
En medio de la crisis del sector, el empresario textil Luciano Galfione advirtió sobre las consecuencias de la política industrial actual y afirmó que ningún país desarrollado con una población superior a los 35 millones de habitantes prosperó sin una industria robusta. Sostuvo que la caída de la industria nacional afecta el tejido productivo y compromete la generación de empleo.
Galfione cuestionó las propuestas de reconversión laboral del Gobierno que sugieren que todos los trabajadores pueden adaptarse a industrias completamente distintas, como la energética o la minera.
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Puso como ejemplo la dificultad de que una trabajadora textil de González Catán, que mantiene un taller con otras mujeres y cuida a sus hijos, pueda cambiar de rubro y dedicarse a la minería en el norte del país.
El presidente de la Fundación Pro Tejer, en diálogo con Ahora Play, apuntó que no es posible realizar ese tipo de reconversión ni por capacidad física ni por condiciones reales, y aseguró que las recomendaciones de este tipo no son viables.
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El dirigente remarcó que los procesos de reconversión industrial en distintos países han requerido décadas de políticas sostenidas. Mencionó que Corea necesitó 25 años y que Italia implementó 15 años de política industrial para consolidarse en el sector textil y de diseño, reteniendo el desarrollo de tecnología textil de punta.
Señaló que el tamaño de la población argentina implica desafíos que no pueden compararse con los de países vecinos y cuestionó los modelos que proponen como referencia. Indicó que Argentina, con 50 millones de habitantes, no puede equipararse con Chile o Paraguay. “Busquen un país de más de 35 millones de habitantes que sea desarrollado y que no tenga una industria pujante”, sostuvo.
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Y aseguró: “Lo peor de todo no es que se desindustrializa la Argentina, que, en todo caso, puede parecer anecdótico; sino que nos quedamos sin laburo”.
Galfione advirtió sobre el impacto de la apertura comercial y el ingreso masivo de productos importados en el mercado local. Explicó que en los shoppings, la mayoría de los productos son importados y que los precios de la indumentaria y el calzado superan los de otras ciudades, a pesar de que muchos productos ya no se fabrican en el país.
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“Entre el 80% y 90% de lo que consumimos en cualquier shopping es importado. Las zapatillas ahora son de Vietnam, porque no se fabrica ninguna zapatilla más en la Argentina de las primeras marcas, y valen el doble que en Miami”, remarcó.
“Los precios han bajado un poco porque no se vende nada. A la gente le está yendo mal o muy mal”, afirmó el empresario.
En el caso de la industria textil, describió una situación crítica, con una caída de la actividad del 27% interanual, un aumento de importaciones superior al 80% y una utilización de la capacidad instalada que ronda el 30%. Aseguró que siete de cada diez máquinas permanecen paradas y que ninguna empresa textil es rentable en la actualidad.
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El principal problema, indicó, es la caída de la demanda, agravada por una facilitación del comercio exterior que, según su análisis, no beneficia ni a los consumidores ni a los productores locales.
El empresario también cuestionó la reducción de aranceles a las importaciones, que considera una política que perjudica a la industria nacional y beneficia a productos extranjeros.
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“Le bajamos los impuestos a los chinos. Sí hay política y es cobrarle menos impuestos a quienes viven a más de 20.000 kilómetros de la Argentina”, reclamó.
Por otra parte, sostuvo que “el problema de la Argentina no es la producción. Es lógico que lo importado llegue más barato si el país tiene inflación en dólares y costos industriales más altos que el resto del mundo. Mientras acá nos endeudamos a tasas del 40% o 50% anual, en otros países lo hacen al 3%. Además, Argentina registra una inflación mensual del 3%, mientras que en el mundo ese porcentaje suele ser anual”.
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De esta manera, “claro que somos más caros y todos los meses somos más caros. Pero el problema ni siquiera está ahí, sino en la comercialización, que incluye los impuestos más altos del mundo, infraestructura de transporte precaria, alquileres y tasas de interés para la compra en cuotas elevadas. Por eso una zapatilla fabricada en Vietnam cuesta en Argentina el doble de lo que vale en Miami”, concluyó.
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