La belleza del día: “La niña sentada”, de Augusto Schiavoni

En tiempos de incertidumbre y angustia, nada mejor que poder disfrutar de imágenes hermosas

"La niña sentada" (1929) de Augusto Schiavoni
"La niña sentada" (1929) de Augusto Schiavoni

Las obras de Augusto Schiavoni mantienen una línea, un estilo muy propio que, luego de ver una, ya las demás son fácilmente reconocibles. Primero: los colores bien apagados. Luego, las formas simples, pero no por ello sencillas. Además, en los retratos: las posturas de los personajes son similares. Según la historiadora del arte Sabina Florio, los retratados de Schavoni tienen “las bocas herméticamente cerradas, los hombros dislocados, los cuerpos aplanados y, en general, amputados por los bordes del cuadro”.

El cuadro que hoy nos compete, La niña sentda, de 1929, presenta todas estas características. Está en el Museo de Bellas Artes de Buenos Aires; fue donado en 1977 por María Laura Schiavoni. Es un óleo que mide un metro de alto y un metro de ancho. No necesita más. Allí cabe toda la potencia de su creación. La niña, sentada con las piernas cruzadas, mira al espectador con una intensidad abrumadora.

“Estoy convencida de que es mi retrato: la chica de la silla con la mirada fija, el sombrero dominical, el vestido lila desvaído, el abrigo dos talles más grandes”, escribió María Gainza en El nervio óptico refiriéndose a esta obra.

Shiavino nació en Rosario, el 18 de julio de 1893. Estudió en la Academia Domenico Morelli, luego en la Academia de Fomento de Bellas Artes de Ferruccio Pagni, y finalmente, como solía ocurrir en aquella época con los artistas talentosos, se fue a Europa a completar su formación. Estuvo entre 1914 y 1917 en varios países absorviendo todo lo que en su tierra no encontraba.

Al volver, prefirió el silencio. Su personalidad era más bien retraída. No le interesaban demasiado las reuniones numerosas. Se instaló en su casa del barrio Saladillo, zona sur de Rosario, y se volvió un ermitaño. Sólo sus amigos y algún que otro colega iban a visitarlo. En la soledad de su estudio, pintaba y pintaba. Afuera, pocos entendían la belleza de su arte.

La muerte de su madre en 1931 lo volvió más solitario aún. No tenía otra cosa que el lienzo y el pincel. Los retratos de Schiavino parecen simples porque sus personajes no disponen de otra cosa más que una mirada potente. Están allí, inmóviles, contenidos, casi como escondiendo algo. Basta con mirar a los ojos a La niña de la boina blanca o El chico de la bufanda para comprabarlo.

Basta con mirar a esta inquietante chica de sombrero, sentada, con las pierdas cruzadas. En su mirada hay algo de desinterés por el mundo, también una tranquilidad extraña, incluso algo de locura contenida. Es como un enigma. Forma parte de su etapa de madurez. Quizás sea la más hermosa, entiendo por esta palabra algo más que simple belleza.

Schavino murió el 22 de mayo de 1942. Al año siguiente, sus amigos montaron una exposición con sus obras. Con el tiempo, la historia lo puso en su lugar, entre los grandes artistas que vivieron la bisagra entre el siglo XIX y el XX.


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