Newsletter del día: Eternos resplandores

Todo lo que tenés que saber sobre literatura, música, artes visuales, cine, teatro e ideas en un mundo cada vez más incierto

Guillermo Vilas (Shutterstock)
Guillermo Vilas (Shutterstock)

Hola, ahí.

Era tan buena mi memoria para las cosas pequeñas, los detalles, lo accesorio, que mi amiga Matilde me había puesto un apodo. Me llamaba Antuco Telesca, como el viejo actor argentino de radio y TV, porque mi memoria era tan sorprendente que me permitía recordar los nombres de todos los actores secundarios de cualquier programa. Y, naturalmente, los nombres de quienes integraban el elenco de Rolando Rivas -Antuco Telesca representaba el papel del suegro del tachero- seguían siendo un firmamento para mí, un mantra, casi el equivalente del recitado perfecto de un equipo campeón para los futboleros (ya que estamos, también ejercité esa clase de poema con el River del 75, solo por estar cerca de mi padre, que no tenía hijos varones).Todo un Guinness, sí. La pregunta es ¿para qué?

Me sabía los teléfonos de todos, las fechas de cumpleaños y los segundos nombres de amigos y familiares; podía repetir al toque direcciones y horarios; era siempre la referente para las mentes más frágiles. Fui una pionera: funcionaba de Google para los que estaban cerca y tenía en mi cabeza una suerte de computadora con varias ventanas de Windows abiertas al mismo tiempo. Sí, ya sé, ¿y para qué?

Lo cierto es que a medida que pasa el tiempo, esa memoria Funes para lo inaudito se fue perdiendo y, junto con esa destreza, ya siento que también comienza a aflojar de manera lenta pero infatigablemente la memoria de lo necesario. Mi cabeza sigue aceitada; tengo tanto para compartir, para contar, para escribir. Y sin embargo, seguramente igual que vos, más de una vez me encuentro en el medio de algún ambiente de la casa pensando qué cuernos vine a buscar o preparando un correo con absoluta decisión, pero sin recordar ni a quién se lo tenía que mandar ni qué era lo que tenía para decirle. Ni te cuento las veces que voy a la biblioteca a buscar un libro y, por supuesto, vuelvo con otro porque no recuerdo cuál fui a buscar pero, a cambio, me dieron ganas de releer algo que alguna vez fue importante para mí.

"Círculo de lectores", de Eduardo Berti (Páginas de espuma)
"Círculo de lectores", de Eduardo Berti (Páginas de espuma)

A propósito de esto, el otro día en una entrevista con Eduardo Berti para mi programa de radio, hablábamos de un concepto hermoso que se puede leer en su nuevo libro Círculo de lectores (una alucinante Babel de modelos de lectores, escritores, escrituras y lecturas publicada por Páginas de Espuma). Se trata de la idea de los “libros desafinados” que todos tenemos en nuestras bibliotecas. “Hay libros que están desafinados, hay algunas cuerdas que hace mucho que no toco y hay libros que no me atrevo a abrir porque temo que se hayan desafinado o porque temo que yo me haya desafinado y prefiero quedarme con el recuerdo”, me decía. Y agregaba que a veces prefiere directamente no volver a leerlos para no desilusionarse y, a cambio, quedarse para siempre con aquella primera impresión.

Y entonces me puse a pensar en la cantidad de libros que consideraba entre mis favoritos y que al intentar una relectura encontré agotados, yermos, diría. Libros que alguna vez fueron clave para mí y me dieron letra viva y ya no tenían ya nada para decirme. Debo reconocer que también me pasó al revés, hablo de las veces que reintenté lecturas que alguna vez se habían visto frustradas por el desinterés y que en esa segunda vuelta me sorprendieron por su impacto.

Nunca supe bien dónde radica esa magia que nos permite sumergirnos y enamorarnos de algo que escribió otro, cuál es el camino hacia ese encuentro revelador que nunca se parecerá a otro. Releía en estos días Las tres fechas, el entretenido y original ensayo crítico en el que César Aira postula un método de lectura que consiste en algo así como cruzar la fecha de escritura del texto con la de su publicación y la del tiempo en que transcurre el relato.

