
Entre todos los fetiches que podemos encontrar en la obra de Andy Warhol, los zapatos de mujer son uno de sus predilectos. Mucho antes de saltar a la fama como uno de los íconos máximos del arte pop, el oriundo de Pittsburgh sustentó su temprana vida neoyorquina como vidrierista e ilustrador de anuncios comerciales para firmas de calzado. Aquellos diseños para el mundo de la moda, publicados en las páginas de Harper’s Bazaar, Vogue y el New York Times, eliminaban la barrera entre la ilustración y las bellas artes a través del distintivo estilo del artista, que encontró su nombre definitivo gracias a un error de imprenta que llevó a fijar en el papel su apellido (Warhola) sin la a final.
Stilettos, mocasines, balerinas, botas (como esas de cuero que brillan en “Venus in furs”, una de las canciones del legendario álbum The Velvet Underground & Nico producido –o financiado– por Warhol). Esos objetos imaginados sobre la hoja encarnaban plenamente el glamour y la materialidad de los Estados Unidos de mediados de siglo y también prefiguraron su obsesión por la fama. Por aquellos años realizó una serie de bocetos de zapatos en los que aplicó pan de oro, láminas en relieve y recortes decorativos para resaltar las personalidades de los personajes que admiraba, entre los que se encontraban miembros de la elite neoyorquina, así como actores, actrices y escritores.
La serie Zapatos de polvo de diamante muestra a un Warhol ya maduro, pero que vuelve tras sus primeros pasos. Un año antes el artista había comenzado a reversionar algunos motivos principales de su obra, como las latas de sopa Campbell y las sillas eléctricas. Este trabajo, sin embargo, surge como encargo para una campaña publicitaria de su amigo y diseñador de moda Roy Halston Frowick, quien por entonces estaba en su pico de popularidad. Según se dice, Victor Hugo, el novio de Halston, habría enviado una caja enorme de zapatos al estudio de Warhol y cuando su asistente Ronnie Cutrone los volcó en el suelo, a Warhol le gustó esa disposición azarosa de los calzados.

Warhol decidió retratar los zapatos Halston y otros de su colección personal con una Polaroid, que desde la década de los setenta se había convertido en su principal herramienta de trabajo. Con esas cámaras realizó cientos de imágenes que le sirvieron más tarde como base de sus Retratos de sociedad, además de naturalezas muertas. Por sus características, las Polaroids le ofrecían de antemano el efecto de aplanamiento y el alto contraste de colores que Warhol luego aplicaba mediante su técnica de serigrafía. Es decir, aquella pura superficie que el artista sugería como clave de sus obras y de su propia figura: “Si quieren saberlo todo sobre Andy Warhol, solo tienen que mirar la superficie de mis pinturas, de mis películas, y ahí estoy. No hay nada detrás”.
Esta misma idea es la que analizaría el pensador norteamericano Fredric Jameson en su ya clásico libro El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado. Allí el autor señala los ilustres zapatos de campesino pintados por Van Gogh, llevados a la cumbre del pensamiento por Martin Heidegger, quien contempló en ese simple par la recreación de todo un mundo asociado con la fragilidad de la pobreza rural. Esa reconstrucción del contexto vital de donde surge la obra, dice Jameson, se torna imposible cuando miramos estos zapatos de Warhol. No queda nada que se asemeje a la profundidad del cuadro de Van Gogh, en cambio con Zapatos de polvo de diamante nace un nuevo tipo de superficialidad que el filósofo sugiere como “el supremo rasgo formal de todos los posmodernismos”.

Jameson tenía en cuenta el aspecto tanático que le confiere la fotografía y el negativo fotográfico a esta y a otras obras del artista pop. Sin embargo, en Zapatos de polvo de diamante, Warhol agrega por primera vez “polvo de diamante” a sus serigrafías, un método que tomó prestado de Rupert Jasen Smith, a quien nombró como su maestro grabador y director artístico. Smith había incorporado a su obra partículas de polvo de diamante para enriquecer la superficie de sus cuadros, aunque en realidad, tras experimentar con polvo de diamante fino, Warhol optó por el vidrio triturado para conseguir el aspecto deslumbrante que pretendía. Este material barato y producido en masa se ajusta a uno de los motivos clásicos de Warhol (el consumismo americano) y por su brillo también hace referencia a las celebridades, la música disco, el drag y la época dorada de Studio 54.

La serie de esta obra muestra una gran variación de zapatos y colores, pero en cada pieza vemos grupos de zapatos que se disputan el espacio, como si estuvieran en la pista de baile de un club neoyorquino: bañados en brillo y con un contraste que también se vincula con la cultura punk de esos años. A través del cuadro, entonces, asoma el espíritu de época de la Gran Manzana a principios de los ochenta. Como describe Vincent Fremont, quien administró la Factory de Warhol: “Andy creó los cuadros de Zapatos de polvo de diamante justo cuando la música disco, el lamé y los tacones de aguja de Studio 54 habían capturado la imaginación de la crema de Manhattan. Andy, que había estado en la vanguardia de la escena de los clubes neoyorquinos desde principios de los años sesenta, volvió a reflejar en sus cuadros la época en la que vivía”.
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