
La libertad. A Jacques Rousseau le interesaba la libertad. Era ese el objetivo individual y colectivo. ¿Qué era lo que impedía esa redención? Las reglas arbitrarias que fomentan la desigualdad. Por eso creía en la política, en la organización, en la transformación social. “Renunciar a la libertad es renunciar a la cualidad de hombres, a los derechos de humanidad e incluso a los deberes”, escribió en su mayor obra, El contrato social, publicada en 1762.
Rousseau nació en Ginebra, Suiza, el 28 de junio de 1712: hoy se cumplen 310 años. Su madre, Suzanne Bernard, hija del calvinista Jacques Bernard, murió nueve días después de dar a luz. Lo crió su padre, Isaac Rousseau, un relojero muy culto, pero cuando Jacques tenía diez años él tuvo que exiliarse por una acusación extraña. Entonces quedó al cuidado de sus tíos. Al año siguiente estudió en la casa del calvinista Lambercier y al volver aprendió el oficio de grabador.
Poco a poco fue forjando su propio destino. A los 16 años abandonó su ciudad natal, se las ingenió trabajando donde podía, a veces bordeando la marginalidad, y se volvió católico. En Annecy encontró un nuevo hogar: Madame de Warens, una dama católica ilustrada sin hijos, trece años mayor que él, lo ayudó en sus estudios. Primero fue una especie de madre para él; luego se convirtió en su amante.

Entre sus oficios está el de periodista, que ejerció durante esos primeros años. Para entonces ya era músico y todo un erudito de la filosofía. Entre sus obras musicales quizás la más conocida sea la ópera El adivino de aldea, que se estrenó en el castillo de Fontainebleau el 18 de octubre de 1752. Antes publicó uno de sus grandes ensayos, Discurso sobre las ciencias y las artes, en 1750.
Su orgullo era Emilio, o De la educación, escrito en 1762. Según sus palabras, “la mejor y más importante de todas mis obras”. Es una historia novelada donde el protagonista, el joven Emilio, recibe enseñanzas de su tutor, para ilustrar cómo se debe educar al ciudadano ideal. Hoy se considera el primer tratado sobre filosofía de la educación en el mundo occidental. Es, también, el primer tratado que expresa abiertamente las concepciones liberales de la época en materia de educación.
Las críticas no tardaron en llegar al punto tal que se quemó públicamente en París y, más tarde, en Ginebra. Lo que molestaba era el fragmento “Profesión de la fe del vicario saboyano”, un ataque contra el dogma cristiano. Durante la Revolución francesa el Emilio sirvió como inspiración del nuevo sistema educativo nacional. Tuvo que refugiarse en anonimato, estudiar en silencio. Así se convirtió en polímata y una de las mentes más brillantes de la historia.

Pero su gran obra, sin lugar a dudas, es El contrato social: o los principios del derecho político, escrita y publicada en 1762. Cuatro libros aunque se trata de un proyecto inacabado. Filosofía política pura y dura, hoy un clásico de clásicos. Lo que entonces obsesionaba a Rousseau era la idea de libertad, algo que nunca debía desligarse de otra idea fundamental: la igualdad. Pero, ¿cómo se lograban bajo un Estado? “El hombre nace libre, pero en todos lados está encadenado”, escribe.
Para Rousseau, la familia “es el primer modelo de sociedad política” y se oponía a que reinara el más fuerte: “Convengamos en que la fuerza no constituye derecho, y que únicamente se está obligado a obedecer a los poderes legítimos”. Es que si “la fuerza de las cosas tiende siempre a destruir la igualdad”, entonces es “por lo que la fuerza de la legislación debe siempre tender a mantenerla”. Su “contrato social” se basa en buscar una equidad consensuada.
Fue un hombre de su tiempo. Hay que situarlo en una época y en un paradigma de ideas para comprender la magnitud de su ideas. ″Renunciar a la libertad es renunciar a la cualidad de hombres, a los derechos de humanidad e incluso a los deberes”, escribió en El contrato social. Fue el más popular de los filósofos jacobinos. Murió en Ermenonville, 2 de julio de 1778 a los 66 años. Está enterrado como héroe nacional en el Panteón de París.
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