Cuento en Infobae: “La partida fatal”, de Hugo Bauzá

Infobae Cultura reproduce un relato del libro “Fulguraciones entre el tiempo y la eternidad”, editado por Ediciones Parthenope en 2015

"El jugador de ajedrez" de Isidor Kaufmann
"El jugador de ajedrez" de Isidor Kaufmann

A mi hermano Mario, ajedrecista.

Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada

Reina, torre directa y peón ladino,

Sobre lo negro y blanco del camino

Buscan y libran su batalla armada.

No saben que la mano señalada

Del jugador gobierna su destino,

No saben que un rigor adamantino

Sujeta su albedrío y su jornada.

En las sangrientas luchas entre güelfos y gibelinos, Massimiliano había sido capturado. Pertenecía a la vieja facción güelfa a la que su familia se encontraba enrolada mucho antes de que se dividieran en blancos y negros. Amén de su arrojo en las armas, como buen gentilhombre, había incursionado en las artes y, cuando las cuestiones bélicas le habían otorgado una tregua, había gastado horas en los deportes.

Las grandes justas, las destrezas hípicas y la cetrería eran sus solaces predilectos. De sus competiciones de caza, algunos años después de su muerte, había quienes recordaban con devoción a su halcón y sobre él tejían fábulas y consejas que habían terminado por convertir al pájaro en una suerte de ave fénix que renacía -y siempre renace- al conjuro de leyendas y mitologías.

Massimiliano era asimismo un avezado cultor de las letras. De su mano habían brotado sextinas, sonetos y madrigales. Un himno, en el que loaba a una dama bajo supuesto nombre, circulaba por la Lombardía como obra de su ingenio. Dotado de sensibilidad estética, merece recordarse que era un admirador de la Commedia del florentino, la que hacía poco se conocía merced a su difusión por obra de Boccaccio, pero por sobre todas las artes, por sobre los torneos, por sobre los deportes, su pasión, su verdadera pasión era el ajedrez.

Nadie había logrado vencer a este guerrero en el silencioso movimiento de las piezas, en esa batalla inveterada en la que actúan hombres de toda laya -tanto peones como reyes-, caballos, alfiles y torres en un enfrentamiento impar.

Cuando, luego de desparejo combate fue llevado prisionero a la inexpugnable fortaleza de los Visconti, sólo le permitieron llevar consigo a la celda que había de albergarlo, una minúscula caja que contenía treinta y dos piezas diminutas, muy diminutas. El blanco y el negro de los trebejos daba la sensación -remota, distante- de revivir la vieja disputa de las dos facciones güelfas.

Toda vez que un centinela pasaba frente a su celda podía contemplar la figura de un hombre que, alejado de su suerte, evocaba alguna partida célebre en la que los contrincantes, librando una contienda descarnada, inteligente y ladina, representaban en las inmóviles y alineadas piezas, las grandes disputas que entre ruido y sangre se viven en los campos de batalla.

Y cuando desde la prisión se escuchaba el lento desplazarse de un trebejo que, delicado, rompía el silencio del recinto, parecía que de la celda brotaba vida y así, la solitaria partida se trocaba en un poema en el que se universalizaba la cuadrícula de sesenta y cuatro casillas. Todo se animaba y entonces, por rara taumaturgia, las piezas rompían la frialdad de la dura madera que los contenían y daban la sensación de cobrar cálido aliento.

El movimiento de las torres, el de los caballos, el de los alfiles, el de los peones, parecía trascender la rígida e inmarcesible cuadratura de los escaques, y si uno miraba atentamente, tanto de día como de noche, veía en el silencioso tablero dos caballos -uno blanco y otro negro- que, veloces, corrían a través del damasquinado tablero, uno en pos del otro, como el hombre, en eterna disputa, y sin dar sosiego a su estéril persecución.

La fama de Massimiliano como ajedrecista traspasó los estrechos límites de su celda, cundió por los corredores del sórdido subsuelo, trepó por las pétreas escaleras, inundó los amplios salones del palacio, alcanzó las torres y llenó los aires de Italia toda.

Naturalmente, pronto, muy pronto llegó a oídos de Gian Galeazzo Visconti, de ese mentado jefe gibelino, de aquel que, en sus años de apogeo bélico, para acrecentar su fama, había tomado Verona, Padua, Pisa, Siena, Perugia y Bolonia.

