
Los siete mensajeros es un cuento muy hermoso de Dino Buzzati. Un príncipe sale a recorrer el mundo y cada cierto tiempo envía mensajes para dar cuenta de lo que ha visto y vivido, a la vez que espera las noticias de lo que ha pasado en el reino. Y cuando ya ha andado tanto y su muerte está próxima, con el último mensajero que manda, comprende su error: los jinetes no tenían que viajar hacia atrás, debían ir hacia adelante, hacia el futuro. David Bowie fue el príncipe —o mejor: el duque blanco— que perseguía el porvenir.
Se cumplen hoy cinco años de su muerte. Pero hay un efecto paradójico, un cierto aire de irrealidad, como si no hubiera pasado el tiempo o como si nunca hubiera sucedido. Bowie, el hombre del futuro, sigue vivo en el presente.
Para entender esa sensación de ubicuidad de Bowie y todo lo él que provocó en la música —y en el cine, la literatura, las artes, los movimientos sociales, los fans—, el libro Por qué escuchamos a David Bowie de Juan Rapacioli (Ed. Gourmet Musical) es una introducción eficaz: un breve pero intenso ensayo que recorre la totalidad de su obra y abunda en los temas que la constituyen: “la soledad, la fama, la alienación, la muerte y el anhelo por una forma sensible de conexión”.

Por qué escuchamos a David Bowie trata de responder también otra pregunta que aparece como incrustada al músico: a qué Bowie escuchamos cuando escuchamos a Bowie. Porque, si algo lo caracteriza, es la forma en que se astillaba en tantos avatares —“máscaras”, dice Rapacioli— que lo hicieron vivir tantas vidas y tantas exploraciones artísticas: de Ziggy Stardust a Lazarus, pasando por Aladdin Sane —a lad insane: un chico loco—, Halloween Jack, Thin White Duke.
“Desde el joven inglés que soñaba con hacer teatro musical”, se lee en la primera página del libro, “hasta el hombre que concibió una obra con su muerte, pasando por el arquitecto de un imaginario espacial clave en la historia del rock, Bowie se sirvió de ilusiones para interrogar lo que se conoce como realidad y transgredir lo que se entiende por normalidad”.
Rapacioli hace algo difícil: sintetiza sin esquematizar a la vez que transita por los caminos marginales sin digresiones banas. El libro sigue la trayectoria de Bowie disco a disco y lo pone en relación con la movida cultural de cada época. Syd Barrett, John Lennon, Iggy Pop, Freddie Mercury, Grace Jones, Brian Eno se convierten así en personajes secundarios de una trama artística que se expande y se completa con las visiones de Friedrich Nietzsche, Stanley Kubrick, J.G. Ballard, George Orwell, William Burroughs, David Lynch.

“Space Oddity”, “Changes”, “Modern Love”, “Life on Mars?”, “Fame”, “Heroes”, “Rebel Rebel”, “Under pressure”. Cada canción tiene su lugar y, tal vez lo más difícil y lo mejor logrado de Rapacioli sea no darle preminencia a ninguna: todas son de Bowie, todas hablan de Bowie. De un Bowie.
Con un tono antienciclopédico que deja espacio para que cada uno complete su “alien favorito”, Por qué escuchamos a David Bowie es una puerta de entrada —o una escotilla— al futuro. Dice Rapacioli: “Refugio de lo extraño, fantasía distópica, ilusión alienígena, David Bowie sigue siendo una invitación a enfrentar lo desconocido”.
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