Laura Alcoba: “A veces tengo la impresión de escribir literatura argentina en idioma francés”

Desde París, la autora de “La casa de los conejos” habla de la película basada en la novela, de su proceso de escritura, la tarea como traductora y los libros que vienen

"La memoria es una forma de viaje en el tiempo, como una interpenetración del pasado y el presente" (foto: Martín Rosenzveig)
"La memoria es una forma de viaje en el tiempo, como una interpenetración del pasado y el presente" (foto: Martín Rosenzveig)

No los pensó como una trilogía. Cada libro vino en su momento, aclara Laura Alcoba, escritora y traductora argentina, en una videollamada nocturna desde Francia. Primero publicó La casa de los conejos (2008), después El azul de las abejas (2015) y finalmente La danza de la araña (2018). Todos fueron traducidos por editorial Edhasa en Argentina, y dos por el escritor Leopoldo Brizuela a quien Alcoba recuerda –se nota en sus pausas– con mucho cariño. También se nota en su mirada que desvía hacia un vacío donde quizás desee todavía encontrarlo para contarle, para festejar que ya resolvió el dilema.

Todo comenzó cuando en España le comentaron que había problemas de distribución con sus libros. Alfaguara le propuso hacer una edición compilada que primero salió en Europa, pero no llegó a Uruguay y Argentina. Al resto de América Latina sí. Fue frustrante, dice. Alcoba se siente muy conectada con Argentina. Un dato quizás obvio para describir a la autora que logró hablar desde su propia experiencia infantil y el funcionamiento de la prensa Montonera en La Plata, de su posterior exilio en Francia y de la relación con un padre militante que permaneció en Argentina, pero en la cárcel.

La casa de los conejos

La resolución del conflicto quedó en manos de editorial Edhasa, que a fines de 2021 publicó la edición reunida en la patria de la autora. En Argentina ya se puede conseguir en librerías la Trilogía de la Casa de los Conejos, donde Laura Alcoba volcó algo de su experiencia viviendo en una casa llena de conejos, un falso criadero, donde se imprimía la revista Evita Montonera.

—¿Qué te provocó ver los tres libros en un mismo volumen?

—Los retoqué un poco. La versión que se publicó ahora, tanto de Alfaguara como de Edhasa, no es exactamente la de los tres libros por separado. Al publicarlos en una edición conjunta tenía que haber una unidad de estilo. Son detalles, por supuesto. O sea que es una reedición, pero con las traducciones, de algún modo, retocadas por mí, la autora. Para mí, hacerlo fue un trabajo muy interesante.

—¿Cómo fue la recepción de esta historia tan argentina en Francia y España?

—Fuerte, muy fuerte. A veces tengo la impresión de escribir algo así como literatura argentina en francés.

—¿Cómo impacta el tema en Europa?

—El libro que más éxito hasta ahora tuvo acá fue El azul de las abejas porque toca todo el tema de llegar al francés desde otro lugar y ahí se conecta con muchas temáticas que tienen que ver con la migración. De hecho, acá constantemente me llaman para hablar de El azul de las abejas.

"La infancia es una preocupación constante en todos mis libros"

—¿Por qué te interesa escribir sobre la infancia?

—Sería muy largo decir por qué… porque se juega mucho en ese momento. Es un momento que me fascina en mis lecturas también. Yo no tengo la impresión de escribir libros políticos, para nada. Atravesados por situaciones políticas, sí. O no en el sentido de “militante”. Pero sí, la infancia es una preocupación constante en todos mis libros. Estoy pensando en Jardín blanco… (libro publicado por Alcoba en 2010 donde Perón, exiliado en España, pasa sus días recordando, como también hace la actriz Ava Gardner. Ambos viven en el mismo edificio). Bueno, sí, tiene que ver con el tema de la maternidad también. Hay un niño también, pero bueno, es verdad que no es el centro. Pero sí el exilio. El exilio y el cuerpo. A mí me interesa mucho y creo que está presente en todos mis libros: el cuerpo, las sensaciones, la memoria y el cuerpo, la memoria desde el cuerpo, desde lo emocional y lo físico. Una especie de memoria encarnada.

"Trabajo sobre expresar sensaciones que tienen que ver con memoria y emoción"

—¿Esas son cosas que vos viviste cuando escribías La casa de los conejos?

—Sí, digamos, yo trabajo sobre expresar sensaciones que tienen que ver con memoria y emoción, y cómo verbalizar eso. Me interesa mucho como lectora también. Para mí la escritura siempre va vinculada con la lectura. Leo constantemente, sé que mi escritura está atravesada por lo que voy leyendo, lo que me va impactando.

La autora piensa en voz alta: nombra a Annie Ernaux, su forma de enrarecer las reglas del género autobiográfico (“un autobiográfico que no es autobiográfico”, dice Alcoba), a Gérard de Nerval, un escritor francés del siglo XIX cuyos narradores nunca dejan muy en claro si hablan de un recuerdo, un hecho inventado o de lo que está sucediendo.

“Plantear la memoria como algo vivo”, resume. “Como una forma de viaje en el tiempo, pero que no es un viaje tan claro hacia el pasado, sino que hay como una interpenetración del pasado y el presente. Esas son cosas que me interesa mucho buscar en la escritura, vincularlas con emociones y qué pasa con el cuerpo en eso. Yo sé que es algo que está muy presente en varios libros, en la trilogía, y en un libro que se va a publicar acá el mes que viene, y donde están presentes a la vez los temas de la memoria, el cuerpo, la infancia”.