El prestigio de este condottiere era múltiple: no sólo había descollado en campos de batalla, sino que su estampa de Mecenas -a él se le debía la construcción de la catedral de Milán- se alzaba ejemplar y áulica. Y si bien se lo recuerda como guerrero y humanista, siempre se lo evoca -es forzoso destacarlo- como un maestro del eterno y silencioso ajedrez.

Su palacio, al margen de las escenas de sangre e intriga, había sido sede de cultura y refinamiento. Sus paredes estaban cubiertas de espléndidos tapices en su mayoría procedentes de talleres provenzales; había también frescos y esculturas por doquier. El Milanesado recordaba que esos muros pétreos y centenarios habían albergado alguna vez a Petrarca, huésped de Giovanni Visconti, su ilustre antepasado.

Gian Galeazzo, subyugado por la pasión del ajedrez y tentado por la reputación de Massimiliano en ese arte, tuvo curiosidad por conocer a su prisionero, vencedor en reinos de quimera.

Su figura se agigantaba al punto de convertírsele en invencible. Era un coloso con perfiles demoníacos. Noche a noche, en sueños, en interminables partidas lo ajetreaba al extremo de llevarlo a desasosegadas vigilias y, en ellas, a confundir realidad con fantasía; así su existencia, otrora feliz, se fue trocando en tormentosa pesadilla, hasta que un día decidió enfrentarlo.

Massimiliano fue conducido a su presencia.

Perplejo y sumiso se vio en un salón espléndido luego de haber ascendido por numerosas escaleras y de haber atravesado un sinnúmero de corredores.

En el recinto lo aguardaba Gian Galeazzo rodeado de florida corte renacentista. Estaba envuelto en una estela roja y no obstante los años, había en su rostro viriles colores. En su diestra portaba un anillo que relucía espléndido a través de los rayos de sol que penetraban por la gótica ventana.

Se miraron un rato, sin decirse palabra alguna, como si se hubieran conocido desde siempre; sin embargo, era la primera vez que se enfrentaban.

Uno al otro se observaron con atención: los ojos, la boca, el contorno de las manos. Parecía que medían fuerzas y al penetrar en lo profundo de sus miradas, daba la sensación de que cada uno pretendía penetrar en el alma de su adversario.

Ninguno de los dos se atrevía a romper la inquietante quietud de ese mediodía de fuego.

Impresionado por el boato de la sala, por el respeto que brotaba del viejo condottiere, por la magia que manaba de los tapices, disminuido por su situación de prisionero, pero amparado en su naturaleza gentil, Massimiliano insinuó una cortés reverencia. Gian Galeazzo se puso de pie y su saludo quebró el silencio. Massimiliano, que aún no podía hablar, sólo contestaba con sutiles sonrisas que se insinuaban en la comisura de sus labios, algo temblequeantes.

Pese a ser adversarios, la mutua pasión por el mágico juego los religaba más allá de contiendas y de luchas fratricidas.

...y cuando la atmósfera ya no fue tan densa y cuando notó que su lengua podía moverse sin dificultad, el prisionero recordó, casi musitando, una antigua estrofa oriental:

Para el experimentado

La estrategia del tablero

Iguala a la de la danza

Y a la de los escuadrones.

Visconti interpretó esos versos como un desafío: sintió que se juzgaba disminuida su destreza en el combate de las piezas y, al instante, fue presa de celos. Quiso medirse con Massimiliano para demostrarle que era tan diestro en la estrategia de la guerra como en la del tablero.

Súbitamente anunció a todos los vientos que jugaría una partida, una sola con su prisionero, y que si éste lograba vencerlo, le otorgaría la libertad; caso contrario, la partida le sería fatal.

Como pájaros que ante la tormenta buscan refugio, los nobles, algunos condottieri que a la sazón se encontraban en el palacio, los soldados, los sirvientes y también los esclavos -pues entonces los había y los habrá siempre- tomaron asiento para presenciar la partida.

El tablero reposaba sobre una alfombra roja en la que varios pájaros estaban tejidos junto a ramas y guirnaldas. Los muros de la sala, decorados con tapices: uno de ellos representaba una escena de caza, otro evocaba un cuadro de la mitología clásica cuyos personajes parecían contemplar absortos la contienda.

