
Como un juego de palabras, la cultura de la cancelación se propone cancelar la cultura, parte de ella, lo que no se ajusta a nuestra cotidianeidad, lo que causa un supuesto daño, lo que no nos gusta. Y se ejecuta en forma de repudio, de escrache, sobre productos culturales que hasta hace poco eran aclamados y adorados. Harry Potter, por ejemplo. Desde que J. K. Rowling, su autora, fue “cancelada” por ser considerada transfóbica, su hipervendida saga cayó en las garras de la revisión.
El Departamento de Inglés de la Universidad de Chester, Inglaterra, “advirtió” sobre las dificultades de estudiar Harry Potter y la piedra filosofal porque “puede conducir a conversaciones difíciles sobre género, raza, sexualidad, clase e identidad”. Se trata del primer año en el módulo de Enfoques de la Literatura, dirigido por el Dr. Richard Leahy, según publica Mail Online. Allí también se examinan Los juegos del hambre de Suzanne Collins y La aurora boreal de Philip Pullman.
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No es un tema cerrado, aclararon desde la universidad británica. Si algún estudiante tenía “algún problema” se podía discutir. “Estos temas serán tratados de manera objetiva, crítica y, lo que es más importante, con respeto”, sostuvieron las autoridades. El parlamentario Andrew Bridgen, que está en desacuerdo con esta revisión, le dijo a Mail Online que estas historias generan “resiliencia” y que “es muy triste que las universidades busquen robárlas con ridículas advertencias”.
Un vocero de la Universidad de Chester sostuvo en entrevista con DalyMail que la universidad “promueve las discusiones en lugar de evitarlas” y agregó: “Por supuesto, incluimos un párrafo genérico en nuestras listas de lectura para llamar la atención sobre la oportunidad de que los estudiantes hablen con los tutores si algo es particularmente difícil debido a su relevancia personal (...) Las discusiones del seminario son suficientes para que un estudiante ponga un tema en contexto”.
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No es el único caso. La Universidad de Northampton, también de Inglaterra, advirtió sobre 1984 de George Orwell porque incluye “material explícito” que puede considerarse “ofensivo y molesto”. En la materia Identidad bajo construcción, el programa advierte que “aborda temas desafiantes relacionados con la violencia, el género, la sexualidad, la clase, la raza, los abusos, el abuso sexual, las ideas políticas y el lenguaje ofensivo”.
Paradójicamente, esta a novela, considerada una de las más importantes del siglo XX, es una crítica a la censura y a la cancelación. Pero hay otros libros “ofensivos y molestos”: Final de partida de Samuel Beckett y la novela gráfica V de vendetta de Alan Moore. “Somos conscientes de que algunos textos pueden ser desafiantes para algunos estudiantes y lo hemos tenido en cuenta al desarrollar nuestros cursos”, se lee en un comunicado.
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El parlamentario Bridgen, que en Inglaterra se está erigiendo como una de las voces críticas de estas acciones, le dijo a Mail Online que “hay una cierta ironía en que los estudiantes de ahora reciban avisos previos a la lectura de 1984. Nuestros campus universitarios se están convirtiendo rápidamente en zonas distópicas del Gran Hermano donde se practica la neolengua para disminuir el rango de pensamiento intelectual y cancelar a los hablantes que no se ajustan a él”.
“Si bien los adolescentes pueden encontrar alguna de las escenas de la novela como perturbadoras —dijo David Taylor, biógrafo de George Orwell—, nadie en edad universitaria puede sorprenderse por el libro”. De alguna manera, estos libros, sobre todo 1984, lo que buscó en su momento, escrito y publicado en un lugar y un tiempo específicos, fue poner sobre la mesa los mecanismos del poder. ¿Es la cultura de la cancelación uno de esos mecanismos?
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“La cancelación no es propiedad de nadie y a su vez nadie está exento de ella, no respeta actualidades, trayectorias ni billeteras, pero siempre tuvo algo que la caracteriza: una moral”, escribe Juan Gabriel Batalla en La cultura de la cancelación: del juicio público a la era del clickbait. Toda moral es la naturalización de lo que una comunidad determinada define sobre qué está bien y qué está mal. Vayamos a otro caso reciente, esta vez en Estados Unidos.
La Junta Escolar del Condado de McMinn, en Tennessee, decidió prohibir la novela gráfica Maus sobre el Holocausto de Art Spiegelman. ¿Acaso es un libro nazi? Todo lo contrario. La historia transcurre en la década de 1970 en Nueva York, donde el joven Spiegelman trata de entrevistar a su padre sobre su vida en Europa, la persecución, Auschwitz y la emigración. Ambos tienen cabeza de ratones; los polacos de la novela lucen como cerdos y los alemanes, como gatos.
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El padre ve al hijo como un fracaso; el hijo no puede estar con su padre más que unos minutos sin sentirse agobiado de angustia. Sólo los une el pasado, del que uno quiere hablar y sobre el cual el otro quiere escuchar, aunque ambos con reticencia. “Recuerdo a mi padre tratando de describir a qué olía el humo en Auschwitz. Lo más cerca que llegó fue a decirme que era indescriptible. Exactamente así olía el aire en Lower Manhattan luego del 11 de septiembre”, contó una vez el artista.

Sin dudas es una historia polémica, pero que busca concientizar sobre el horror. Es, además, ganadora del Premio Pulitzer. La Junta votó eliminarla el 10 de enero pasado del plan de estudios de artes del lenguaje de octavo grado debido a “preocupaciones sobre blasfemias y una imagen de desnudez femenina en su representación de judíos polacos que sobrevivieron al Holocausto”, se lee en CNBC. Al mismo medio, el autor confesó estar “un poco desconcertado por esto”.
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Cuando le preguntaron, dijo que esa Junta Escolar era “orwelliana”. “Conocí a tantos jóvenes que aprendieron cosas de mi libro”, se lamentó el artista de 73 años. Sin dudas, se trata de un fenómeno de época. Si bien es un fenómeno antiguo, explica Batalla que, “en tiempos de pandemia, el gesto se replica como una nueva cepa de la censura y toma las características de sus herramientas de circulación: las redes sociales”.
¿Es un giro conservador? En Oklahoma, el senador republicano Rob Standridge presentó un proyecto para prohibir en las escuelas públicas los “libros que aborden el estudio del sexo, las preferencias sexuales, la actividad sexual, la perversión sexual, las clasificaciones basadas en el sexo, la identidad sexual, la identidad de género, o libros que tienen contenido de naturaleza sexual que un padre o tutor legal razonable querría conocer o aprobar antes de que su hijo esté expuesto a él”.
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