En este texto de 2001, que ahora la editorial Beatriz Viterbo acaba de reeditar en un volumen que reúne a otros tres grandes ensayos de Aira (Copi, Alejandra Pizarnik y Edward Lear), Aira trabaja sobre la vida y obra de tres autores conocidos aunque no célebres: Denton Welch, Paul Leautaud y J. R. Ackerley, porque “para ser representativo de una época es preciso ser menor”, aclara.

"Cuatro ensayos", de César Aira (Beatriz Viterbo)
"Cuatro ensayos", de César Aira (Beatriz Viterbo)

Así despliega su propuesta:

“Cada uno de los cuentos o novelas de Denton Welch hace pensar en tres fechas: la de escritura, la de publicación, y la de los sucesos que cuenta. Las tres fechas son distintas, y la combinación es distinta para cada libro. Cada fecha en uno de esos triángulos evoca un aspecto distinto de la vida del autor, y el lector necesariamente debe reaccionar de modo diferente a cada una de ellas, dentro de la unidad del libro.Y a su vez la ecuación inestable de las tres resuena en las ecuaciones de los otros triángulos y modifica la reacción individual a ellos”.

Pensaba -mientras leía a Aira- que el 2020 que nos abruma aceleró el estrés y el agotamiento y todos estamos más viejos o al menos sentimos que este año fue múltiple. Hay una especie de desmoronamiento físico y emocional que nos hermana en todas partes del mundo y, me atrevo a decir, que es algo que nos ocurre a varias generaciones. Entonces, ¿cuánto vale este año, esta fecha, para la propuesta de Aira? ¿Cómo contabilizamos el 2020 para los libros escritos o publicados este año? ¿Cuánto para aquellos que toman el 2020 como referencia de su relato?

"Vilas: Serás lo que debas ser o no serás nada" | Tráiler oficial


Como si no fuera suficiente con el crack up provocado por la pandemia, en los últimos días vi dos documentales que tratan el tema de la memoria que huye progresivamente mientras la falta de lucidez transforma a las personas, dejándolas por momentos inermes y dependientes, privándolas de recuerdos y también del encanto del relato. Uno es el documental sobre Vilas, en donde mientras nos lamentamos porque la ATP nunca le otorgó al campeón su merecido título de número 1 del tenis, asistimos al crepúsculo de uno de los mayores ídolos del deporte argentino. Si es Alzheimer o no, no me importa. No quiero volver a verlo llorar (es más, creo que no está bien haber hecho públicas esas imágenes), no quiero ver cómo no reconoce a alguien, no quiero verlo en dificultades. Me quedo con su imagen en cuclillas en Mónaco, pegándole todavía hoy a la pelota. Y mucho más me quedo con todas esas imágenes de diarios y revistas del príncipe marplatense que alguna vez tuve en un álbum armado en una carpeta número 5, en la que durante meses fui pegando con plasticola figurita por figurita y que mi madre, esa mujer insensible a mi amor, tiró años después a la basura, bajo el supuesto de que nada de eso me seguía interesando. Mami, ahí donde estés: era Vilas, no sé cómo no se te partió el corazón entonces.

"Dick Johnson is dead", el documental que hizo una cineasta sobre la enfermedad de su padre


El otro documental es Descansa en paz, Dick Johnson, de Kirsten Johnson, en donde una cineasta filma el declive progresivo de su padre, que sufre de problemas cognitivos y demencia senil, pero lo hace en estilo paso de comedia, con él, alguna vez un psiquiatra brillante, prestándose a actuar en situaciones inverosímiles que incluyen ensayos desopilantes de su propia muerte. Es una película diferente, con una estética muy atractiva, en la cual los recuerdos y los olvidos aparecen cruzados en la misma red vital que nos abraza a todos. Claro que en cierto momento también uno se pregunta si está bien intervenir así en el ocaso de la vida de un hombre, aunque sea su hija quien lo hace. Hay una cámara que parece encendida todo el tiempo, más allá del resultado final del filme y de la selección hecha en la edición. El documental fue premiado en Sundance y tiene momentos realmente buenos, pero su protagonista es un hombre que está dejando de saber quién es y quiénes lo rodean. ¿Está bien filmarlo y exponerlo? ¿Es un homenaje amoroso o una invasión a su privacidad?

