La poesía es un río incierto: 7 libros para dejarse llevar por la corriente

Existe un terreno literario donde no importan demasiado las normas narrativas ni las pretensiones de verdad. En el poema todo vale y el lector, como quien toca con la punta del pie el agua fresca, decide si tirarse o no. Una vez dentro, sólo hay que entregarse

7 libros para dejarse llevar por el río de la poesía
7 libros para dejarse llevar por el río de la poesía

La poesía es un río. Agua torrentosa, refrescante, siempre turbia. Hay algo sumamente poético en el fluir de la corriente que estalla contra las piedras. “Este río habla un lenguaje tan propio / que sólo ha de entenderse en otro río”, escribía Mario Benedetti. La poesía es siempre ese espacio dentro de la literatura donde las convenciones se tuercen. Al no tener la responsabilidad de cumplir con las normas narrativas del cuento o de la novela, ni siquiera con las pretensiones de verdad del ensayo, un libro de poesía es una invitación a lo incierto. Tirarse al agua y dejarse llevar por la corriente. La poesía es un río en presente continuo que va y viene en el tiempo sin dar ninguna explicación.

El río que pasa

“Estoy para el río / ardo en el río. / El río es una fisura / que me recorre. / Abro los brazos / y me disperso, / me entrego afiebrada / y quieta”. Así empieza Formas de ser del río (Peces de ciudad, 2020) de Virginia Caresani. Tapa verde y letras blancas, no hay más alusión que el nombre del título. La autora, “poseída por el río”, enhebra una narración que se mueve al ritmo de la corriente del agua. Extasiada por la inmensidad del paisaje pero también atormentada por la complejidad de la vida, describe lo que ve. “Me quedo parada mirando hacia arriba / ese árbol tiene lo que yo no: / un cielo propio al que escapar en días / como hoy", se lee.

Las luces de la costa, el silencio en el río que nunca es tal, el brillo del puente solitario, los árboles que están desde siempre, los colibríes que siguen merodeando el rosal aunque ya no florezca, los recuerdos familiares que asechan de golpe, lo que hay, lo que ya no hay, lo que habrá y un sutil ojo poético para interrogar lo que se presenta como dado. Las imágenes que dibuja Caresani y el tono con que las describe guardan un dramatismo crepuscular: como si el secreto del mundo por fin se empezara a develar y el hilo del cual tirar es el río. “¿Y si no haría falta decir nada? / El sol ya ha dicho / todo sobre mí. / Este cuadrado de pasto / sobre el que escribo / me escribe a mí”.

"Formas de ser el río" de Virgina Caresoni, "Río Luján" de Guido Veneziale y "De abajo mira el cielo" de César Bisso
"Formas de ser el río" de Virgina Caresoni, "Río Luján" de Guido Veneziale y "De abajo mira el cielo" de César Bisso

Guido Veneziale también mira el río mientras escribe. En su segundo poemario, Río Luján, observa la tanza de la caña, la carnada, los pájaros, los barcos, los yates de lujo, los carteles por todos lados, las banderas. En este libro publicado en febrero de forma autogestiva, el poeta construye una postal, una habitación, donde cabe el mundo con todas sus contradicciones, las opresiones, la lucha de clases y las resistencias. “En todas las cosas / hay una filosofía”, escribe. “El amor / está a salvo / del capitalismo”. “El río trae y lleva / cosas / siempre”. Una postal que oprime y que libera, que aliena y que despabila. Es con la poesía donde esa contradicción encuentra su estética y, tal vez, una redención.

La Universidad Nacional del Litoral publicó en 2019 De abajo mira el cielo, un libro que César Bisso escribió en 1997 bajo el nombre de Isla adentro pero que ahora, con nuevos poemas, se volvió un libro nuevo. Con agudeza minimalista, Bisso enarbola ideas con pocas palabras, como si fueran un bien escaso que hay que usar desde la necesidad. Y lo hace con un carácter alegórico que es pura entonación. “El río es un ojo que no olvida”, escribe y luego: El río no ofrece ni quita. Como el poema, navega dentro de sí”. ¿Cuál es el verdadero poder vital de esas aguas enturbiadas por la historia? “El paisaje transforma el gesto del hombre, no el canto enfurecido (...) El agua es la última fortaleza".

El río que pasó

El cielo de los exnovios (Hojas del Sur, 2020) es un poemario escrito mirando el pasado. Sami San Rome narra escenas, sensaciones, reversiones de aquellos romances que le dieron, entre todos, el pulso del amor que lleva hoy en su cuerpo. Y lo que parece ser un decálogo de ex parejas, con nombres y situaciones muy específicas, comienza a mutar en un gran romance, todo envuelto en el paquete del pasado, tan pasado que se mezcla con el presente. “Anoche soñé / que te abrazábamos entre todas / que había alguien como vos / para toda la humanidad”, escribe y se desdibuja lo personal de este poemario volviéndose general, grupal y, ¿por qué no?, universal.

