 años, los habitantes de Varsovia iniciaron una ofensiva coordinada para recuperar el control de la ciudad y expulsar a los nazis que invadían el país desde 1939. El “Levantamiento de Varsovia” fue una de las acciones civiles más grandes de la historia; si no la mayor. Durante 63 días, jóvenes con poco entrenamiento y un armamento limitado pero con la fuerza que les daba tener de su lado a la razón, se enfrentaron al ejército alemán, siempre moderno, disciplinado, cruel. Los sótanos se convirtieron en cuarteles donde discutir tácticas y estrategias, los cementerios eran lugares en donde se asignaban misiones, los hospitales fueron escondites, lo mismo que las casas de ancianas.
La represalia de Hitler fue feroz. Faltaba un año para el fin de la guerra y el resultado todavía no estaba claro, aunque eran más las victorias de los aliados que las del Eje. Hitler hizo de Varsovia un castigo ejemplar. Envió a más de 50.000 soldados con la orden de dejar la ciudad al ras del suelo. Mataron a 200.000 personas y destruyeron casi el 90% de los edificios de la ciudad. “La capital fue saqueada, incendiada y bombardeada: palacio por palacio, monumento tras monumento, casa por casa. Fue la campaña más destructiva de toda la Segunda Guerra Mundial”, escribía Ana Wajszczuk en Chicos de Varsovia (Sudamericana, 2017).

—La sirena de las cinco es emocionante —dice ahora Wajszcuzk en diálogo con Infobae Cultura—. Durante toda esta semana se hacen conmemoraciones. Hay marchas y desfiles con chicos que van de la mano con los sobrevivientes. También hay una celebración en el cementerio donde, entre otros, están enterrados mis parientes.
Varios años atrás, Wajszczuk recibió un correo electrónico que le abrió un nuevo mundo. Un primo del abuelo le contaba que su familia había estado activamente involucrada en el Levantamiento. Cuatro hermanos —Danuta, de 26 años, Antoni, de 20, Barbara, de 18, y Wojciech, de 15— habían sido miembros del ejército clandestino de la resistencia polaca. Danuta fue la única sobreviviente.
Tiempo después, Wajszczuk empezó a investigar. Más de 150 insurgentes habían llegado a la Argentina, y algunos todavía estaban vivos. Así descubrió las historias de chicos de pocos años ocultos en sótanos, de chicas de dieciséis que se sumaron a los pelotones como mensajeras y enfermeras de combate, chicos de veinte que se salvaron de milagro de los ataques de mortero. Muchachos judíos que se escaparon del Gueto para pelear en el Levantamiento. “Las historias me desbordaban”, dice.

Como escritora, su primera respuesta fue un libro de poemas. Publicó El libro de los polacos, que abundaba en las historias de su familia. Pero el tema seguía ahí. Y volvió cuando escribió un artículo para el diario La Nación. Y de ahí siguió con el libro de crónicas, Chicos de Varsovia, y tuvo un nuevo capítulo en una obra de teatro que, con ese mismo título, y dirigida por Dennis Smith y protagonizada por Laura Oliva, se presentó en El Cultural San Martín hasta hace unos meses.
—De alguna manera —dice Wajszczuk— más que yo elegir el tema, el tema me sigue suscitando preguntas. Después de la obra de teatro volvió a resurgir, porque la nueva versión de El libro de los polacos está corregida y aumentada. El tema no me abandona.
—Hay una serie de filósofos que hablan de los límites de la representación. ¿Esta búsqueda sobre un tema al que necesitás ponerle capas y relatos distintos tiene que ver con eso?
—Me parece que eso está siempre. El libro de los polacos tenía que ver con encontrar un lenguaje que tuviera un estatuto diferente al de la ficción y la no ficción, para rondar algo que es insondable, como la experiencia de la guerra y de los límites a los que puede llegar un ser humano. Fui más consciente con Chicos de Varsovia, porque me separaban no sólo décadas sino una cultura, un idioma, y entonces usé diferentes recursos desde la no ficción para rondar esa suerte de agujero negro de la representación. El libro tiene poemas, tiene una especie de diario íntimo, tiene fotos, noticias del diario, tiene entrevistas y todo lo que podía facilitarme la búsqueda.

—En las distintas obras aparece la pregunta sobre cómo hubiéramos actuado nosotros en el lugar de esos chicos —que hoy podrían ser nuestros hijos—. Quería preguntarte por el compromiso y el sentido de la ética en esos chicos. ¿Qué aprendiste de ellos?
—No sé si uno aprende, sino que se hace preguntas para seguir pensando. La pregunta sobre qué habría hecho uno no tiene ninguna respuesta posible, pero te permite ahondar en qué tipo de persona sos. Por más que uno sea consciente de que hay circunstancias en que no sabe cómo se desenvolvería. A mí me admira el gran nacionalismo del pueblo polaco, porque tuvieron tan pocos años de libertad y son muy defensores de eso. Más allá de que después las malas decisiones políticas deriven en gobiernos conservadores y de derecha como el actual, siempre se rescata la entrega de esos chicos ante cinco años de una invasión muy humillante y muy devastadora.
—¿La invasión de Rusia a Ucrania actualizó algo en los polacos?
—Cuando comenzó la guerra de Ucrania, muchos me decían que la historia había vuelto a ese tiempo. Los polacos no solo tienen presente la invasión nazi. Los rusos también habían tomado la mitad del país —mis abuelos lo sufrieron porque vivían en el Este— y eso les trajo de nuevo todos los fantasmas.

—¿Cómo se vive hoy el aniversario del Levantamiento?
—No hay nadie que en Varsovia que no tenga algún pariente relacionado con el Levantamiento, así que está muy presente. Y sigue siendo un tema polémico, porque hay gente que piensa que fue una locura, hay otra gente que lo defiende. Forma parte de la épica polaca y de la imagen que tienen de sí mismos: un pueblo orgulloso, luchador, que no baja la cabeza. Una épica que, en verdad, también les conviene a los poderes políticos del momento.
—¿Se toma como una jornada de duelo?
—Es una suerte de festejo frente a la tragedia. En 2008 visité el Museo del Levantamiento, que tiene cuatro pisos y está hecho con las colaboraciones de los combatientes, y pensé: “Toda esta conmemoración por una derrota”. Ahí encontré un sentido patriótico con el que yo, por lo menos, no había crecido acá. En algún punto, y no quiero hacer una declaración que después sea un titular, el idealismo de esos chicos me hizo acordar a algunos testimonios de las organizaciones armadas de la Argentina: a un cierto idealismo y a las ganas de ofrendar la vida por una idea de futuro.
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