Bailarina con Alzheimer que baila El lago de los cisnes en silla de ruedas


Como si no alcanzara con esas dos estancias en los terrenos de la desmemoria, hace dos días llegué en Twitter al video increíble en el que una mujer apagada por la edad y la enfermedad se enciende al escuchar El lago de los cisnes de Tchaikovsky y agita sus manos con gran elegancia, sentada en su silla de ruedas, mientras su rostro se transforma, sus ojos regresan a la vida y toda ella parece regresar a la gloria de un pasado. Las imágenes de la mujer acompañando la música se cruzan con otras imágenes de una bailarina en escena y de una foto que supuestamente la muestra en su esplendor. El video lo compartió una ONG española, Música para despertar, que promueve la musicoterapia en los casos de pérdida de memoria, Alzheimer o demencia, ya que el poder de la música suscita reacciones únicas e incomparables.

El video me resultó muy conmovedor, pero no pude evitar ponerme a investigar un poco. La ONG sostiene que fue filmado en 2019, que la protagonista se llamaba Martha C. González, que durante la década del 60 la mujer fue bailarina principal del “New York Ballet” y que falleció durante los primeros meses de la pandemia. El video circuló a una velocidad alucinante, fue replicado por anónimos y famosos en todas las redes sociales y los medios de todo el mundo se hicieron eco. No hay modo de permanecer impasible ante esas imágenes aunque hay personas que cuestionan que se haya filmado a esta mujer sin su consentimiento.

Todos, eso sí, hablan de la mujer a quien la música devuelve a los mejores momentos de su vida, y es posible que así sea.

Este es el diploma que se encontró, en el que puede verse el sello cubano.
Este es el diploma que se encontró, en el que puede verse el sello cubano.

Alastair Macaulay, un reconocido crítico de danza que trabajó en The New York Times, se puso a investigar la historia de González y está publicando sus hallazgos en Instagram. El tema es que no existe ni existió ninguna compañía llamada New York Ballet y en el prestigioso New York City Ballet no figura ninguna Martha C. González que haya pasado por la compañía. Sin embargo, en las últimas horas Macaulay publicó que había localizado un misterioso documento fechado en 1966, con lo que parece ser un sello del gobierno cubano, de una organización cuya existencia no se ha podido comprobar, llamada “Escuela Superior de Estudios Profesionales, Nueva York”.

Figura el nombre de un director: Nicolay Yavorsky. Y abajo de todo, a la izquierda, dice: Ballet de Las Américas. En esa especie de diploma se señala que “Marta C. González Saldaña, de 19 años, ha dado pruebas de que tiene las condiciones necesarias para ser considerada una virtuosa en la danza clásica, por lo que podría darse el título de primera bailarina” en el Ballet de las Américas, pero el tema es que no existe tal compañía en Nueva York ni en ningún otro lugar de Estados Unidos.

Además, las imágenes de la bailarina que se intercalan en el video hacen pensar que quien está en el escenario es González, actuando en la cima de su carrera. Pero no es ella y, aparentemente, la actuación de archivo tampoco es de El lago de los cisnes. Macaulay asegura que los clips son de una ex primera bailarina del Ballet Mariinsky de Rusia, Uliana Lopatkina, que interpreta no el ballet de Tchaikovsky, sino la pieza La muerte del cisne, coreografiada por Michel Fokine a partir de la música del compositor francés Camille Saint-Saëns de su pieza más larga El Carnaval de los animales.

¿Qué es cierto en esta historia, cuánto hay de montaje? El conmovedor video seguramente hizo más por la divulgación del Alzheimer que montones de artículos y campañas, qué ironía, ¿no?

Esta historia y su dilema me recordaron a El impostor, el libro de Javier Cercas que cuenta la historia de Enric Marco, un viejo sindicalista barcelonés que resistió al franquismo y que aseguraba haber sobrevivido al campo de concentración nazi de Flossenburg mientras daba conferencias en todo el mundo en nombre de las víctimas españolas. En 2005, se descubrió que el hombre era un impostor y todo su prestigio se desmoronó.

¿Era Marco un cínico que especulaba con el drama ajeno? Él decía que no, que de ninguna manera. Y su argumento te deja pensando. “Yo no me burlé de nadie; al revés: yo di a conocer esa infamia”, decía. Marco insistía con que él no era más mentiroso que otros y ni siquiera más que el propio Cercas, con sus novelas. Y decía algo más: que él y su relato habían sido piezas clave para la construcción de la memoria histórica de España, más allá de las mentiras.

No es cinismo decir que el impostor seguramente tenía razón.

Hasta la próxima.


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