Los poetas visitan a Juan L. Ortiz: la lírica narrativa y el arte de escuchar la voz del río

La Universidad Nacional del Litoral en conjunto con la Universidad Nacional de Entre Ríos reeditó la “Obra completa” de Juanele, ocasión para conversar con los escritores Virginia Caresani, Diego Di Vincenzo, César Bisso, Juan Rapacioli y Francisco Bitar sobre la sutileza de sus versos y la vigencia que mantienen en nuestra época

Juan L. Ortiz (Foto: cultura.gob.ar)
Juan L. Ortiz (Foto: cultura.gob.ar)

“Es sin duda el más grande poeta del siglo XX”, dice Virginia Caresani, profesora de Letras y autora del reciente Formas de ser del río. Estamos todos en una ronda; virtual, por supuesto, o acaso la imaginamos. También hay varios poetas más: Diego Di Vincenzo, César Bisso, Juan Rapacioli y Francisco Bitar. Todos lectores atentos de Juan L. Ortiz y con diferentes maneras de interpretar su obra y la relación con la época —la suya, la nuestra—, el contexto y el canon. En el medio de esta ronda imaginaria, dos libros, dos tomos, uno rosa, el otro amarillo. Es la Obra completa que editó la Universidad Nacional del Litoral en conjunto con la Universidad Nacional de Entre Ríos en dos volúmenes. El primero se titula En el aura del sauce y contiene trece libros publicados entre 1924 y 1971 y una sección final, “A la orilla del aura”, que incluye los poemas que hubieran pertenecido al hipotético cuarto tomo de la edición de Editorial Biblioteca. En el segundo volumen, Hojillas, se encuentra su “otra” producción: poemas extraños, prosas, ensayos, traducciones y correspondencia. Ambos tienen una buena selección de ensayos y notas de autores que comentan la obra de Ortiz, o como lo solían llamar sus amigos y fans entrañables: Juanele. Así lo llamaremos también acá.

La pregunta general es ésta: ¿qué lugar ocupa este poeta entrerriano —nacido en Puerto Ruiz en 1896 y muerto en Paraná en 1978— en la literatura argentina? “Un lugar central pero no oficial”, dice Rapacioli, autor de Vidrio y Por qué escuchamos a David Bowie, y explica: “Dicho de otro modo: hizo de la marginalidad una forma de centralidad. En los bordes de la cultura, por fuera del canon, reconfiguró la tradición”. Y cita a Juan José Saer, que decía que ciertas cumbres de su obra como “Gualeguay” o “Las Colinas” “se inscriben con naturalidad en la tradición más fecunda de nuestra literatura, la que desde 1845, con la aparición de Facundo, ha hecho de la evolución de los géneros o de su transgresión liberadora, su aporte más original a la literatura de nuestro idioma”. César Bisso, autor de De abajo mira el cielo, agrega: “La poesía de Juanele es una infinita contemplación del universo, sin alejarse jamás del paisaje regional, que constantemente se nutre de misterio y de asombro. Es necesario penetrar en ese esquema dialéctico, ligado a la filosofía oriental, donde cada imagen habla por sí misma, para ser parte de la percepción armónica de la naturaleza y la historia. Considero a Ortiz un poeta esencial, de una sofisticada sabiduría. Nadie que aprecie la poesía en su mayor esplendor puede soslayarlo”.

“Juanele es el Litoral, la cultura fluvial, la orilla”, comenta Diego Di Vincenzo, profesor de literatura y autor del poemario El latido de este mundo, y continúa: “Hay una vasta y enorme producción cultural asociada a esa presencia material: el Litoral. Digo material porque hay olores, ruidos, humedad, sonido de animales. Eso se oye, se ve, se contempla, se huele en la poesía de Juanele. La cultura del Litoral. Desde Fandermole y el chamamé, hasta Ramona Galarza, Mastronardi y Juan José Saer. De todos modos, ese lugar tan grande, silencioso y en ciernes, que se abre, quiero decir, que agarra un lugar fuerte, creo, en los noventa, con la publicación de su poesía completa y que el Diario de Poesía elige como libro del año, algo que lo trae a la superficie, me parece, hablando de ríos. De todos modos, como en general se lo ha recibido como un poeta más de este mundo fluvial emblemático, se olvida que también hay una poesía ‘social’ de Juanele, una poesía ‘comunista’, como le pone Yunque a una antología de poetas sociales que arma y donde incluye poemas de Juanele”. Y cita versos, casi que sus favoritos: “No te detengas alma sobre el borde / de esta armonía / que ya no es sólo de aguas, de islas y de orillas. / ¿De qué música?”

