
Las obras del pintor belga James Ensor (1860-1949) fueron duras para su tiempo y como la de todo adelantado suscitaron críticas y reacciones desfavorables, aunque en su caso, el tiempo le dio la razón y el reconocimiento, por lo menos en su tierra. Eso sucedió con La entrada de Cristo a Bruselas en 1889, un cuadro de gran formato realizado en 1888 y que se considera, como a su autor, una influencia vital para el expresionismo alemán y el surrealismo.
Ensor, que apenas realizó cuatro viajes -cortos- fuera de su país, se convirtió con el tiempo en un modelo de inspiración, sobre todo cuando abandonó su primera etapa de corte impresionista y simbolista.
Sin embargo, ese cambio no le produjo una aceptación inmediata. En sus obras conviven la ironía con la agresividad y abundan personajes perturbadores, como calaveras, junto a otros de espíritu carnavalesco y fantástico. A través de su obra, Ensor planteó una visión crítica de la vida, a través de la composición de personajes que utilizaban máscaras, siendo las más destacadas La Intriga (1890) y El asombro de la Mask Wouse (1889).
La entrada de Cristo a Bruselas en 1889, por su parte, es considerada su máxima obra y piedra basal en el expresionismo, donde el arte comenzó a plasmar los cambios sociales y políticos que atravesaba el mundo durante la transición del siglo XIX al XX.
La obra, como tantas otras, fue rechazada por el grupo Los XX, una sociedad de 20 pintores belgas, dibujantes y escultores a la que pertenecía, que todos los años celebraba una exposición. Así, la pieza estuvo en su estudio hasta 1929, cuando fue expuesta por primera vez. Luego, se exhibió en el Museo Real de Bellas Artes de Amberes de 1947 a 1983, en el Kunsthaus de Zúrich desde 1983 hasta 1987 y formó parte de una una retrospectiva en 1976 en el Instituto de Arte de Chicago y en el Museo Solomon R. Guggenheim.
La pieza, que hoy pertenece al Museo Getty de Los Angeles, fue elegida por Stefan Jonsson -autor, científico literario y crítico sueco- como una de las tres más importantes de la historia para explicar la democracia y el socialismo durante un período de dos siglos, y cómo se perciben las masas.
En la obra, Ensor coloca a la religión, la política y el arte en el medio de un desfile y la estética es una respuesta al puntillismo francés, que gozaba de buena popularidad, por lo que utilizó los filos de su paleta, espátulas y ambos extremos de su pincel para darle libertad de forma y color.
La masa es representada de manera violenta, un mar humano que parece estar a punto del colapso, a un tropezón de la tragedia. Máscaras, payasos y caricaturas deshumanizadas, de rasgos crudos, comparten el caos.
El Cristo, que se encuentra en el medio de la turba, es en parte un autorretrato: ignorado por la mayoría, parece flotar en medio de los deseos ajenos que en realidad les interesa poco y nada su figura. Allí también, se encuentran figuras públicas, históricas y alegóricas, junto con la familia y amigos del artista.
Entre los personajes fácilmente reconocibles están el reformador social ateo Emile Littré, que viste un atuendo de obispo y sostiene el bastón con el que lidera a la multitud, como también a varios miembros de la corte del rey belga Leopoldo II, para mostrar su descontento con el status quo de su país.
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