
“Todo niño es un artista, el problema es cómo seguir siendo artista una vez que crecemos”, decía Pablo Picasso. En algún punto, la clave está en su educación, más allá de las instituciones o figuras tutoras: cuánto puede cada niño desarrollar su sensibilidad para que eso perdure en sí durante su crecimiento. La infancia de Jacek Malczewski, nacido en 1854, en Radom, actual Polonia, por entonces dentro del Imperio Ruso, fue determinante.
Su padre, Julian Malczewski, participó del Levantamiento de Noviembre, también conocido como la Revolución de los Cadetes, la rebelión armada contra el dominio ruso en 1930. Formaba parte de una histórica familia noble empobrecida que mantenía una intensa religiosidad con cierta dimensión mística. Julian era un apasionado de las humanidades y experto en la poesía de Dante Alighieri, William Shakespeare, Adam Mickiewicz y Juliusz Słowacki.
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No sólo ”estableció la dirección de la educación filial”, sostiene la investigadora Marta Motyl, también “le transmitió su adoración por las obras dejando su huella en su emotividad e imaginación”. Cuando cumplió los 17 se mudó a Cracovia y comenzó su educación artística formal. Corría el año 1872: estudió con Leon Piccard y Władysław Łuszczkiewicz en la Escuela de Bellas Artes y asistió a clases magistrales con Jan Matejko.
Cuatro años después se instaló en París para estudiar en la École des Beaux-Arts con Henri Lehmann. Para entonces recién comenzaba lo que luego se llamó Belle Époque: una época de ebullición artística inédita en Francia que empezó con la guerra franco-prusiana en 1871 y terminó con la Primera Guerra Mundial en 1914. Jacek Malczewski estaba en un momento de gran absorción cultural. Para 1876 tenía apenas 21 años.
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Todo eso que vivió en el año que estuvo en París, sumado a las tendencias polacas de vanguardia y todo lo que aprendió durante su niñez junto a su padre lo convirtieron, poco a poco, a fuerza de dedicación y persistencia, en el gran pintor que terminó siendo: el padre del simbolismo polaco. En sus obras están los ideales románticos de la independencia, la mitología cristiana y griega, los cuentos populares, la naturaleza y el misticismo el mundo natural.
La belleza del día de hoy, Círculo vicioso, es una de sus mejores obras. Pintada entre 1895 y 1897, se encuentra en el Museo Nacional de Poznań, en Polonia. Allí también está otro de sus grandes cuadros: Melancolía, de 1894. ¿Qué vemos en ese arrebato de figuras flotando que propone Círculo vicioso? En la cima, el niño que fue y que sigue siendo, según la frase de Picasso. Malczewski se autorretrata en su niñez rodeado de figuras.
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Es una postal que adquiere ciertos ribetes mágicos, los cuerpos desnudos, hay jóvenes y ancianos, hay santos y diabólicos, figuras claras y oscuras, todo parece representar los sentimientos del artista -el gran dualismo interno de la creatividad- que, al fin y al cabo, frente al lienzo, con los pinceles en la mano o en el fondo de su corazón, es apenas un niño. Y eso es lo más importante: su victoria inexorable.
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