—¿Podés adelantar algo del nuevo libro?

—No, digamos… es una historia que tiene que ver con el exilio, pero que les ocurrió a otras personas, una historia muy dramática que tuvo lugar acá en Francia en la comunidad de exiliados argentinos. Trabajé sobre la memoria de los demás. Fue un trabajo muy largo de entrevistas, de búsquedas. No deja de ser una novela porque yo interpreté, o busqué un sentido.

La película de la casa de los conejos

En 2021, Valeria Selinger, directora de cine, otra argentina radicada en Francia, hizo su propia versión de esta historia y la tradujo a la pantalla grande. La película se estrenó en Argentina el 21 de octubre; la tapa de la nueva edición de Edhasa es, de hecho, un fotograma del filme.

—¿Qué tienen las partes de la película que más te gustaron?

—Lo que me gustó es que hay escenas que no están en el libro, pero que no lo traicionan. Se traduce en imágenes, algo que está en el libro de otro modo. Por ejemplo, ella crea un personaje que se entiende que solo existe en la mente de la nena y que es su miedo. Ese personaje no está en La casa de los conejos. Sí está el miedo.

"No tengo un plan de trabajo, siempre es el azar. Las cosas las voy entendiendo al escribirlas"

—¿Por dónde uno empieza a trabajar con la memoria?

—Yo no tengo un plan de trabajo, siempre es el azar. Las cosas las voy entendiendo al escribirlas, pero bueno, puedo decirte, concretamente, para escribir El azul de las abejas que abrí una caja donde tenía las cartas de mi padre que nunca había vuelto a leer. Me las había escrito entre el 79 y el 81, una carta por semana. Las puse acá, acá mismo, las ordené cronológicamente, volví a ver el papel, la tinta. Y a partir de esa experiencia empecé a escribir.

Laura Alcoba, traductora

—¿Cómo fue la experiencia de traducir a Las Malas (Les Vilaines en su versión francesa) de Camila Sosa Villada?

—Genial, y acá tuvo un eco increíble (Les Vilaines ganó el Grand Prix de l’Héroïne Madame Figaro 2021, que se les otorga a novelas protagonizadas por mujeres/heroínas). Fue una aventura hermosa, muy fuerte. Me encantó traducirla. Me elogiaron mucho la traducción de Camila. Leo las traducciones en voz alta para que quede un texto que suene bien en francés. Es la primera vez con el libro de Camila que me invitan a hablar de la traducción. Tiene que ver mucho con la creación. Me encantó el libro de Camila y creo que no lo traicioné. Es verdad que yo busco una frase, una música, pero que es la traducción en francés de la música de origen. De hecho hay un gran misterio: las traducciones envejecen y los buenos textos literarios no.

—¿Cómo es eso?

—Sí, absolutamente. Lees a Shakespeare o a Dostoievski y cada 50 años hay que volver a traducirlo. Una traducción es como una lectura de un texto en un momento dado. Y esa lectura es raro que se mantenga con la misma fuerza más de 50, 60 años. Un buen texto literario, en su versión de origen, cuando tiene una potencia, siempre va a sonar del mismo modo cuando llegas a percibirla lingüísticamente, y eso es un clásico.

Los libros que se vienen

—¿Hace mucho que no volvés a Argentina?

—Hace tres, cuatro años, creo. La última vez fui a investigar para un libro que voy a terminar de escribir, pero sigo sin escribir, sobre un poeta y cineasta francés de origen rumano que filmó una película en Argentina en los años 30 y es una película que desapareció. Bueno, ya tengo un libro escrito sobre eso pero no me termina de convencer, así que quiero hacerlo todo de nuevo. Sé que va a ser el próximo. Encontré un material increíble, pero yo sé que la novela que imagino escribir no es la que tengo.

—¿Qué sentís que le falta?

—Es al revés. Yo siempre escribo y corto muchísimo. Cada uno de mis libros es como una reducción de un libro que era tres veces más largo. No es que le falta, sino que es demasiado. Tengo que hacer algo con más huecos. La literatura asfixiante, donde uno no se puede mover, no me va; necesito silencios, momentos de respiro.

—Sé que te han preguntado mucho sobre si sos vos o no la nena del libro, qué tanto es verdadero, ¿te parece que vale la pena seguir preguntándole a un libro qué tanto tiene de realidad y de ficción?

—No. Yo sé cómo trabajo. Sé que no es autobiografía ni autoficción. Para el nuevo libro trabajé del mismo modo, pero sobre la memoria de los demás. Es armar algo con una materia prima, puede ser la memoria de los demás, en su momento pudo ser la mía. Es una materia prima de sensaciones, emociones, recuerdos.

—¿Qué pregunta pensás que vale la pena hacerle a un libro?

—Uy, no hay una sola, ¿por qué una?

"Yo no quiero que un libro me dé respuestas. Solo que abra puertas"

—O la que a vos más te surja en tu relación con la literatura.

—No sé, me resulta difícil contestar. Tengo la impresión de que lo que yo imagino ser un buen libro no me da ninguna respuesta. Yo no quiero que un libro me dé respuestas. Solo que abra puertas. Que no me dé nada ya pensado, ya listo.

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