Maradona y un gol que solo podría pintar Miguel Angel

El gol a los ingleses en el Mundial del ’86, el “barrilete cósmico”, fue la máxima expresión de un genio que tuvo repercusión en la literatura

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Niños juegan al fútbol en el club Sportivo Pereyra de Barracas,  donde el artista local Santiago Barbeito pintó una versión futbolera de la obra de Miguel Angel "La creación de Adan", con figuras de Messi y Maradona, entre otros, en Buenos Aires, el 24 de abril de 2018.  (AFP - JUAN MABROMATA)
Niños juegan al fútbol en el club Sportivo Pereyra de Barracas, donde el artista local Santiago Barbeito pintó una versión futbolera de la obra de Miguel Angel "La creación de Adan", con figuras de Messi y Maradona, entre otros, en Buenos Aires, el 24 de abril de 2018. (AFP - JUAN MABROMATA)

Pedro Mairal hablaba de Maradona en El equilibrio (Ed. Garrincha): en el gol a los ingleses, decía, Diego transmite una suerte de espíritu tribal. Con la pelota en el pie zurdo, solo le faltaba una lanza en la mano derecha para convertirse en un cazador al ataque. Me gusta esa imagen.

Siempre me pregunté en qué medida Diego se había convertido en el mejor jugador del mundo gracias al relato de Víctor Hugo Morales —y en qué medida Víctor Hugo se había convertido en el gran relator gracias al gol de Maradona—. Diego es puro relato porque el fútbol es puro relato: Diego va a ser eternamente el genio del fútbol mundial que arranca por la derecha, lo marcan dos, pisa la pelota y deja el tercero y va a tocar para Burruchaga, siempre Maradona, ¡genio! ¡genio! ¡genio! En 1986, Fútbol de Primera ponía el gol antes de ir al corte y en cada programa le ponían un tango distinto: la jugada era una coreografía perfecta, pero se notaba que faltaba la fuerza de las palabras.

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Por eso, es tan valioso que alguien —y, en especial, un poeta— reconfigure la jugada más icónica de la historia del fútbol. Es una forma de demostrar que la obra de un artista tiene la potencia de ser interpretada una y mil veces.

Maradona, el artista

Alessandro Baricco —o Roberto Saviano, uno de los dos— alguna vez habló en la RAI de la relación que había entre el gol de Maradona y el relato de Víctor Hugo. Ese día tuvo una falla perdonable: dijo que Diego hacía las cosas a tal velocidad que Víctor Hugo no podía seguirle el ritmo y, entonces, en los últimos metros empezó a decir ta-ta-ta-ta-tá. Todos sabemos que esa era su muletilla antes de que entrara la pelota. Baricco o Saviano no tenían por qué saberlo. Pero no deja de ser una hermosa forma de entender quién es Maradona: un italiano hablando del relato de un uruguayo que cuenta el gol de un argentino a un arquero inglés.

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Recuerdo exactamente dónde estaba ese 22 de junio de 1986, cuando Diego hizo aquel gol: habíamos ido a la casa de mis abuelos y toda la familia estaba en el dormitorio mirando la tele grande —un armatoste Philco de 20 pulgadas—. Veíamos el partido con el volumen en silencio y la radio puesta en Continental al máximo. Recuerdo —o tal vez imagino— la tensión de los siete u ocho segundos de esa corrida; tal vez, incluso, haya sido menos tiempo. Recuerdo que todos empezaron a saltar, pero que yo no grité el gol. Sí había gritado el otro, el de la Mano de Dios, pero ese no lo grité. Papá me abrazó y me sonrió: “¿Qué te pasa, boludo? ¿Por qué llorás?”. Yo no sabía qué contestar, creo que le dije que me había doblado el tobillo o algo así.

Cuando después pude escuchar el relato completo de Víctor Hugo, supe que él también se había se puesto a llorar: “Gracias Dios por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas”. Hoy entiendo que los dos —y los otros miles que conforman esta historia— lloramos porque habíamos sido vivido la epifanía transformadora de una obra de arte.

Maradona, el dios

Dicen que cuando Miguel Ángel terminó el David, enloquecido, le tiró un punzón y le quebró un dedo: “¡Vive!”, le gritaba, “¡Vive!”. Sebastian Knight, el protagonista de un libro hermoso de Vladimir Nabokov, termina una novela y se tira al piso. Se queda tanto tiempo quieto que el hermano, cuando lo encuentra, cree que ha muerto. Pero el otro, sin levantarse, le explica que, después de crear un universo, también necesitaba un descanso.

Diego no tuvo tiempo de maravillarse con el gol. Terminó la obra de arte efímero más hermosa jamás lograda —algunos diremos que el caño de Román a Yepes se le acerca mucho— y, después de los abrazos, tuvo que pararse en la mitad de la cancha y seguir concentrado para ganar el partido.

De la vida tumultuosa, de la droga, la política y los escándalos no me interesa hablar. Sólo quiero recordar ese día y ese gol. Hasta entonces yo era hincha de Boca —había festejado, claro, la noche que Diego puso a gatear al Pato Fillol—, pero en ese momento Maradona me hizo amar al fútbol. Por eso, su muerte me conmueve tanto. Diego hizo ese gol y, como hace cualquier artista, me hizo. Por eso, siento este vacío y necesito tanto el abrazo de mi viejo. “¿Qué te pasa, boludo? ¿Por qué llorás?”.

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