Al fondo del salón, un hogar con leños chirriantes ante al fuego; sobre él, una panoplia; alejados de la lucha, dormían sables, espadas y floretes. A los costados, dos grandes cabezas de jabalí -embalsamados en erguida y bélica postura- atestiguaban la fiereza de los Visconti. En un ángulo, armaduras cuyos yelmos, manoplas y espaldares relucían ante un rayo de sol que inundaba el recinto y burlón acariciaba el frío metal que fosforecía de a ratos.

En el otro costado, a través de dos ventanas en forma de ojiva, se filtraba el dejo esmeraldino de la campiña milanesa y se amalgamaba con el verdor de los tapices. Era un remanso para la vista, entre tanto fulgor, entre tanto fuego.

Por momentos, cuando uno entrecerraba los ojos, daba la sensación -fugaz, remota- de que afuera se insinuaba el mismo paisaje medieval de los tapices, surcado de magia y alegoría y entonces uno creía descubrir, detrás de la opalescencia de esos vitreaux, a ninfas, náyades y faunos, felices y despreocupados, nadando en mansas corrientes o danzando en la paz de ese prado.

Todo era silencio en esa tarde y todo convidaba a asistir a la partida en la que un güelfo y un gibelino se enfrentaban arriesgando, uno, su vida; el otro, su honor.

En un gesto de cortesía, Gian Galeazzo ofreció su diestra a Massimiliano. La del condottiere se mostraba férrea, segura; la del prisionero, en cambio, no atinaba a expresar firmeza. Cuando las hubieron estrechado, un metálico escalofrío invadió la sala y se extendió a todos los presentes.

Luego tomaron sus puestos.

Afuera, la tarde corría mansa, sin más cortejo que frías nubes y un viejo sol de otoño, débil, macilento, pero no obstante, dorado.

El prisionero evocó aquel viejo adagio según el cual “la vida es un tablero de ajedrez, en el que el Hado nos mueve a todos como a peones”, y los espectadores pensaron, también ellos, que el Destino, en silencio, nos aprehende para arrojarnos al ruedo y volver a disponernos sobre escaques para sucesivos combates.

Al escoger color, la Fortuna otorgó el negro a Massimiliano; eso fue tenido como un aciago presagio y hasta pareció que, lentamente, el negro iba penetrando en la sala, al extremo de que un velo de opaca transparencia impedía ver con nitidez el bermellón de la alfombra, los amarillos y esmeraldas de los tapices y la verdeante campiña que todavía asomaba a través de los ventanales; tampoco se divisaba con claridad el violáceo mar homérico de uno de los frescos de la estancia. Esa opalescencia, tal vez, era sólo la presencia del crepúsculo que hace patentes la tarde y la vida que declinan.

A medida que el sol huye, es preciso encender las farolas, los candiles y las teas; en la penumbra cobran relieve el blanco y el negro del tablero.

Al principio las piezas se deslizan con suavidad, tanteantes, temerosas, como si también ellas vivieran el crucial momento de los jugadores. El silencio se ahueca y una esgrima de tensiones se expande zigzagueante horadando a quienes asisten a la extraña contienda: los hombres, que espantados temen por el desenlace; los perros que, extrañados, abandonan el calor habitual y sigilosos vigilan su no saber de la partida. Afuera el tramonto tiende su manto.

Nadie habla, nadie respira: el combate es intenso.

Un sutil nerviosismo atraviesa la sala mientras los ojos de todos los presentes se posan en aquellos dos hombres que, frente a frente, exponen lo más hondo de ellos mismos: vida-muerte; honor-nada. Polaridad y angustia compartidas en un abismo de infinito.

Sus rostros están surcados por gotas que delatan una contienda interior y que se hace patente en el tamborileo de las manos. Ahora, incluso la del gran Señor, la del guerrero, la del invencible Gian Galeazzo tiembla y el temblor se adhiere a las piezas que parecen olvidar la antigua firmeza del principio.

Los peones de ambos bandos, que briosos han roto sus hileras, han permitido el paso ágil de los alfiles, el trote rítmico y pautado de los caballos, el lento, pesado y silencioso deambular de las torres, amén del elegante deslizarse de las reinas.

Sólo los reyes permanecen. Ellos, a su modo, en eterna mudez, contemplan desde lejana atalaya el combate.

Nadie habla.

Nada se atreve a romper el silencio de la tarde. Ni siquiera se escucha el jadeo de los canes.

