
Una de las preguntas que más me han hecho encierra una elección: ¿médico o escritor? Debo decir que pasé por distintos momentos, que no ha sido una respuesta sencilla hasta hoy. ¿Qué podría responder hoy alguien que es médico en medio de una pandemia? Pero la respuesta es más amplia: gracias a ser médico pude escribir este libro.
Los preparados es un libro sobre mi padre. Es parte del duelo, y también de la liberación. Si bien el título no apareció hasta muy tarde, la historia estaba escrita desde siempre, solo faltaba una cosa: que mi padre ya no estuviera para juzgarme.
Pero esta historia no es solo la historia de su muerte. Es la historia de mi familia. De mí. De los años de estudiante, de mi infancia, de la muerte de todas esas cosas. Fue una escritura necesaria, dolorosa. Fue una escritura que nació, se enfrentó y se alimentó de una sentencia de Foucault: El médico escucha para atravesar la palabra del otro y alcanzar la verdad dura de su cuerpo. El médico no habla, actúa, es decir, palpa, interviene. El cirujano descubre la lesión en el cuerpo adormecido, abre el cuerpo y lo vuelve a coser, opera; todo eso en medio del mutismo, en la reducción absoluta de las palabras. Las únicas palabras que pronuncia son las breves palabras del diagnóstico y la terapéutica. El médico no habla sino para decir con una palabra la verdad y prescribir la receta. Nombra y ordena, eso es todo. En este sentido, la palabra del médico es extraordinariamente rara.
Según Foucault la palabra del médico es extraordinariamente rara: y este libro es mi contradicción. Está lleno de palabras. Abundan las citas, las referencias, la época: hablo del peronismo, del puerto de Mar del plata, de personajes tan disímiles como Pepita la pistolera y Kurt Cobain. Escribo sobre mi madre, mis abuelos, mis compañeros de pensión en La Plata y mi familia actual. Es un libro íntimo que no intenta ser universal. La intimidad está en los detalles: las manos de mi padre, las pecas de mi primo Hernán, los peces de mi madre; lo universal está en las referencias, en la música, en los homenajes: de un breve análisis de temas musicales de Smashing Pumpkins se pasa a describir una foto de mis bisabuelos. Lo universal está también en la muerte, en el contacto inevitable que tenemos todos nosotros con ella.

El libro encierra recuerdos. Un recuerdo que no entró por falta de espacio es sobre el libro de anatomía del que estudié: el Tratado de Anatomía humana, descriptiva, topográfica y funcional de Henri Rouviere. Mis padres no podían pagarme el libro y consiguieron que se los prestara –incompleto, porque de sus tres tomos solo tenía dos– su médico clínico de cabecera. No recuerdo cuál era su apellido. Sí sé que si alguna vez los dos tomos del Rouviere fueron míos, hoy están perdidos. Yo también los presté y alguien decidió no devolverlos. Ladrón que roba a ladrón, dicen, pero es mejor no recordar: el tiempo y la mala memoria son necesarios para preservar algunas amistades. Eso también lo sabe la muerte, por eso mejora en nuestro recuerdo a las personas que perdimos.
Escribo sobre ese Tratado de Anatomía porque creo que la búsqueda de mis recuerdos con la muerte se parece a esos recorridos que hacemos por todos los libros que leemos: una frase olvidada puede recordarnos un aroma, un beso, una promesa.
También creo que esta búsqueda puede parecerse a las caminatas silenciosas que damos en las casas de los seres queridos que han muerto. Mi padre le pidió el compendio de Rouviere a su médico para mí. Mi padre vivió treinta años en la misma casa y, aunque haya muerto, sé que en algún lugar de esa casa lo puedo encontrar. Acaso en el patio, fumando de pie, tranquilo; o en la cocina, acariciando a la gata negra que solía sentarse en su falda. Pero eso es un hecho narrativo, la vida es narrable, y la muerte no: en la vida real a los dos tomos de Rouviere no los encuentro, y a mi padre tampoco.
Otra pregunta recurrente, además de si soy médico o escritor, es para quién se escribe. ¿Para quién escribo? No lo sé. Sí sé que escribo para mis libros –y Los preparados en particular– no sean un clavo. Mi padre era zapatero. Y los zapatos en su época se compraban por tarea completa. Del número 35 al 40 en mujer venían los paquetes y mi padre siempre pedía muchos 35/36/37 y del resto pocos porque los 39/40 se acumulaban. Eran sus clavos, según él. Y supongo que eso es lo que quiero para este libro: que no sea el clavo, el prescindible, el olvidado en las bibliotecas donde vaya a parar. Un deseo módico de trascendencia.
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