
¿Qué es la belleza? ¿La postal de una alegría, la sensibilidad hecha nostalgia, la fascinación que causa un grupo de formas ordenadas artísticamente? ¿Puede, del dolor, de la tragedia, de la muerte, brotar la belleza? Con este cuadro, Edvard Munch para decir que sí. Muerte en la enfermería es un lienzo de lienzo de 169,5 centímetros de ancho por 152,5 de alto. Está en el El Museo Nacional de Arte, Arquitectura y Diseño en Oslo, Noruega.
Según la mayoría de los historiadores del arte, el cuadro muestra a la familia de Munch agrupada en torno a su hermana Sophie, fallecida en 1877, sentada en una silla de espaldas al espectador. A la derecha está una tía, Karen Bjølstad, que se mudó con la familia para cuidar de los niños y de la casa después de que la madre muriera de tuberculosis en 1868. Al fondo está el padre, el médico Christian Munch, con las manos juntas, como si estuviera rezando.
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En el primer plano, con los ojos cansados de tanto llorar, una mueca de angustia contenida y la mirada fija en nosotros, los espectadores, está Inger, la hermana del pintor. Junto a ella, sentada, con las manos en el regazo, otra de las hermanas, Laura. A la izquierda, con la mano apoyada en la pared, Andreas, su hermano. Y en el centro del cuadro, el hombre que está de espaldas y se le ve parte del rostro podría ser el propio Edvard Munch.

Verlos a todos juntos y unidos en su dolor, afrontando semejante tragedia, hace que esta escena íntima sea inspiradora. Y haya en la muerte, belleza. Los cuerpos encorvados, los colores apagados, la oscuridad de la habitación y lo inevitable del fallecimiento forman un clima que Munch captó como pocos. Siendo, incluso, un tema muy recurrente a finales del siglo XIX, el de la enfermedad. En la pintura escandinava esos años se han denominado el “período de la almohada”.
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“No pinto lo que veo, sino lo que vi”, dijo una vez este pintor nacido en Løten en 1863 y muerto en 1944 en Oslo conocido por su gran obra, El grito, aunque no es sólo en ese cuadro, también en muchos, que se percibe un fascinante halo oscuro. Fue el propio Munch el encargado de darle al expresionismo una sensación, a veces serena, otras asfixiante, de angustia. “La enfermedad, la locura y la muerte fueron los ángeles negros que cuidaron de mi cuna”, escribió.

La desesperación, Amor y dolor, Ansiedad, Evening on Karl Johan Street y Jealousy son algunas de sus obras que contienen una intensidad emocional que sobresale. Los biógrafos suelen hablar de su infancia en el pequeño pueblito de Løten, de la muerte de su madre y hermana por tuberculosis, la obsesión religiosa de su padre y el posterior fallecimiento cuando él tenía 26. La tragedia como marca identitaria indudablemente se filtra en su obra.
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Claro, luego llegaron los viajes, sus incursiones en las vanguardias europeas, el sol naciente de una contracultura que disparó contra las tradiciones alienantes del arte. Hacia 1930, una afección ocular le impidió seguir pintando. Tras dudarlo un tiempo, decidió retirarse. Ya había alcanzado la fama, el reconocimiento mundial, había molestado a los nazis que decían que su arte era “degenerado”, ya había hecho más ruido que el que alguna vez se había imaginado.
Murió el 23 de enero de 1944 en su hacienda de Skøyen, en las afueras de Oslo, en soledad. Su obra no sucumbió con él, como un pintor de moda o uno de esos personajes que hacen de su vida una obra y, tras la muerte, quedan sepultados en el olvido. No, lo de Edvard Munch fue algo verdaderamente notable: el tiempo y la historia lo pusieron en un lugar altísimo. Pocos artistas tuviera la sensibilidad de hacer de la tragedia, el dolor y la muerte, belleza.
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