
Escribir es siempre una puesta en abismo, aunque no por eso implica abismarse. Aunque a veces, unas pocas veces, los disparadores de nuestros textos vengan de situaciones límite. Por eso, tal vez la mejor manera de narrar el origen de La mujer poco probable sea confesarles, ante todo, que hubo dos veces en las que no morí: la primera fue a bordo de un avión, la segunda de un barco.
En el avión tenía 16 años y viajaba con mi abuela a Cuba. El vuelo empezó a experimentar turbulencias y la gente estaba tan convencida de que íbamos a caer que se armó una especie de fiesta de fin del mundo. El avión se dividió en tres partes. Los de adelante compartieron somníferos y se fueron a dormir. En la parte del medio, alguna gente se puso cariñosa (agreguen acá lo que quieran imaginar). Y, por último, los que ocupaban la sección trasera descorcharon champagne, whisky, vino, cerveza, vodka, gin; prendieron atados enteros de cigarrillos y armaron una especie de boliche aéreo. Muchos se conocían, el vuelo era un chárter que había salido de Mendoza y estaba lleno de sanjuaninos y mendocinos que viajaban en grupo. Incluso tengo imágenes de un trencito de la alegría. Aunque claro está, no era alegría lo que había en el aire. Creo que cada uno, a su manera, estaba lidiando con la idea de un final.
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Cada vez que recuerdo ese viaje veo una y otra vez las caras desencajadas, el miedo, pero también un conjunto de rituales personales que convertían a la masa en individuos. No quiero decir que yo tenía la distancia necesaria para observar lo que le pasaba a cada uno, estaba ocupada lidiando con mi propio miedo, pero juro que podía escuchar el murmullo interior de los que estaban despiertos y los que estaban dormidos. Todos contaban una historia. Todo SE contaban una historia. Mientras tanto, yo seguía sintiendo pánico, pero no me sentía interpelada por los recuerdos, no sentía la presión de los pensamientos, simplemente estaba ahí.

En el barco tenía cerca de 30. No me sorprende no acordarme la edad exacta. A partir de algún momento las fechas y los números se pusieron un poco más borrosos. Me acuerdo de la gente que se arrastraba por el piso, el free shop colapsado, el olor a perfume que daba náuseas. No sólo estaba asustada, también estaba enojadísima. Esa vez sí sentí una escisión entre la Tatiana que estaba en el barco, la que se zambulló en los episodios del pasado y la que estaba segura de que se iba a hundir. Los recuerdos se me amontonaban y me pedían organización, evaluación, una nueva articulación. Por otro lado, estaba segura de que no tenía que estar ahí. Todo lo que me había llevado a ese barco había sido puro azar: viajaba sola, de noche y en una fecha que no había elegido. Además, estaba enamorada.
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A partir del incidente del barco pasó algo muy curioso, empecé a tener miedo a volar. Aprensión que recién se me pasó cuando me convertí en madre y compartí el primer vuelo con mi hija. Pasaron los años, las novelas, los viajes y una imagen empezó a acompañarme, una imagen que estaba siempre ahí, presente, esperando su turno. Es que no creo en tomar nota. Creo que si algo va a convertirse en novela es porque insiste, resiste, se convierte en obsesión. La imagen era sencilla: un matrimonio en un avión comercial, el hombre sentado adelante y la mujer atrás, el avión empezaba a sufrir algunos inconvenientes y, ante la inminencia, cada uno pensaba en lo que fue y lo que podría haber sido. Esa es hoy la primera escena de La mujer poco probable, y digo escena y no capítulo porque en este caso primero vino la imagen y después el verbo.
Pero, esa pareja no estaba sola, en tierra una amiga en común compartía la catástrofe. A esa amiga se le iban sumando personajes que podrían ser secundarios, pero nunca lo fueron. Digamos que no lo son. Porque ésta también es una novela sobre la construcción de vínculos familiares, las herencias genéticas y el destino, ese que a veces nos orilla a la tragedia y otras al amor.
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