
Estos día murió Jorge Lozano, el catedrático y semiólogo español, y recordaba que el manual que escribió con Cristina Peña-Marín y Gonzalo Abril, Análisis del discurso. Hacia una semiótica de la interacción textual, que editó la editorial Cátedra en 1982, fue para muchos de mi generación una obra de consulta permanente como lado B de la lectura directa de los autores que el manual reseñaba. ¿Qué otra cosa es un manual más que una adaptación rigurosa e integrada para estudiantes? Supe de él por un profesor de Latín, que nos empujaba todo el tiempo a leer los textos clásicos en clave semiótica y retórica. De pronto, un tema gramatical árido y descriptivo como los pronombres demostrativos, tema del segundo curso (puedo recitarlos todavía de memoria: iste, ista, istud; ille, illa, illud…), se activaba para una lectura que restitutía el proceso de producción de un discurso de Cicerón o Tucídides, y esos artilugios de eficacia política y persuasiva llegaban, por sesudas y originales comparaciones, hasta el análisis del discurso político del siglo XX (recuerdo, en particular, un análisis de la Carta de Walsh a la Junta).
Esos manuales, a diferencia de la consulta rápida y superficial que hacemos casi diariamente en la web, llevaban firma, los escribían especialistas y catedráticos, se formateaban en una maqueta editorial, y los seguía con afán ultra correctivo un especialista en ortotipografía y redacción académica. No hace mucho me decía un adolescente de 15, en medio de la zoomización de la vida, que no quería saber nada con los materiales digitales que le mandaban de la escuela. Que se la pasaba noches enteras jugando a la play con el cuerpo entero comprometido en la pantalla y que, al día siguiente, abrir nuevamente la computadora para escuchar la clase o para hacer algún ejercicio le resultaba insufrible: “Prefiero que me manden un libro y hacer las actividades ahí”.
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Exactamente un año más que él tenía yo en cuarto año del secundario. Más o menos para el mes que el de Química, el profesor Pianelli, explicó Sales. Sería la primavera y yo no prestaba mucha atención a sus clases reverenciales, ya estaba en el verano dos meses antes. Era un señor que pasaba los sesenta, con un gran caudal de saber, que se presentaba a la clase siempre enfundado en un traje impecable, de colores claros, corbata y zapatos. Apenas aparecía en la puerta del aula, el silencio era inmediato. No le temíamos, nos inspiraba mucho respeto. Después de todo, podía ser nuestro abuelo. Yo no sabía nada de Sales, tampoco de Óxidos ni Hidróxidos, y la prueba se acercaba… Entonces fui a la biblioteca del colegio y le pedí a Amalia que me recomendara un buen manual para estudiar. Sacó tres libros de Química. Nos pusimos de acuerdo en elegir Química General e Inorgáncia, de Biasioli – Weitz (Kapelusz), y un fin de semana entero me dediqué a leer y comprender cada una de sus páginas. Como era un buen manual, los temas estaban graduados por dificultad, con cortes conceptuales precisos y abundante ejercitación. No tenía más que dos colores: negro y naranja, y una profusión simpática de fórmulas. Eso fue el fin de semana, en la semana rendí el escrito y lo aprobé. No hubo necesidad de profesor particular, el mismo manual se bastaba.
Más grande también acudí a esas obras que nos allanan el camino de la comprensión conceptual. Tengo 25 años y me invitan a participar como docente de comisión a una cátedra de FADU en la que se hará análisis del relato, y la primera parte de la materia es una introducción a la Fenomenología de Hegel. Cuando oí el nombre del libro en boca del titular en la primera reunión, temblé. Yo nunca había leído a Hegel, no tenía idea de lo que era la conciencia, tampoco fuerza, entendimiento, amo, esclavo…, mucho menos esos juegos de palabra con los que el Maestro de Jena caracteriza los momentos de la dialéctica: el “de sí”, “en sí”, “para sí”. Recordaba un hermoso librito del Fondo de Cultura en el que el semiólogo ruso Mijail Bajtin analiza la construcción dialógica de los personajes de Dostoievski (Problemas de la Poética de Dostoievski). Esa fue una primera entrada. Sin embargo, el acceso algo más cómodo lo tuve a través de un librito de Eudeba: Hegel y el hegelianismo, de René Serreau. Allí había una presentación sistemática del filósofo alemán: su lugar en el idealismo, las diferencias con Kant, la idea de Razón, de Absoluto, de Devenir…
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Idéntico gesto tuve con el final de Literatura Argentina cuando me senté a prepararlo. Primero leí y fiché con riguroso método la Breve Historia de la Argentina de José Luis Romero, en edición de Huemul, una entrada ordenada y por etapas a la historia nacional. Y otro tanto con dos obras cabales, con las que estudiaron varias generaciones de argentinos, no porque eso estuviera en la bibliografía de los programas, sino porque constituían entradas panorámicas y muy aleccionadoras para el iniciado, una especie de paso previo para comprender más cabalmente los apuntes de la cátedra. Hablo de Capítulo, la colección del Centro Editor de América Latina, la editorial tan querida que fundó y dirigió Boris Spivakov. Esa colección, que arrancó en 1967, y que se vendía en los kioscos de diarios, llegó a reunir 4 tomos. En la casa de mis padres estaban encuadernados con tapas duras y, antes de sentarme a estudiar cualquier apunte, yo contextualizaba los temas empezando por ahí.
Hoy, es cierto, tenemos al alcance de la mano una cantidad inconmensurables de materiales en la web para acercarnos a cualquier asunto. Sin embargo, nos faltan voces autorizadas, expertos que nos orienten respecto de cuál material elegir y por qué. Esa es la tarea de un editor, alguien que nos oriente a una firma que reconozcamos en la autoridad de algún saber. Tal vez por eso la web se haya convertido en un canal de intercambio de muchos materiales que, en su origen, hayan sido pensados para el papel, porque pareciera que da garantía de durabilidad, de persistencia. La cultura del PDF, que tanto potenció la cuarentena, a lo mejor se deba a algo de eso. También es cierto que muchos materiales que se producen directamente para circulación digital, por lo menos en lengua española, son de factura más doméstica, piezas de intercambio, materiales de cátedra, recursos generados para uso de grupos específicos.
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Los manuales, contrariamente, conservan el encanto de la totalidad, de la disponibilidad a la mano de los asuntos centrales que componen una materia. Descansan sobre aquel viejo sueño de la educación popular difícilmente recuperable del todo por la profusión diaria de nuevos y nuevos contenidos: todo el saber al alcance de todos.
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