
¿De dónde venimos?
“¿De dónde venís?”. Esta pregunta nos hacía el profesor de actuación Carlos Gandolfo cuando entrábamos a escena. Nos invitaba a preguntarnos de dónde venía el personaje inmediatamente antes de estar en la situación en la que se lo veía en escena. Lo pensábamos, pensábamos muy bien la respuesta. Había que construir coherencia con el texto.
Esa pregunta nos daba un cuerpo para entrar a escena, para habitarla, los primeros minutos de la situación dramática.
Me acuerdo de ese ejercicio hoy. Me surge de ver tanta producción teatral en CABA, de obras que no habían alcanzado a estrenarse en 2020, otras que habían interrumpido sus funciones y tantas que empezaron a ensayarse por Zoom o Meet.
Abrumada por momentos, en medio de la práctica de difusión de los espectáculos en los que participo, recuerdo sensiblemente. No con la memoria de la narración, son pedazos, es en el cuerpo.
En Rapsodia para el Teatro, Alain Badiou cita a Vitez: “La función del teatro es orientarnos en el tiempo, decirnos dónde nos hallamos en la historia”. Y sigue Badiou: “El Teatro como máquina para la pregunta ¿dónde ?, máquina de localización, máquina de una relación topológica con el tiempo”.
Si el teatro me ubica como una brújula en el tiempo, entonces el “¿de dónde vengo?” es en el cuerpo y son modos de accionar. Es de una multiplicidad de modos de vincularnos que hubo que aprender e inventar. No solo porque no podíamos interactuar en el mismo espacio físico, también había que modificar la relación interna con el trabajo, por ejemplo, con lo que el trabajo nos significa. Lo mismo con las acciones más cotidianas, con los hábitos más arraigados, había que hacerlo todo de otro modo. Y este hacer diferente era con miedo, angustia e incertidumbre.
En lo personal, estuve en otras velocidades, habitando mi casa y mis objetos como nunca lo había hecho. Cada movimiento absolutamente condicionado por un atravesamiento social como experiencia de límite, como “encerrona trágica“ (Fernando Ulloa) impensada.
Recuperar el espacio de juego entre los cuerpos, jugar vínculos, crear situaciones convención teatral mediante, afectar cuerpos y ser afectadxs, ahora es diferente.

Vivir la potencia de afectación en el espacio es sentir la vida. Esa que se vivía sin el registro de que la estábamos viviendo. Algo de lo natural, de lo normal y obvio, se volvió extraño en el cuerpo.
¿De dónde venimos? Tal vez ni siquiera tenga nombre todavía y el cuerpo se nos esté contorneando para accionar al pulso de balbuceos, a puro extrañamiento.
Por suerte está el teatro, donde ensayar cuerpos y escenas, en las que late el tiempo padecido. Cuerpos como territorios de afectos donde intentar “abrazar al extraño que nos habita, alojarlo en una vacuola afectiva” como dice Suely Rolnik, en vínculos y modos de relación diferentes.
En palabras de Margarita Baz en sus “Territorios de la Formación” en el libro Diagrama de Psicodrama y Grupos: “La memoria tiene que entenderse como colectiva, porque no hay recuerdo sin los grupos que transitamos, sin los marcos referenciales que le dan sentido a una historia singular”. Ella habla de “modos de historización, de modalidades de conciencia de pertenecer a un devenir de la humanidad, sentido de los otrxs que implica una ética que compromete más allá de la esfera de las relaciones vivida como propia, calidades de vínculo social”.
Tal vez el teatro, los proyectos teatrales que son colectivos, nos ofrezcan en este momento el ámbito en el que tratar de elaborar este sentido de lo común, historicidad mediante. El encuentro teatral como intento de cartografiar de alguna manera las zonas sin nombre de las que venimos tan dolidos.
* Gabriela Villalonga actúa en Cocinando con Elisa (sábados a las 18.30 en Beckett Teatro, Guardia Vieja 3556) y dirige Deviniendo Tato (domingos a las 19.30 en Belisario Club de Cultura, Av. Corrientes 1624).
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