
Misterioso, desconcertante, magnético. Así es el caso de Gonzalo Guerrero, un marinero de Huelva que “se hizo indio” y asumió la defensa de los nativos ante la conquista española. Víctima de un naufragio, llegó a las costas de Yucatán en 1512 y se integró en la cultura local al punto de tatuarse y perforar su cuerpo para lucir los adornos de los indios guerreros. Y se casó con una noble maya con la que tuvo hijos. Y probablemente, además, estuvo implicado en la feroz resistencia aborigen al avance de los hispanos. Esto al menos se apunta sobre él en las crónicas, relaciones, historias y documentos más antiguos que narran la conquista de México y Yucatán.
Y, sin embargo, hasta que algún descubrimiento extraordinario venga a demostrar lo contrario, lo cierto es que Gonzalo Guerrero es más una leyenda, un mito, que un personaje histórico. Sabido es que en cada momento y lugar literatura e historia pasan factura a los personajes y acomodan sus descripciones a los intereses de la ideología imperante. Pero lo llamativo en el caso de este hispano es la espectacular vitalidad y variedad que gana su figura con el tiempo. Si la mayoría de náufragos anónimos desaparecieron para siempre en las nieblas de la historia, “Gonzalo Guerrero” genera hoy, en menos de un segundo, más de medio millón de entradas en Google.

Y eso a pesar de que el estudio documental sigue dejando demasiadas dudas sobre cuestiones fundamentales: su nombre, origen, lugar de nacimiento, oficio, hechos en los que fehacientemente estuvo implicado… Y más bien conduce a pensar que el marino sería uno más de los muchos españoles anónimos que se enrolaron en las expediciones de conquista y que ni siquiera figuraron en las listas oficiales de pasajeros.
Porque las fuentes documentales conocidas son escasas cuando son tempranas y más cercanas a los hechos (apenas unas líneas en un par de documentos). En cambio, son más elaboradas, abundantes y discordantes entre sí cuanto más tardías. Son fuentes, además, de tercera o cuarta mano y no coinciden ni en el número de náufragos supervivientes, ni en relación al nombre del personaje (Morales, Gonzalo Aroza, Gonzalo marinero, Gonzalo Herrero), ni en su lugar de origen (Palos de la Frontera o Niebla), ni tampoco en relación a sus motivaciones para permanecer entre los indios (vergüenza por su aspecto físico, vicio o amor por estar casado y tener hijos, y/o miedo a ser castigado por traidor).
En realidad, este “relato coral sobre Guerrero” se escribe muchos años después de los hechos narrados. En concreto, a partir de la segunda mitad del siglo XVI, y fundamentalmente en los textos de Gonzalo Fernández de Oviedo en 1549, Francisco López de Gómara en 1552 y Bernal Díaz del Castillo sobre 1567.

Es aquí, en estas obras sobre la conquista de México y Yucatán, donde tienen sus antecedentes todas las referencias a Gonzalo Guerrero que conocemos desde el siglo XVI. Y es aquí donde encuentra el marinero un protagonismo insólito hasta entonces y un desarrollo peculiar de los detalles de su historia que, en mayor o menor medida, se irán repitiendo o modificando con pasar del tiempo.
La ebullición del mito
Ya en plena segunda década del siglo XXI, la nómina de novelas, relatos, poemas, textos dramáticos o guiones cinematográficos, documentales, capítulos de series de televisión, musicales, esculturas y pinturas, cómics, canciones y artículos periodísticos es asombrosa. Además, por supuesto, de numerosos estudios historiográficos. El abanico de versiones es tan extenso como heterogéneo; y tan inabarcable a simple vista como antagónico, a menudo, en sus posiciones ideológicas.
Con el correr de los siglos, y de una a otra orilla, los rasgos de su caracterización esbozados por las primeras fuentes documentales se transforman y amplían de manera fabulosa. Y sin embargo todas tienen algo en común: la utilización deliberada del personaje para explicar, primero, los hechos de conquista y colonización de México y Yucatán y, posteriormente, para argumentar su significación histórica y simbólica.

En el primer caso porque Gonzalo aparece en los textos cuando se hace necesario entender y justificar las enormes dificultades que encontraron los españoles para someter Yucatán, una de las conquistas más ruinosas y prolongadas de las de América. Y en el segundo, especialmente a partir de la independencia mexicana, donde empieza a realizarse una cierta reversión simbólica de la conquista.
De esta manera, a lo largo del tiempo y en ambas costas atlánticas, los rasgos de la caracterización de Gonzalo Guerrero esbozados por las primeras fuentes documentales (idólatra, vicioso y traidor) se invierten y desarrollan hasta el paroxismo. De bellaco y tatuado idólatra, a ejemplo de parábolas cristianas; de vicioso acomodado a los placeres de la carne, a glorioso padre de los primeros mestizos mexicanos; y de renegado y traidor a los intereses conquistadores, a visionario defensor de los indígenas. Quizás la aparición de algún nuevo documento en los archivos mexicanos o españoles esclarezca los aspectos históricos más oscuros del personaje. Lo que no es seguro es que pueda a estas alturas desactivar la potencia del mito que envuelve al célebre marinero de Huelva.
Publicado originalmente en The Conversation.
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