
“Yo acuso”, dos palabras que quedaron para la historia y se convirtieron en un emblema de la lucha contra las injusticias. Así se llamó la columna que el escritor francés Émile Zola publicó en La Aurora en 1898, denunciando las falacias que habían enviado al capitán del ejército francés, Alfredo Dreyfus a la cárcel.
El Yo acuso volvió a resonar en el inconsciente colectivo gracias a la película homónima de Roman Polanski, que ganó el premio del jurado en el Festival de Venecia de 2019, donde se recrea la historia sucedida hace más de un siglo.
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En octubre de 1884, el capitán Dreyfus fue arrestado en París. De origen judío, había sido acusado falsamente de suministrar secretos militares al gobierno alemán, y tras haber sido considerado culpable fue sentenciado y condenado a prisión perpetua en la cárcel de la Isla del Diablo.
Cuatro años después, se realizó en París una reunión de escritores, en la casa de Alphose Todeau, a la que asistió Zola, entonces ya un renombrado escritor, en la que se dialogó sobre nuevos elementos de juicio que hacían dudar a muchos de la legitimidad del juicio.
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Allí entra en acción Henry de Groux (1866 – 1930), pintor belga, hijo del también artista Charles de Groux, y amigo de Zola. A diferencia de su padre, que era un cultor del realismo social, de Groux junior hizo una carrera más cercana al simbolismo y ya a los 22 años se había ganado a la crítica gracias a su pintura Cristo ultrajado.

Miembro del grupo L’Essor en 1884, fue aceptado en 1886 en el grupo XX pero se vio obligado a renunciar cuatro años después por negarse a exponer en la misma sala junto a los neoimpresionistas van Gogh y Paul Signac.
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Pero esto tampoco devino en que se convierta en un “expulsado” del reino, recordemos que Vincent era un pintor menor en su tiempo, a pesar de ya haber realizado obras hoy fundamentales como La noche estrellada o El dormitorio en Arlés. Signac, por su parte, no era aún el líder del movimiento, aunque como fundador de la Sociedad de Artistas Independientes su voz era escuchada.
Volviendo al tema Zola. Expulsado por el grupo de Bélgica, de Groux encuentra en París un espacio más afín a sus intenciones y es allí cuando comienza su amistad con el escritor. Cuando el Yo acuso se publicó, la opinión pública se dividió a favor y en contra del autor, aunque fue el segundo grupo el que demostró su postura de manera pública.
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Así, Zola recibió ataques y recriminaciones en el espacio público. Como con su famoso Cristo ultrajado, el artista realiza una versión con el escritor siendo atacado por la muchedumbre, que en la expresión de sus rostros denotan el odio y le recriminan su accionar.

El rechazo social al escritor era fogoneado por los periódicos, que daban voz a opositores, quienes escribían columnas sobre desequilibrios intelectuales e incluso a caricaturistas, que lo ridiculizaban. Zola simplemente contestaba “que compasión siento por los que ríen siempre, sin derramar nunca una lágrima”.
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Al acusar a los protagonistas por su nombre, Zola es llamado a testificar en el proceso judicial, donde el gobierno lo acusa por difamación. El óleo sobre lienzo de 1898 (81 x 109.5 cm), que se encuentra en el Museo Émile Zola en Médan, Francia, representa el momento en que Zola sale del juzgado, y ante la muchedumbre iracunda que parece tirársele encima. En su rostro, espantado, se nota el temor hacia la respuesta de la gente y cómo esto lo afecta.
Finalmente, Zola fue condenado a un año de prisión y recibió una multa de 3.000 francos, la pena máxima, para liberarse de prisión, que fue pagada por Octave Mirbeau. A los meses, antes del final del juicio, abandonó Francia con destino a Inglaterra.
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