¿Melancolía del pasado feliz, de ese lugar idealizado? “...Melancolía no es solo una palabra sino un / fotograma: / la secuencia de la escena de una película / donde me pinto los labios en el ascensor / y vos todavía sos el desconocido de espaldas / que espera en mi puerta y prende un cigarrillo”. En esa mirada romántica del amor —¿acaso se puede mirar al amor, estando enamorado, de otra manera?— el futuro ya no importa. “En esa entró un flaquito de lentes / que nos quiso leer las manos / a cambio de cien pesos / y nosotros dijimos que no / con la soltura / de quienes no necesitan mentiras / ni un futuro / que los consuele”, concluye Sami San Romé.

"El cielo de los exnovios" de Sami San Romé y "La ruta del ícaro" de Carina Nosenzo
"El cielo de los exnovios" de Sami San Romé y "La ruta del ícaro" de Carina Nosenzo

Carina Nosenzo también mira hacia atrás en La ruta del ícaro, poemario editado en 2018 por La Tejedora, la colección de literatura patagónica de la Universidad Nacional de Río Negro. “Hermana, qué hiciste / con esas flores azules / que te llenaron de ortigas / allá en el bosquecito / de chañares”, comienza esta historia donde la narradora dialoga con su par en un relato lleno de dulzura y oscuridad, donde “no somos hermanas pero sobrevivimos a / ese gesto: / el padre es un sentimiento que se hunde”. Luego el libro se abre, como si saliera de ese escenario de naturaleza original y empezara a observar el mundo más allá del hogar.

El libro de esta poeta mendocina que vive en Río Negro tiene el doble filo de la vida. Como dice ella misma en el epílogo, ya fuera del lenguaje poético: “La metáfora es la mejor forma de conocer y dimensionar lo que nos queda después de las sucesivas crisis , lo que queda después de la explotación de los hombres y de la tierra, después del progreso de la violencia, lo que queda después de la pobreza”. Quizás el verso que mejor lo explique es este: “Como el río se robó nuestros pies / para devolvernos manos / y ahora caminamos, los muñones / vendados / entonces / entonces tendremos / que aprender a volar”.

El río que pasará

Un divorcio, una familia que se parte en dos y traza un puente de plástico en el medio. La angustia de la soledad y el cinismo narcótico para taparla. Lo que sigue después (de ellas) de Agustín Crespo alumbra esa zona oscura de la vida: la separación, tan llena de sangre y patetismo. Editado por Bärenhaus e ilustrado por el Indio Hughes, el libro empieza en caída libre: “Al dolor no le gusta parar, el descenso / no tiene descanso”. “Lo que sigue después de amar, lo que está muerto, / debería ser olvidado. Lo entiendo. / Pero qué quieren que les diga”, se lee. Esa nostalgia por el pasado rebota y pregunta sobre el futuro: ¿hay belleza en el porvenir? ¿Calma el río el dolor?

"Lo que sigue después (de ellas)" de Agustín Crespo y "Los aviones no se caen" de Eduardo Savino
"Lo que sigue después (de ellas)" de Agustín Crespo y "Los aviones no se caen" de Eduardo Savino

Y al caer al río, ¿adónde va la corriente? En Los aviones no se caen (Elemento Disruptivo, 2020), Eduardo Savino hace todo el recorrido. Es un poemario breve de algo más de cincuenta páginas que se divide en tres capítulos —“La casa paterna”, “El mundo” y “La casa propia”— donde se dibuja la parábola del adolescente que salta a la ansiada independencia y lo que encuentra no es la libertad, sino u reverso realista, la obligación de ser libre. “No tengo ganas de compartir nada / con el mundo hoy / pero eso / ya no es un derecho”, escribe y también: “¿Qué decir / que no esté lleno de marcas / como manos en la ventana de un auto / cuando hace frío?”

Si la poesía es un río incierto, ¿puede conducir a la nada? ¿Hacia dónde va la corriente? ¿En qué mar, en qué océano desemboca el río de la poesía? Eso también es un misterio. “Ya nadie le escribe poemas a la naturaleza. / No se puede hablar de lo que ya no existe”, sostiene Savino mientras se deja llevar por el río del futuro. Quizás la poesía exista para eso: para inventar lo que ya no está o lo que nunca estuvo. “Es bueno que todavía / no hayas visto / lo mejor”.


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