Los dos volúmenes de la "Obra completa" de Juan L. Ortiz que editó la Universidad Nacional del Litoral
Los dos volúmenes de la "Obra completa" de Juan L. Ortiz que editó la Universidad Nacional del Litoral

Para Francisco Bitar, “Ortiz alcanzó el límite superior al que puede aspirar un escritor, y que consiste en consolidar un mito”. “Leerlo ya no tiene importancia. De hecho, las ediciones inconmensurables que se siguen haciendo y que todo el mundo compra (yo también la tengo), están hechas, no para leerlas, sino para sentirnos más cerca de una imagen anterior, la que nos hicimos de él antes de leerlo. En este sentido, Ortiz ha alcanzado la estatura de un clásico: alguien a quien nadie lee”, agrega el autor del poemario Ropa vieja: la muerte de una estrella, de los cuentos Teoría y práctica y de los ensayos Un accidente controlado, entre otros libros. ¿Cómo se llega a la poesía de Juan L. Ortiz? “De ninguna manera. Cuando yo llegué, el ya estaba ahí. En el litoral, Ortiz es como una formación natural, como una montaña. O como un río”, dice Bitar, y Caresani, por su parte, recuerdo el momento exacto: “en el taller literario de Gabriela Bejerman y por supuesto me fascinó su relación con el río. Como me hubiera gustado conocerlo antes, ahora lo doy a mis alumnos de secundaria. Cito un fragmento de mi poema favorito que es epígrafe en mi poemario Formas de ser el río: ‘La voz del agua / dulcemente cierra el mundo / ¡La voz del agua! / Todo el día seré un niño / que se está durmiendo’”.

“Yo descubrí a Juanele —dice Bisso, que lo conoció en persona— a fines de la década del sesenta, a través de algunos poemas sueltos que se publicaban en diarios y revistas literarias. En 1971 llegaron a mis manos los tres tomos de su poesía reunida, editados por la Biblioteca Popular C. C. Vigil, con prólogo de Hugo Gola. Leerlos fue una grata revelación. Quedé fascinado con su lenguaje totalmente inusual. Al año siguiente, un par de jóvenes amigos, que ya habían visitado varias veces al poeta entrerriano, me llevaron a conocerlo. Vivíamos en Santa Fe y sólo teníamos que cruzar el gran río. Recuerdo que ellos hablaban y yo sólo pude atinar a escucharlos, mientras observaba aquella figura enigmática. Después, cada uno de nosotros leyó algún poema y él nos escuchó con delicada amabilidad. Así ingresé al cosmos orticiano”. Rapacioli llegó a partir de Saer, “que de alguna manera lo asimiló y diseminó en su proyecto novelístico. Saer alguna vez definió a la poesía de Juanele como ‘una lírica narrativa’ y, en ese sentido, me interesa lo que el propio poeta de Entre Ríos decía: ‘La poesía es narración de ciertos estados íntimos, siempre fue narración’. Creo que ahí da con un punto clave: la falsa noción de que la narrativa y la lírica son, en términos formales, universos desligados”.

“A mí me sedujo siempre mucho esa especie de aféresis de su nombre: Juanele, que no es Juanle, ni Juanl”, dice Di Vincenzo. “Una vez me invitaron a leer un poema de Ortiz y, tal vez a manera de conjuro, aclaré que la ‘L’ era por Laurentino. Oía ‘Juanele, Juanele’ y sabía que alguna vez tenía que indagar. Me pasa también con Lucio Ve o Rodolfo Jota. Después… Aunque no lo creas, tengo cultura fluvial. Viví siempre en Zona Norte y para los chicos de mi zona, ‘ir al río’ era una cita obligada: fumar, ir a bailar a Alvear y el río, ratearse y sentarse en el muelle de Martínez. El mito de mi padre, sobre todo, con la época del río ‘limpio’. Hablo del Río de la Plata. Pero las imágenes de Juanele están en las orillas del Delta, en Gualeguay, o en la ventana del resto del Club de Pescadores de Corrientes. Por trabajo, además, he estado varias veces en Resistencia o en Corrientes, y otra vez el Paraná, sobre todo, el sol cuando campea y el sol cuando se viene a pique. Entonces, en los ratos libres, buscaba poemas de Juanele en el celu y leía, leía, leía. Yo trabajaba en una editorial, además, que tenía un libro de Alfredo Veiravé, y la primera vez que fui al Chaco, tal vez por hacer bien los deberes, me ocupé de conocer su obra poética, que era entrerriano, pero que está muy ligado al Chaco. Y encontré algo semejante a Juanele”.

