
Corría el año 2004. Secuestros extorsivos, robos, asesinatos y “crímenes pasionales” ocupaban las primeras planas de los diarios y un tiempo considerable de las pantallas televisivas. El impacto de una mancha de sangre, la marca de un tiro o un cadáver tirado en el piso eran imágenes recurrentes en los noticieros. En ese momento empecé a interesarme sobre el tema, y si bien había investigaciones que asociaban el incremento del temor en la población como un efecto de las noticias policiales, no había estudios que indaguen efectivamente en la recepción. Fue entonces que una pregunta empezó a rondar en mi cabeza: ¿cómo impactan las noticias de delito en las personas y en las sociedades?
Con esta pregunta, ambiciosa quizás, comienza mi libro El delito y sus públicos. Inseguridad, medios y polarización, de reciente publicación por Unsam Edita. Basado en el análisis de entrevistas con audiencias y con periodistas de policiales televisivos, el libro indaga acerca de las interpretaciones de las noticias policiales en distintas generaciones, y su incidencia en las creencias y comportamientos en relación con un tema tan controvertido como es la inseguridad.
El proceso de investigación y de escritura no fue fácil y estuvo plagado de obstáculos y desafíos. ¿Cómo saber cuanto inciden los medios y cuanto otras dimensiones de la vida social? ¿cómo interpretan estas noticias las audiencias?, ¿a partir de qué otras fuentes acceden/reciben información?, ¿qué diferencias existen entre los distintos grupos etarios?, ¿qué diálogos se establecen entre los periodistas y sus públicos en este tema?
La inseguridad ha trastocado nuestras rutinas y es un tema que nos interpela constantemente. Nos movemos con precauciones, estamos atentos a las zonas y los horarios, procuramos no llevar elementos de valor, compramos dispositivos preventivos como rejas, o alarmas, evitamos salidas que serían potencialmente peligrosas. También nos informamos sobre las modas delictivas, reenviamos mensajes de whatsapp que alertan sobre sospechosos rondando por el barrio, y utilizamos la tecnología para mantenernos alertas.

Ahora bien, ¿para qué usan las noticias de inseguridad las audiencias? Para muchas cosas, pero en especial hay un uso social o pedagógico que permite aprender donde están las zonas inseguras, conocer las modas delictivas, y quienes son los posibles victimarios. Estas noticias se vuelven temas de conversación, colaboran en diseñar una cartografía, o un mapa del delito, generan emociones distintas, son recursos para pasar el rato, a veces aburren, pero también pueden usarse para orientarse en la ciudad o decidirse a comprar un nuevo dispositivo de seguridad.
Mientras avanzaba con la investigación, un problema que surgió fue el partidismo que las personas entrevistadas señalaban sobre los medios. Algunos de forma más contundente que otros, pero en todos los entrevistados había un conocimiento sobre las empresas periodísticas y la orientación ideológica de los medios. Así los testimonios del libro son claros al respecto: si se presenta una noticia de un medio alejado ideológicamente, se tiende a desconfiar o descreer y si es del medio afín, a la confianza. En dicha dirección, el trabajo muestra además que las noticias de inseguridad polarizan tanto como las de política o economía.
La dimensión emocional atraviesa toda la investigación. Las noticias policiales generan en muchos casos temor, pero también risa, burla, aburrimiento, enojo o indiferencia. A veces una cosa, luego otra, puede ser por un corto tiempo, luego se olvidan, otras se rememoran más tarde. La repetición de las noticias influye y hay aburrimiento cuando una nota es reiterada hasta el hartazgo.
Inspirada en algunas discusiones actuales que vuelven a darle a los medios un lugar de todopoderosos, intenté recuperar en el proceso de escritura distintos relatos de la vida cotidiana de las personas en relación la seguridad y las noticias. Así las páginas del libro dan cuenta de que muchas veces somos audiencias críticas, adquirimos herramientas y competencias para decodificar las noticias, desconfiamos de la información, armamos la noticia con distintas fuentes y hay, a veces, cierto distanciamiento reflexivo con los medios. Pero este conocimiento convive a la vez, con un escenario de sobreinformación y desinformación como nunca antes habíamos experimentado. Todavía queda mucho camino por recorrer, pero ya podemos vislumbrar los modos en que ciertas transiciones socioculturales (como el posicionamiento de la inseguridad como un problema de preocupación cotidiana) impactan en la construcción, circulación y consumo de medios.
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