
A los 48 años John Constable estaba económicamente quebrado. Sus pinturas no se vendían y su familia solo atravesaba penurias: una esposa con tuberculosis y un hijo moribundo.
La vida de los Constable era miserable. Por eso, cuando el merchante John Arrowsmith se acercó a su puerta y le pidió ver sus trabajos sintió alivio. En total se llevó 4 pinturas, entre ellas La carreta de heno, una pieza de la que el artista no deseaba desprenderse. Pera la necesidad tiene cara de hereje.
Había pintado La carreta de heno tres años atrás y lo consideraba su mejor trabajo. Confiado lo presentó en la Royal Academy en 1821, con el título de Landscape: Noon (Paisaje: Mediodía), pero no consiguió comprador. Sin embargo, sí obtuvo un admirador, Théodore Géricault, el gran pintor romántico francés.
De regreso en su círculo parisino, Géricault no paraba de hablar de Constable y sus palabras llegaron a Arrowsmith, quien se dirigió a las islas para confirmar en persona que el autor de la notable La balsa de la medusa no exageraba.
Las pinturas de Constable fueron muy bien recibidas en el salón parisino y La carreta de heno, distinguida con una medalla de oro que le dio el rey Carlos X de Francia, y un molde de escayola del mismo se incorporó al marco del cuadro.
Constable es considerado hoy uno de los pioneros en el paisajismo inglés y La carreta de heno una de las mejores pinturas británicas. Lo que lo diferenció de todos los paisajistas anteriores fue su capacidad para el detalle, su poder de observación y fidelidad.
En La carreta de heno se muestra al molino de Flatford sobre el río Stour en Suffolk, donde Constable pasó su infancia. El molino pertenecía a su padre y la casa de la izquierda a un vecino. Ambas edificaciones sobrevivieron el paso del tiempo, no así los árboles y el riacho, que creció con los años. En el centro de la escena dos figuras intentan vadear el río con un carro que parece atascado, mientras un perro los observa desde la orilla.
El paisaje en esta obra, como en el resto, transmite una armonía alejada de las idealizaciones, una sencillez que revela la honestidad del artista por representar de manera fiel la que sus ojos veían. El cielo, por ejemplo, es típicamente inglés, con sus nubes jugueteando entre lluvia y el sol.
Con Constable los paisajes dejaron de ser artificiosos, impersonales, abandonaron el segundo plano, lo decorativo, y se convirtieron en parte integral de la escena. En sus obras, por ejemplo, se pueden distinguir la notable variedad de árboles por sus hojas o incluso lo que se sembraba en la temporada que fueron realizados. Así de precisos eran.
Para Constable la naturaleza era arte, una idea que entonces generaba mucho rechazo. Cuenta una anécdota que un colega le criticaba el pintar hoja por hoja en un árbol en un lienzo, entonces fueron hasta un roble y le demostró que las hojas crecían por separado, que no era parte de un todo, sino que poseían su individualidad en ese todo. Por supuesto, su exposición despertó carcajadas.
Cuando le llegó el reconocimiento en 1824, Constable casi no tuvo con quién festejar. Sus padres, su esposa y su abuelo, que lo despreciaba, habían muerto.
Su trabaja deslumbró a Géricault y a su alumno Delacroix, cambió para siempre la mirada sobre la naturaleza e inspiró a la escuela planeirista de Barbizon y hoy puede apreciarse en la National Gallery de Londres, Reino Unido.
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