
Georges Pierre Seurat es uno de esos genios de la pintura que en su tiempo fueron ninguneados y que, largos años tras su muerte, el revisionismo puso en su lugar. Eso sí, en vida tuvo el doble de éxito que Vincent van Gogh: vendió dos cuadros.
No es que entonces fuera un desconocido para el mundo del arte o que haya desarrollado su estilo lejos del centro, que era París, sino que simplemente eso que hoy se conoce como puntillismo era ridiculizado.
El tema no es del todo original, ya Renoir, Degas y Toulouse-Lautrec habían indagado en la temática circense, pero nadie lo hizo como este nacido en París en diciembre de 1859.
Estudió en el Bellas Artes parisino e incluso a los 23 llegó al Salón de París, lo que era todo un honor para un artista de esa edad. Sin embargo, su mirada pictórica no era aceptada en la época.
El puntillismo, técnica que consiste en hacer una obra mediante el uso de diminutos puntos, era toda una revolución y a diferencia de lo que marcaba la tradición no se realizaban pinceladas sobre la tela, ni se mezclaban colores sobre una paleta. ¡Herejía!
Cuando presentó su obra más famosa, hoy considerada esencial en la historia del arte, como Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte, ésta fue sensación en el última exposición de los impresionistas en 1886. Parecía que el viento comenzaba a soplar en su favor, pero cuando la llevó a la exposición de los radicales independientes se convirtió en el hazmerreír del mundillo de arte, en el centro de los comentarios jocosos de los cafés y reuniones.

Los críticos decían que las obras de Seurat tenían “demasiada ciencia y muy poco arte”, los realistas lo denostaban por “antinatural” y los impresionistas se sentían ofendidos porque consideraban que los parodiaba.
Así, para 1891, Seurat trabaja en su obra más ambiciosa El circo, un óleo sobre lienzo (180 cm x 148 cm) de una vitalidad notable y sin dudas la más ambiciosa de todo su legado.
Aún inacabada, llegó a presentarla en la séptima muestra de los indépendants con mucha expectativa. Dice la historia que Puvis de Chavannes, uno de los pocos veteranos que los radicales aceptaban y que Seurat estimaba, se acercó hasta la pintura, la miró y con un gesto de desprecio se alejó rápidamente.
Aquel rechazo inesperado fue un golpe de efecto a la moral del hoy considerado padre del neoimpresionismo y debilitó su ya pobre estado de salud. Dos meses después moría de difteria, en el olvido. Sus obras se dividieron entre su madre, una amante -hasta entonces secreta- y los pocos amigos que se acercaron a dar el pésame.
El circo fue adquirido por su gran alumno, Paul Signac, que al tiempo la revendió al coleccionista estadounidense John Quinn, con la promesa de dejarlo al Museo del Louvre. Esto tampoco pasó, el cuadro se aprecia hoy en el Museo de Orsay.
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