
La caída de los titanes del holandés Cornelis van Haarlem (1562- 1638) desapareció de la escena del arte por casi cuatro siglos, prácticamente desde que el rey danés Christian IV la compró 1621. Reapareció en 1988, en el 400 aniversario de su comprador.
Pero que la obra, que hoy es una de las más destacadas de Galería Nacional de Dinamarca, haya permanecido almacenada por tanto tiempo está relacionada con la época en que se realizó, más que por su factura o incluso con el aniversario que como excusa sirve para presentarla en sociedad. La pieza corresponde al periodo manierista o bajo renacimiento, una época que fue infravalorado por la crítica, ya que lo consideraban un desprendimiento menor, una mala copia del alto Renacimiento (Leonardo, Rafael, Miguel Ángel, etc).
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Pero una de las características de la historiografía del arte es que cambia, nada permanece estoico, y artistas que fueron desechados -u olvidados- pueden resurgir, por diferentes razones. Eso sucedió con el manierismo, que regresa con fuerza con el revisionismo a finales del siglo pasado, y así esos lienzos que permanecían arrumbados volvieron a la luz.
Van Haarlem tuvo dos etapas. En la primera se centró en los retratos y los temas bíblicos y mitológicos, como es en el caso de esta obra, en lo que captura la esencia renacentista del escorzo, con figuras encorvadas, con movimiento de estudio anatómico y perspectiva, mientras en la segunda se asienta más en las cuestiones naturalistas.
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La caída de los titanes relata la batalla entre las deidades de la edad de oro griega contra sus creadores, los dioses olímpicos, conocida también como titanomaquia. Tras la victoria de Zeus y todos los dioses del olimpo, se los arrojó al inframundo del Tártaro, por lo que se los considera responsables de los terremotos y las erupciones volcánicas. El único que no pudo salvarse fue Atlas, que fue condenado a llevar la bóveda del cielo sobre sus hombros durante toda la eternidad.
La investigadora y curadora del mueso danés Eva de la Fuente Pedersen destacó que la “pintura era de vanguardia en su época”: “La mera habilidad para pintar figuras en poses tan difíciles, y cuerpos humanos en caída libre, habría sido muy impresionante. Están cayendo al infierno y vemos la luz del sol brillando en el abismo. El artista ha utilizado un modo de expresión casi de ciencia ficción. Parecen caer directamente hacia nosotros, y su uso de los colores y el espacio nos succiona a un espacio infinitamente profundo".
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Hay dos detalles que no pasan desapercibidos. El uso de los insectos en la composición, sobre todos los tres que se encuentran en las figuras principales, podría remitir a la estética neoclásica, por lo que simbolizarían el alma que asciende a los cielos, aunque para De la Fuente Pedersen eran los “tipos de criaturas que la gente imaginaba viviendo en el infierno”. Los insectos estaban asociados con el fuego en ese momento: la gente pensaba que nacían del fuego porque se sienten atraídos por la luz, que se convierte en llamas ".
La obra, de gran tamaño, parece estar centrada en una celebración del cuerpo masculino y quizá eso explique la ausencia de mujeres, titánides, aunque se desconocen las razones reales de la decisión del artista, que sí realizó muchas obras con mujeres, con o sin ropa.
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