
“Los estudiantes universitarios no saben escribir”. Este es un mantra que todos los docentes hemos escuchado alguna vez. Este problema puede tener importantes repercusiones tanto personales como sociales. No saber escribir puede limitar la inserción laboral de los estudiantes y la proyección internacional de sus países de origen en aquellos espacios donde que la escritura académica es una competencia esencial.
Cualquier individuo debe ser capaz de comunicarse con su comunidad profesional componiendo y leyendo textos propios de la misma. ¿Imaginan un juez que no sabe redactar sentencias o un médico que no sabe hacer un informe? Por tanto, para formar buenos profesionales, hemos de enseñar a los estudiantes a escribir en su disciplina.
En las universidades de habla hispana, salvo algún caso aislado, no existen procedimientos reglados para introducir a los estudiantes en la escritura académica. Hay unos pocos centros de escritura, proyectos de innovación docente (como el que llevamos a cabo hace algunos años en la carrera de Logopedia en la Universidad de Castilla-La Mancha) o grupos de investigación centrados en la escritura académica, y no mucho más. Sin embargo, en los países anglosajones existe una extensa tradición de formación en composición escrita en la universidad.
¿Qué es el movimiento WAC?

El movimiento WAC en Estados Unidos (Writing Across the Curriculum, escritura a través del currículum), que surge unido a la creación de los departamentos universitarios de finales del siglo XIX, es una herramienta pedagógica que ha impregnado todo el sistema universitario de habla inglesa.
Este movimiento tiene, entre otras misiones, ofrecer recursos para fomentar la formación en escritura académica. Los recursos que se ofrecen van desde cursos iniciales hasta tutorías personalizadas para mejorar los textos, pasando por apoyo para la introducción de la escritura en el diseño de asignaturas de las diferentes disciplinas.
Para que algo parecido sucediese en el mundo hispanohablante, tendrían que pasar dos cosas.
En primer lugar, debería cambiar el concepto que tenemos acerca del lenguaje escrito y de su enseñanza.
En segundo lugar, las universidades deberían invertir en la creación de centros de escritura académica dedicados a asesorar a los estudiantes para mejorar sus competencias de composición de textos académicos y al profesorado para enseñar a escribir en las diversas disciplinas.

La forma más extendida y popular de comprender la competencia de composición escrita es la de verla como una habilidad para transcribir la lengua oral a un código visible. Si sabe hablar, sabe escribir. Bastaría aderezar estas competencias básicas con el conocimiento de unas cuantas estructuras textuales que los estudiantes suelen encontrar en los libros de texto de primaria y secundaria.
Pero lo cierto es que la escritura en ámbitos profesionales y académicos supone la puesta en marcha de procesos expertos que rara vez aprendemos en el ámbito educativo. Hacer explícitos estos procesos de pensamiento, como la planificación, la revisión y la edición, así como los mecanismos implicados en la composición de los géneros textuales propios de la comunidad disciplinar a la que pertenecemos es esencial para abordar de manera exitosa la enseñanza de la composición escrita.
No basta con leer mucho, como se afirma hasta la saciedad en distintos foros educativos. Para aprender a escribir, hay que escribir.
Procedimientos para aprender
En mis clases uso distintos procedimientos para abordar la enseñanza de la competencia de escritura en los diferentes cursos. En los primeros prefiero trabajar la composición de textos cortos pero bien escritos. Mi objetivo principal es que los participantes se enfrenten a la página en blanco y que escriban a partir de lo que aprenden sin copiar de otras fuentes. Es importante evitar que acudan rápidamente a internet para copiar y pegar lo que encuentren por allí. Para ello, debemos diseñar tareas que no se puedan resolver acudiendo al Rincón del Vago.

Por tanto, en estas tareas les pido que reflexionen sobre un tema concreto (por ejemplo, qué aporta la psicología de la educación a la logopedia) y les pongo límite de palabras, que en estos ejercicios suele ser de 500 a 700.
También les planteo tareas relacionadas con las redes sociales, en las que tienen que poner en marcha procesos de planificación para elaborar contenidos de cuentas profesionales. Aquí aprovecho su conocimiento de las redes para que lo apliquen a la generación de contenido profesional.
En segundo curso abordo la escritura de textos más complejos, como la escritura de monografías. Cuando se plantean este tipo de tareas, las instrucciones suelen limitarse a sugerir un tema o dejar que ellos lo elijan y corregir lo que nos entregan (que suele ser, en su mayor parte, un cortar-y-pegar de distintos textos encontrados por internet).
Las tres fases del proceso
Para evitar esto, planteo un proceso por fases, que se asemeja a los procedimientos que seguiría un escritor experto en el ámbito de la escritura académica:

En la fase de documentación el alumnado tiene que buscar información sobre el tema elegido. Esta búsqueda se debe de realizar en un buscador especializado o en una base de datos científica, eligiendo las palabras clave apropiadas. En esta fase, el estudiante tiene que seleccionar tres artículos científicos que le servirán para desarrollar su texto.
En la segunda fase, la de elaboración de un borrador, ofrezco a los estudiantes una estructura argumentativa para guiar su composición. Este borrador es entregado y lo devuelvo con comentarios de revisión para que el estudiante lo mejore (también se puede usar la revisión interpares).
En la última fase, la de edición, los estudiantes deben entregar la versión final de su texto.
En los cursos más avanzados abordo formas textuales más complejas y propias de la comunidad académica, como el artículo de investigación; algunos de esos cursos culminan con la publicación de una revista que recoge las investigaciones de los estudiantes.
Es importante que el sistema educativo asuma un papel así de activo en la enseñanza del uso avanzado del lenguaje escrito. Aprender a escribir es tan importante como aprender a hablar y nos facilita la proyección en ámbitos profesionales. Y también para hacer ciencia es imprescindible saber comunicarla.
*La autora es profesora de psicología evolutiva de la Universidad de Castilla-La Mancha también dicta cursos en un innovador proyecto de escritura académica.
Publicado originalmente en The Conversation
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