Juan L. Ortiz (Foto: Ernesto Silva)
Juan L. Ortiz (Foto: Ernesto Silva)

Seguimos en la ronda imaginaria, sentados todos sobre el pasto fresco. Somos hologramas pero sentimos, o creemos sentir, la hierba bajo nuestras manos. A unos metros, el río se mueve con intensidad aunque siempre está ahí, movedizo, para contemplarlo eternamente. Hay gente metida que chapotea, que juega con una pelota, que se salpica agua, que disfruta las últimas horas del sol de la tarde, Miramos, espiamos, y volvemos a la poesía de Juan L. Ortiz. “En una claridad de rosa muerta / se abismaba el crepúsculo en el río. / Había en las cosas no sé qué desierta / quietud que daba un vago escalofrío”, cita Juan Rapacioli. “Es un poema inédito e iniciático que, pienso, define su obra”, agrega. “Es muy difícil dilucidar la poesía de Ortiz a través de algún verso suelto —comenta Bisso—, porque ella posee una alta complejidad. Pero voy a elegir el comienzo de un poema perteneciente a su libro El aire conmovido, de 1949. Dice: ‘A la orilla del río / un niño solo / con su perro. / A la orilla del río / dos soledades / tímidas, / que se abrazan’. Son versos muy bellos, que condensan muchas cosas: amistad, solidaridad, comunión, compenetración con la naturaleza, en fin, la vida misma, despojada de todos los avatares”.

¿Qué tiene para decirle su poesía a este siglo XXI y a las nuevas generaciones de lectores? Virginia Caresani reflexiona: “Su capacidad de crear climas y de adentrarse en la geografía lo vuelven un referente inagotable. Realmente escuchaba la voz del agua. Esto es lo que el siglo XXI necesita: escuchar. Las nuevas generaciones de lectores pueden aprender a escuchar a través de sus versos; en un doble movimiento: escuchar hacia afuera: la naturaleza y sus rumores, escuchar hacia adentro: el rumor que el poema genera cuando fluye”. Para César Bisso, Juanele susurra algo importante: “Que desde el lenguaje todo es posible. Desde ese lugar, Ortiz demostró ser un poeta de lo ínfimo que se vuelve cósmico. Sus miradas cambiantes y fluyentes trascienden serenamente con el discurrir del agua, en el alma de las criaturas, en la plenitud de la naturaleza. Para leerlo habrá que olvidar todo lo conocido y despojarse de cualquier preconcepto. Una tarea sumamente difícil, porque no hay otra manera de adentrarse en su decir aluvional y su rango sonoro”. Sobre qué tiene para decirle su poesía a esta nueva y extraña época, Francisco Bitar tiene una mirada distinta: “Nada por ahora. Hay que encontrar la manera de que Ortiz vuelva a hablar. Y este acto de interlocución no vendrá de sus libros.”

Dice Rapacioli: “En esta época de ansiedad, inmediatez y fragmentación, su respuesta tiene que ver con tomarse el tiempo para observar, escuchar, leer. Se habla siempre de su poética de la contemplación, la intemperie y la serenidad, pero creo que sus modos de ver no son únicamente una exploración de la calma, sino que están en tensión con algo abismal. Hay una inquietud que siempre se cruza en la mirada y construye paisaje. Su poesía, en mi experiencia, radica en la diferencia entre ver un árbol y tomarse el tiempo para mirarlo: sabemos que el árbol está ahí pero si lo observamos por mucho tiempo comprendemos que ‘los árboles apenas si son fantasmas de árboles’”.

“Tiene un ritmo que embelesa, que envuelve —cierra Diego Di Vincenzo esta ronda imaginaria—, versos largos que se enrulan, caen al verso siguiente, sin cortes abruptos, una especie de marea baja que golpea sin nunca lastimar, versos alternados que difieren radicalmente en el número de sílabas. Da ritmo y genera un decir muy envolvente. A mí me fascina pescarle eso cuando leo en voz alta. Es casi un orfebre. Hay laburo ahí. Suena. Es todo lo contrario a esa especie de inmediatismo actual por la cual ‘se tiran’ versos de muy rara belleza. Juanele para mí es Belleza. Y la poesía es una de las formas más altas de Belleza. El que no quiera belleza que se vaya a escribir otra cosa. Digo Belleza con mayúscula, a lo Platón”.


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