
Hablo en primera persona: tanto cuando escribo o ensayo como cuando intento ficciones, lo que me interesa es buscar el nudo entre el cuerpo y la lengua. Por eso, buscar la sonoridad de las palabras y sus resonancias en la sensibilidad. Buscar el significante, lo poético, pero también lo que puede conmover a otras personas. El teatro, sin dudas, es el arte en el que eso necesariamente se conjuga, no sin dificultades: ¿cómo se traduce una novela a obra de teatro? ¿Cómo se va de una voz singular a una escritura dramática colectiva?
La novela ya tiene más de diez años, fue publicada en 2010, por la editorial Paradiso. Nació como un juego con el nombre. Primero estuvo el título y después la historia, o la historia estuvo siempre pero no sabía que debía escribirla. Desde hacía mucho, contaba que quería escribir ficción. Cuando mis amigos preguntaban cómo iba eso, contestaba no tengo tiempo. Alguna vez, de vacaciones, comencé a escribir a partir de esa frase, y a desplegar los miedos a la vejez, a la muerte, a una vida sin hijes. El tiempo que pasa es también el que se lleva la vida, la va reduciendo, la limita. El nudo que termina como articulación de toda la historia es el de la maternidad/no maternidad. ¿Cómo se puede tener un hijo cuando ya se pisa los cuarenta años? La escritura buscó el ritmo del jadeo, la velocidad de un teclado agitado por la misma desesperación ante el tiempo que se escurre.
El contexto, para la reescritura teatral de No tengo tiempo, fue el aislamiento para enfrentar el COVID. Nos conjuramos con Cintia Miraglia y Carolina Guevara para reunirnos, virtualmente, los viernes a la noche, y adaptar el texto. Que, en ese momento, consistía en cortar y descartar. Venía siguiendo las obras de ambas, con mucho entusiasmo, y sabíamos que todas las diferencias o disensos los podíamos tratar de modo amistoso. Si los viernes no se podía salir con amigas, se podía armar un proyecto juntas.

Pero la obra nace ya con la presencia viva en un espacio teatral, con los ensayos, con la presencia de Leticia Torres, con la música de Vicky Balay, con lo que se produce cuando se encarnan los fantasmas, deseos, aspiraciones. Porque las palabras escritas son y no son las mismas que las que los cuerpos ponen en juego: se reinventan en los tonos, en los gestos, en los movimientos y toman otro sentido. La dramaturgia que pone en juego Cintia es precisa, minuciosa, busca los matices y a la vez se arriesga a tonos fuertes. Ahora veo la obra como espectadora y me divierto mucho, me sorprendo también, me preocupo porque es irónica, maliciosa, con personajes que generan mucha incomodidad y a la vez en las que una se puede reconocer un poco.
En algún momento, tratamos de definir la obra y pensamos: una historia inmoral para cumplir un deseo. Quizás esa sería la definición de lo que hacemos cuando escribimos literatura o teatro: dejar correr ese deseo y no limitarlo con ninguna moral, no sujetarlo a la coerción de lo correcto, desplegar la crítica, que en este caso, se arroja sobre la clase social a la que pertenecemos. Oh, qué feo decir: pertenecemos, pero algo de eso hay. Una clase que se inscribe en cuerpos, sensibilidades, voces, conductas, ironías. Poner sobre la mesa eso, mirarlo con cierta distancia, de eso se trata.

El teatro, gran ficción, permite conjugar eso de modo colectivo: entre quienes somos parte de la obra, pero fundamentalmente entre las actrices y el público. Estoy escribiendo esto antes del estreno, por lo cual nos falta la última escena de ese pasaje de una novela a una obra de teatro, la escena conformada por la presencia viva de les espectadores, que modificará, aligerará, endurecerá, la obra misma, porque el teatro es eso: esa confluencia entre sensibilidades alrededor de una ficción, que cada quien tira y rearma, y por eso no deja de tentarnos cada vez como uno de los nombres de nuestro deseo. Si imaginamos esta obra en pandemia, cada una en su casa, es porque necesitábamos apostar a este día después y al teatro como espacio de lo público.
*Las funciones de No tengo tiempo son los domingos a las 18 horas en el Teatro El Extranjero (Valentín Gómez 3378, CABA).
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