
La directora Eva Halac es la encargada de llevar a Jean Paul Sartre al Teatro San Martín a través de la puesta de Las manos sucias, obra central del teatro político, que se estrenó el sábado a la emblemática sala Casacuberta.
Con un elenco encabezado por Daniel Hendler, Guido Botto Fiora, Florencia Torrente y María Zubiri, la obra indaga la grieta ideológica al interior de un partido de izquierda mediante el enfrentamiento de dos facciones para poner en discusión la dialéctica permanente entre idealismo y posibilismo a través de dos personajes: un político profesional que establece la necesidad de acuerdos que podrían traicionar la línea ideológica del partido para acceder al poder (Hoederer) y su joven secretario (Hugo Barine), enviado para evitar esta posible desviación a cualquier medio.
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Estrenada en 1948 y resignificada al calor del protagonismo que tomaron las organizaciones armadas y la esperanza revolucionaria, Las manos sucias no dejó de generar relecturas y polémicas desde su puesta parisina hasta la actualidad, entre ellas una que sugirió que se trataba de una crítica al estalinismo de la Unión Soviética y un rescate del troskismo y otra, argentina, en los 70, que visualizó allí la disputa entre Perón y los Montoneros.

Sobre la primera polémica, Sartre, con fuertes vínculos y cercanía con el Partido Comunista “sale rápidamente a señalar que se trata de un malentendido y aclara que Las manos sucias no es una obra política sino sobre la política”, precisa Halac, poniendo la obra en contexto y rescatando el valor disruptivo de un texto que sigue teniendo resonancias en la actualidad.
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“Fue tal la polémica -aclara Halac- que a partir de 1952 Sartre exigió la aprobación del Partido Comunista para la representación de la obra en cualquier país del mundo y eso tuvo repercusiones en Argentina donde Alfredo Alcón y Narciso Ibáñez Menta preparaban la obra con la angustia de no saber si iban a poder estrenarla mientras esperaban la aprobación del PC argentino”.
“Acá -señala Halac- era tremendamente actual en referencia con aquello que se estaba viviendo en los 70, yo vengo de una familia donde la política y la literatura siempre fueron lo mismo y recuerdo a mi madre en la cocina con sus amigos discutiendo las dos posiciones que pone en juego Sartre”.
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“Te diría, además -agrega-, que hablar de una grieta dentro de un mismo partido, donde se discute hasta dónde estamos sosteniendo los principios y no nos perdemos en alianzas y nos degradamos en conciliaciones, es algo de lo que se habla en la actualidad tanto en el gobierno como en la oposición”.

— Proponés una obra donde el propio Teatro San Martín entra en escena, ya que es el que da el marco escenográfico a la representación.
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— Sí, creo que Sartre y el San Martín eran indivisibles y lo pensé como una suerte de instalación, porque si bien Sartre nunca estuvo en el San Martín lo que reproducimos no es la sala, sino el Hall, que para mí siempre funcionó como una suerte de ágora, como ese lugar donde nos encontramos, debatimos ideas extremas, imaginamos y proponemos y luego nos volvemos a casa donde la vida sigue y todas esas imaginerías, riesgos y extremos quedan en el ágora.
Me parece interesante volver a ese espacio de debate propio de un tiempo donde estábamos o creíamos estar más cerca de los alcances de la política; tiempos que quedaron un poco afuera a partir del aislamiento en que estamos y ese único espacio que quedó fuera del aislamiento es el hall de los teatros y básicamente el Hall del San Martin, donde siempre se dieron estas grandes obras, porque Las manos sucias es una de esas obras de autor y de debate de ideas que de alguna manera continúan en el público, por eso pensé al Hall como un ágora y, en esa repetición dentro del escenario, también como una pesadilla y un laberinto sin salida.
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— Rescatás esta cuestión de debate de ideas que se da en la obra
— Es interesante porque Sartre las deja abiertas, deja abierto el interrogante, no lo cierra, esta es una de las obras donde el público puede seguir la conversación luego de la función, él dice: “Ninguno de mis personajes tiene razón y ninguno está equivocado”, Sartre trabaja mucho el equilibrio, no juzga a los personajes y eso para mí es uno de las detalles más interesantes de su literatura teatral, donde la idea no está antes que la obra sino que el teatro, los personajes, la acción, en este caso un tremendo policial, están por delante de la idea.
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— Y en los personajes, sobre todo en Hugo Barine, aparece la angustia en relación con quién es y qué debe hacer.
— Es que es una obra que va mucho más allá de lo político, es una obra metafísica que habla sobre el sentido, es existencialista, habla sobre “qué hacer”, qué se debe hacer e incluye también esa percepción continua que el personaje de Hugo tiene -que explica en parte también la reproducción del Hall- de estar cumpliendo un guion, de estar viviendo en un decorado, que algo de todo eso no es verdad.
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— Hablabas de un obra para continuar discutiendo después de terminada pero pareciera que todos esos debates de los 70 o los 80 ya no se dan, como que ahora ya nadie tiene ganas de discutir.
— Es cierto que la discusión se hizo como difícil por muchos fanatismo y muchos absolutos. La ida del debate siempre fue sumar y encontrar sobre el final una idea superadora pero en la actualidad es como que estamos en un ambiente muy futbolero para la discusión de ideas, donde si todo se trata de ganar o perder es mejor quedarse callado.
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— En el texto y los parlamentos de los personajes tu puesta es muy respetuosa del original.
— Primero quiero presentar la obra al público, no es una obra demasiado conocida como para hacer una versión libre y me gusta que los textos de Sartre estén presentes, que venga la gente a escucharlos y mi aporte será en todo caso una colaboración a que esta obra pueda escucharse hoy en la Argentina..
— ¿Cómo pensás a Sartre como dramaturgo?
— Me interesa mucho como dramaturgo y como novelista. Él se sitúa un poco en el medio, por un lado toma un personaje como Hugo Barine que es del siglo 19, vinculado con la tradición de Balzac, La educación sentimental de Flaubert o Rojo y negro de Stendhal, y lo traslada al siglo 20, lo mete en un policial americano, un policial negro casi y eso creo que es parte también de su búsqueda estética; Sartre se sitúa un poco entre dos mundos: entre ese mundo europeo que cae y ese mundo americano tanto de Estados Unidos como de América Latina que es más terrible, más austero, menos barroco, tiene menos alma y es muchísimo más metafísico que político.
Por otro lado está cuestión de los personajes que están solos, que es algo del policial y de la psicología que aparece después con la nueva sociedad, cuando cae un poco el romanticismo de Europa y aparece el aislamiento y el monólogo interno que tenemos todos, que es algo muy actual.
*“Las manos sucias” de Jean Paul Sartre, con dirección de Eva Halac, actuación de Daniel Hendler, Guido Botto Fiora, Florencia Torrente, María Zubiri, Ariel Pérez de María, Guillermo Aragonés, Nelson Rueda, Juan Pablo Galimberti y Ramiro Delgado; realización audiovisual de Juan Pablo Galimberti; música original y puesta de sonido de Gustavo García Mendy; diseño de iluminación de Miguel Solowej y diseño de escenografía y vestuario de Micaela Sleigh, se puede ver de miércoles a domingos a las 20 en la sala Casacuberta del Teatro San Martín (avenida Corrientes 1530). Entradas: Platea $ 1.050 - Miércoles $ 550
Fuente: Télam S. E.
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