
Qué hace que alguien que escribe se convierta en escritor. No es sólo reconocer que se tiene la capacidad para poner en papel ideas e imágenes. En la decisión de ser escritor hay algo más profundo, algo vital, algo que va un poco más allá de eso que vocación. Dicen que Angélica Gorodischer se levantaba unas horas antes que la familia para tener un rato a solas con la máquina de escribir antes de comenzar con las obligaciones del día: cómo se explica eso que te obliga a robarle tiempo al sueño, a pasar parte del día frente a una hoja en blanco, a querer atrapar al mundo con palabras. “Cuando uno aprende a escribir aprende a mirar”, decía ella, “porque en todas partes hay un cuento. Miro a mi alrededor y veo cuentos”.
Hay mucho humor en los libros de Angélica Gorodischer: le tocó enfrentarse a muchos prejuicios y lo hizo con una rebeldía impertinente. Una escritora mujer que estaba por fuera de los círculos consolidados de la Capital Federal y que se dedicaba a un género menor como la ciencia ficción. Desde esa triple periferia creó personajes maravillosos; sobre todo mujeres que rompen con el estereotipo de la heroína trágica.
“En general, las mujeres terminaban suicidadas, borrachas o en la cosa más siniestra”, dijo hace unos años en la Feria del Libro de Rosario de 2018. “¡Caramba, no todas terminan así! Hay muchas mujeres que consiguen lo que querían sin hacer una revolución, sino naturalmente, como puede hacerlo un hombre. Eso se llama feminismo”. En esa misma Feria habló de los míticos congresos que organizó en los 90 para dar visibilidad a las escritoras (participaron algunos hombres, pero en calidad de “mujeres honorarias”). Que hoy haya en la literatura argentina tantas mujeres y tan relevantes se debe, en parte, a la labor de Gorodischer.
La veo sentada frente a la máquina de escribir, con una pila de hojas y papeles carbónicos. En la época en que escribió Kalpa imperial (1983, traducida al inglés nada menos que por Ursula K. Le Guin), Gorodischer usaba carbónicos para tener varias versiones donde corregir, hacer enmiendas, reescribir: “La primera versión no es el trabajo del escritor”, decía, “el trabajo viene después, cuando uno lee y corrige y corrige y corrige. Y, como corrigió, tiene que reescribir”.
Cada escritor sostiene una disputa contra sí mismo y la de Gorodischer era cómo mantener la tensión del relato. Hay algo del orden de la fascinación que se despierta cuando uno la lee. Pasa con los libros de ciencia ficción, pero no sólo; una de sus novelas más lindas es Las señoras de la calle Brenner (2012), una historia de mujeres le hacen frente a la desgracia y que para sobrevivir deben hacer de todo, hasta caer en la inmoralidad. “Yo tengo que contar algo”, decía, “gracias a lo cual el lector dé rápidamente vuelta la página para ver qué pasa. Esa es mi patria literaria: contar algo para que los pelitos de la nuca de quien lee se paren de punta”.
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