El silencio parece cada vez más hondo y sólo es quebrado por el avance incierto de los trebejos que, según antiquísimo despliegue, deambulan sumisos bajo la mano del jugador.

El ámbito se ha transfigurado.

Del juego brota un hechizo inexplicable.

Una atmósfera densa ensombrece la respiración, la vista, el tacto, los sentidos todos que, presos de inexplicable vorágine, danzan hasta sentirse contenidos por un abrazo ahogado que alcanza incluso a los mastines que, ateridos y absortos, posan sus ojos en el adamantino tablero y si uno mirara atentamente esos ojos, vería en ellos el dominó blanco y negro de los cuadriláteros escaques.

Pero si uno alzara la vista y la posara sobre los dos hombres que ocupan la atención de los presentes, vería que uno comienza a sonreír a medida que el otro, temeroso y vacilante, mueve sus piezas negras cada vez con más dificultad.

Los ojos del prisionero buscan un repliegue que los asista; los del condottiere, altivos, recorren la estancia y se detienen en cada uno de los trofeos: los envuelve, los penetra, los sacude en sus sueños de victorias suspendidas -ayer, exultantes de vida; hoy, máscaras descarnadas- y los recrea en morosa delectación de dueño sin tiempo.

Por la sala circula un frío extraño que no es el del otoño pues las ventanas están bien cerradas y del hogar brotan con roja insistencia, las llamas.

Y el frío crece.

Sorpresivamente el rey negro se encuentra acosado por los cuatro costados: en un extremo vigila una torre enemiga, en el otro se alza un alfil blanco, más atrás acecha la briosa mirada de un caballo y cuando absorto ante ese panorama busca amparo, siente la voz desacostumbrada de un peón que balbuceante le dice “jaque” -como si fuera una irreverencia que un peón jaqueara a un rey-, y cuando pretende moverse, ve de pronto que la maciza torre, el rápido alfil y la engañosa simpleza de los peones, de golpe le cierran el paso.

Entonces se siente vencido.

En la estancia se percibe el suspiro de Massimiliano que atónico desfallece, a la par que nítida y con fuerza se alza la risa estridente de Gian Galeazzo; por la sala, veloz, corre un grito de espanto.

Ahora más que nunca, nadie se atreve a moverse de su incómoda postura, a medida que una brisa sórdida se expande por doquier ahogando el aromado bálsamo que brota de los leños ante el fuego.

Afuera, la tarde languidece y por los diamantinos vitreaux ya no penetra el esperanzado verdor de la campiña, sino un gris plomizo, oscuro, tétrico.

El rey negro permanece tumbado en el blanco de la casilla y parece que hasta las mismas piezas, asustadas, temblaran.

Massimiliano, arrodillado junto al tablero, evoca la figura de un monje medieval orante. Los escaques -otrora ordenados en perfectas líneas- se desdibujan a la par que el blanco y el negro se truecan en un gris confuso en los ojos vidriosos del vencido.

En la sala nadie habla; afuera, la campiña duerme.

El silencio que acompañó a la partida, transfigurado, recala hondo en recinto y seres: ahora todo es silencio; se filtra a la tarde y la convoca. Es fin en sí mismo.

El cosmos se abre. Se perciben sus latidos y palpitar distantes y todos los presentes, hasta los perros, temen. Y teme también -sin saber por qué- Gian Galeazzo Visconti quien, conmovido por ese silencio e identificado con su adversario ante lo fatal, en un arranque impetuoso -veloz como el águila- se pone de pie y abraza a su oponente con fuerza, con mucha fuerza y, ante el estupor y congoja de la audiencia conmovida, le concede el perdón.

El condottiere, viejo ya, por vez primera había comprendido él también que se encontraba en un juego -en la encrucijada de la vida y de la muerte- y, por igual, merced del caprichoso e ineluctable Destino.

Serenos ya, desde el seno de esa tarde plúmbea, alguien, como paladeando los endacasílabos, recita dos tercetos que, más allá del tiempo y del vasto océano, un vidente poeta recogió en los perdidos confines de esta América:

También el jugador es prisionero

(la sentencia es de Omar) de otro tablero

de negras noches y de blancos días.

Dios mueve al jugador y éste, la pieza.

¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza

de polvo y tiempo y sueño y agonía?

(Del soneto “Ajedrez” de J. L. Borges).


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