
Diego Velázquez (1599-1660), uno de los grandes genios de la pintura, maestro del barroco, heredero del tenebrismo e inspiración de los impresionistas.
El sevillano realizó entre unos 120 ó 130 cuadros, siendo Las meninas la más conocida mundialmente, aunque cuenta con otras obras maestras como El bufón don Sebastián de Morra, Las hilanderas, Retrato de Inocencio X, La rendición de Breda y El triunfo de Baco o, como se lo conoce popularmente, Los borrachos, su primera pieza mitológica y la más destacada de su etapa inicial como pintor del rey. Esta es la historia:
Esta pintura fue realizada en 1629, época en ya se encontraba bajo las órdenes del rey Felipe IV. Su llegada al palacio no estuvo condicionada solo a su talento, sino a una serie de casualidades. El rey, que ascendió a la corona en el ‘21, nombró a Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares, como mano derecha y éste, a su vez, quería una corte con mayoría andaluza.
Su suegro y maestro, Francisco Pacheco, viendo esta oportunidad movió rápido sus contactos para que fuese presentado. Velázquez viajó a Madrid por primera vez en el ‘22, con la excusa de conocer las colecciones de pintura de El Escorial; no logró una reunión con el rey, aunque realizó un retrato al poeta Luis de Góngora. Como luego sucedería con Inocencio X, el artista lo retrata con crudeza, sin suavizar uno solo de sus rasgos.

Se quedó en la ciudad, estudió a Tiziano, quien sería una gran influencia en su obra posterior, y realizó varios retratos que lamentablemente se perdieron. En octubre de 1623 finalmente realiza un boceto del rey y un posterior cuadro ecuestre -también perdido-. Desde aquel encuentro, el joven monarca pide su traslado a Madrid y comienza con un sueldo bajo.
Retrato a retrato, Velázquez gana fama y despierta muchos celos en artistas más veteranos que lo acusaban de ser solo capaz de pintar cabezas. Por lo que en 1927, debió participar en un concurso contra los otros tres pintores reales: Vicente Carducho, Eugenio Cajés y Angelo Nardi. El motivo era la expulsión de los moriscos de España y el premio, ser el artista para el lienzo principal del Salón Grande del Real Alcázar de Madrid. Y ganó.
Un año después ya era pintor de cámara tras la muerte de Santiago Morán, entonces el más importante. Su trabajo consistía en realizar los clásicos retratos de la familia real yobra para decorar los palacios como también se le permitió realizar encargos privados para terceros, lo que era todo un privilegio ya que ningún otro pintor de la corte podía hacerlo.

Lo borrachos es una pieza de aquel momento, por la que cobró 100 ducados de la casa del rey. El cuadro describe del dios Baco junto a 7 beodos a su lado.
En la literatura barroca, Baco, dios del vino, el Dioiniso griego, premiaba a los hombres justamente con la bebida que los ayuda a liberarse de los problemos de manera temporal. Hay una la obra una cierta mofa sobre esta alegoría o una mirada cruda, característica -como marcamos- muy de Velázquez.
El dios tiene una caracterízación del clacisismo, es más claro que el resto de los personajes y tiene un tono angelical, pero la pieza tiene un espíritu profano, algo que tomaría de Caravaggio y que cobraría más fuerza con los años.
El cuadro, que se encuentra en el madrileño Museo del Prado, se divide en dos. Por un lado Baco y el hombre que está detras, que son referencias al mito (el tercer hombre de esa zona es apenas una sombra, un claroscuro caravaggista para dar más fuerza a las dos principales), y por otro lado están los borrachos, hombres comunes, de piel ajada, de ropajes pobres, donde la luz se hace más tenúe. Hay también un cambio en la pincelada de los espacios, mientras en la primera parece haber utilizado un pincel más fino para marcar los detalles, en la otra es más de golpeteo, lo que le otorga un toque impresionista, más de dos siglos antes de que este movimiento exista.
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