
I
En los suburbios de Manchester, a once kilómetros, está Stockport, una zona industrial con 150 mil habitantes. Es un lugar muy típico de Inglaterra donde choca la tradición histórica con la modernidad. Muchos pintores han llevado ese paisaje al lienzo, pero nadie lo hizo como L. S. Lowry (1887-1976) en El estanque, obra de 1950 que está en la Tate Britain de Londres.
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Es “un trabajo muy Lowry”, aseguran los expertos: casas adosadas, chimeneas humeantes y esas pequeñas personas que se volvieron su marca registrada: le llamaban “Matchstick Men”. El uso de los colores, la sencillez de las formas y la preciosa composición hicieron de este cuadro una obra muy valorada por los ingleses que evoca una época y lleva al espectador a viajar allí.
En una entrevista, el pintor contó que jamás tuvo un plan, sino todo lo contrario: “No tenía la menor idea de lo que iba a poner en el lienzo cuando comencé a pintar, pero finalmente salió como lo ves. Esta es la forma en que más me gusta trabajar”. Como si la pintura se hubiese hecho sola y el papel de Lowry se redujera a prestar sus manos, sus destrezas, su talento.
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II
Laurence Stephen Lowry nació en el año 1887, en Stretford, Lancashire. Su madre esperaba a una niña y, al verlo, sintió una gran decepción. Ese detalle marca el tipo de infancia que tuvo: solitaria. Cuando se mudó a Pendlebury empezó a mirar el paisaje urbano con otros ojos. “Al principio lo detesté, y luego, después de años, me interesé bastante por el paisaje, luego me obsesioné con él”, contó.
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Fue un rapto de curiosidad y de inspiración; una obsesión, como bien dice. Las postales urbanas son la gran marca de su obra. Comenzó pintando en las horas que le quedaban libres después del trabajo, pero luego esa vocación se convirtió poco a poco en algo más que un pasatiempo. Sin embargo, siempre mantuvo ese equilibro y el arte nunca ocupó un lugar central.
Lowry era un hombre sencillo. Trabajó como cobrador de alquileres y como oficinista hasta que se jubiló en 1952. Le gustaba ir a la cancha a ver los partidos del Manchester. Tenía pocos amigos pero muy cercanos. No le interesaba la vida pública. Incluso cuando se encerraba a pintar no se sentía protagonista de su arte, por el contrario: la propia obra lo era.
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III
Para los ingleses, Lowry es mucho más que un pintor. Es el ejecutor de una época nostálgica. En 2007, cinco cuadros que estaban en la Galería de Arte Grove Fine en Cheadle Hulme en Stockport fueron robados. Dos de ellos valían mucho: El viaducto estaba valuado en £ 700 mil y El petrolero entrando en Tyne en £ 500 mil. Finalmente fueron hallados en una casa en Halewood, cerca de Liverpool.
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El arte tiene esas locuras. No es sólo dinero, también está la admiración fanática que lleva a personas a robar cuadros. La estética de Lowry, a quien algunos han calificado peyorativamente como “pintor de domingo”, despierta este tipo de cosas. Es curioso, porque él siempre intentó correrse del lugar del ídolo. No le interesaba en absoluto idealizar el arte.
En ese sentido, tiene su coherencia. Se negó dos veces a recibir la Orden del Imperio Británico. Ya tenía el reconocimiento de sus pares, también de las grandes instituciones del arte y del público inglés. Sabía que con eso bastaba. “Yo no soy un artista, soy un hombre que pinta”, solía decir.
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