La belleza del día: “La felicidad del amor prusiano”, de Emil Doerstling

En tiempos de incertidumbre y angustia, nada mejor que poder disfrutar de imágenes hermosas

jbatalla@infobae.com
“La felicidad del amor prusiano”, de Emil Doerstling, en el Museo Histórico Alemán
“La felicidad del amor prusiano”, de Emil Doerstling, en el Museo Histórico Alemán

Están enamorados. No hay dudas de eso. El abrazo caluroso, las sonrias cómplices. Las miradas también lo dicen todo, especialmente la de ella -que por el ángulo es más evidente-, que parece flotar en un espacio en el que todos quisiéramos coexisitr. La felicidad del amor prusiano, de Emil Doerstling, no es una obra más, no nació de los deseos del artista, sino de la realidad, aunque por muchísimo tiempo se creyó que los protagonistas habían surdigo de la imaginación del pintor alemán.

Doerstling (1859-1940) no fue un pintor muy reconocido en su tiempo, aunque sí vivió de su arte. Estudió y fue profesor en Königsberg, entonces Prusia, y realizó muchas obras para aquella ciudad, como Juegos Olímpicos , Luchadores y Lanzadores de discos para el auditorio local o el techo con escenas de la mitología griega para una escuela primaria.

De hecho, su obra más famosa fue Kant y sus compañeros de mesa, de 1892, realizada en la escalera del edificio más antiguo de la Universidad Albertus, realizado por el encargo del banquero Walter Simon. Esta obra no sobrevivió a la Gran Guerra, aunque una pieza del mismo título se encuentra hoy en el Museo Kaliningrado Kant de la catedral de Königsberg basado en esta obra. Doerstling pintó al menos otro cuadro que puede haber sido un estudio preliminar.

Kant y sus compañeros de mesa
Kant y sus compañeros de mesa

La felicidad del amor prusiano fue adquirida en 1992 por el Museo Histórico Alemán, pero recién en 2007 se convirtió en una pieza con otro valor social, al conocerse los verdaderos orígenes de la pieza y los protagonistas.

La pintura, realizada en 1890, fue siempre controversial, pero considerada más una rareza. En aquella época la unión entre personas de distintas razas era no solo persiguida, sino que se consideraba a los negros como animales. Recordemos, por ejemplo, a los vergonzosos zoológicos humanos (Völkerschau), una costumbre antigua -hay vestigios de que Moctezuma tenía el suyo con enanos, albinos y jorobados o cómo Cristobal Colón presentó a los pobladores del “Nuevo Mundo”-, pero que se hizo popular a partir cuando en 1881, 11 pobladores originales de la actual Tierra del Fuego, Argentina, fueron exhibidos en el Jardín de Aclimatación parisino luego de ser raptados en las costas del estrecho de Magallanes por Johann Wilhelm Wahlen, marino alemán.

Fueron exhibidos durante tres semanas en Berlín, donde los alojaron en el recinto de las avestruces, continuando la gira por Leipzig, Múnich, Stuttgart y Núremberg. En el centenario de la revolución francesa (1899) el zoológico humano se convirtió en una de las principales atracciones de la Exposición Universal de París, también con pobladores del sur argentino, en este caso 11 selknam (onas).

Los selkman exhibidos en la Exposición Universal de París de 1889
Los selkman exhibidos en la Exposición Universal de París de 1889

La obra también era particular por que contradecía a la historia en otros aspectos políticos. Entre 1884 y 1885 se desarrolló la Conferencia de Berlín, donde Francia, el Reino Unido y Alemania se repartían Africa y marcaban las pautas de cómo se debía subyugarlos. Entonces, un cuadro de amor entre un negro y una blanca podría tener varias interpretaciones: una, que representaba la unión entre dos culturas de manera romántica y la otra, como decíamos, que las personas eran iguales, más allá de la postura política. No se sabía bien qué quizo interpretar Doerstling, ya que no había documentación sobre su postura política ni pensamiento.

Todo tomó otro caríz a partir del libro La felicidad del amor prusiano. Una familia alemana de África, de los historiadores Gorch Pieken y Cornelia Kruse.

Allí se reveló que el hombre era Gustav Sabac el Cher, nacido en Berlín en 1868, e hijo de August Sabac el Cher y su esposa Anna Maria Jung, quienes vivían un apartamento en el palacio de Alberto de Prusia (1837-1906), paradójicamente el lugar que Heinrich Himmler eligiría para montar su oficina de “seguridad” durante el nazismo, 70 años después.

August, el padre del protagonista, fue un regalo de virrey egipcio que Alberto transportó en 1843 para su hermano mayor, el rey Federico Guillermo IV. El pequeño esclavo tenía 8 años cuando desembarcó en Prusia desde Sudán y Sabac el Cher no era su nombre, ni apellido -entonces a nadie le importaba-, solo era la traducción de “buenos días”.

Gustav Sabac el Cher
Gustav Sabac el Cher

Si bien la esclavitud no estaba permitida en Prusia, el transporte de niños de colonias africanas no era del todo rara entre los hombres del poder. Por ejemplo, el noble, explorador y aventurero Hermann von Pückler-Muskau, quien además era un reconocido paisajista y autor de libros sobre sus viajes por Europa y el norte de África, tenía una niña que lo acompañaba en todas sus travesías. August Sabac el Cher fue entonces un Kammermohr, un servidor de la corte negro.

August Sabac el Cher fue un fiel ladero del príncipe, acompañándolo en su campaña en el Cáucaso, y llegó a recibir 7 medallas por su servicio e incluso un reloj de oro. Retirado del ejército, se le permitió casar y e convirtió en el supervisor de los cubiertos principescos, un puesto de confianza.

Gustav, el protagonista del cuadro, tuvo acceso a una vida privilegiada: a los 8 comenzó a tomar lecciones de violín y hasta los 14 asistió a la escuela secundaria superior. Para los 17 se unió al ejército, como músico militar con la banda del Brandenburg Fusilier Regiment No. 35. Fue el único negro, que se conozca, que haya formado parte del ejército en aquella época.

Gustav Sabac el Cher como director de la banda de música del ejército
Gustav Sabac el Cher como director de la banda de música del ejército

Nombrado director del Regimiento de Granaderos “Rey Friedrich III” en Königsberg, su talento musical lo convirtieron en una persona respetada y conocida, componiendo música e incluso arreglando obras de Mozart para la milicia. En el libro se lo describe como un caballero, un gran bailarín con muchos amores. El principal fue Gertrude Perling, hija de un maestro, con quien se casó en 1901.

Ocho años más tarde dejó al ejército y se mudó a Berlín, donde tuvo dos hijos: Horst y Herbert. Siguió trabajando con la música y llegó a a la radio como director de grandes orquestas em los ‘20. Una década después, compró un restaurante en Senzig, Brandeburgo. Todo marchaba bien, la familia prosperaba, pero tras la llegada del nacionasocialismo al poder los clientes dejaron de asistir y tuvo que cerrar.

Murió en 1934 a la edad de 66 años, desde el exilio, en Holanda, el emperador dio el pésame por escrito a su esposa; cuando ella falleció seis meses después, fue enterrada junto a su marido en Berlín.


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