
De repente, bajo las nubes grises y el viento leve en Buenos Aires, una ráfaga setentista mostró al presidente electo Alberto Fernández como centro del espectro de la influencia de los dibujitos animados sobre las conciencias. O así lo señaló en la conferencia que brindó junto con el ex presidente uruguayo José “Pepe” Mujica en la UNTREF, en la que el presidente electo recordó: “Cuando me recibí de abogado escribí un artículo que hablaba sobre los dibujos animados como mecanismos de control social”. Fernández dijo que no publicó ese texto y que tal vez podría volver a trabajarlo. Y explicó el rango de esa influencia que crea ‘valores’: “Los mecanismos de control social pueden ser, como ejemplo, la familia, la escuela y los medios de comunicación”. Luego se adentró en su teoría: “Todos los dibujos animados de la Warner, como Bugs Bunny, el Pato Lucas, Elmer, el Gallo Claudio, son ejemplos de una disputa entre un tonto y un vivo, donde siempre gana el vivo. ¿Vieron alguna vez un estafador más grande que Bugs Bunny? Y fue modelo de muchos chicos y generaciones, un modelo de gran promoción del individualismo”. La posición de Fernández desató un vendaval de tuits a favor y en contra que se potenciaron a cada momento de su disertación. Bugs Bunny se convirtió en la principal tendencia de la red social Twitter, que estalló. Sin embargo, hace casi medio medio siglo, en 1972, Ariel Dorfman y Armand Mattelart publicaron en Chile el libro Para leer al Pato Donald, un estudio a la vez que un manifiesto sobre los procedimientos del imperialismo. El texto se convirtió en un clásico de las escuelas de comunicación. Sin embargo, ¿conserva su vigencia? Infobae Cultura conversó con varios especialistas de distintas ramas para confrontar sus especializaciones con el discurso de Alberto Fernández.
“No le asigno mucha importancia a lo que dijo Alberto –dice Martín Becerra, experto en comunicación y docente en la Universidad de Quilmes y en la UBA. Creo que el presidente electo actuó como si yo opinara sobre cirugías del corazón o algo así. Retorna a nuestros tiempos una relectura de la comunicación masiva y popular, poniendo ejemplos de su época. Sin embargo, y si fuese así, esos mismos ejemplos que Alberto dio indican que las generaciones que vieron a Bugs Bunny u otra elaboración comunicacional de ese formato votaron por él y Cristina o por el mismo Mujica. Y no cierra. El libro de Dorfman, que es un clásico, se realizó al calor de la lucha por defender al gobierno de Salvador Allende, dicho en las palabras de Mattelart. Además, no fue escrito para la academia, sino como insumo para el sindicato de obreros gráficos de Chile, que imprimían esos comics”. Becerra aclara que para él todo tiene cierta gracia y no animosidad contra el futuro presidente.
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Beatriz Busaniche, licenciada en comunicación y miembro de Vía Libre, que estudia e interviene sobre los alcances y restricciones de la comunicación en la sociedad, dice: “Todos los que estudiamos comunicación hemos pasado por Dorfman y Mattelart, yo no acuerdo pero me parece una discusión válida. No estoy segura de la precisión teórica que usó Fernández, pero puso sobre la mesa la problemática acerca de cómo se construye ideología desde los medios de comunicación o, si querés plantearlo más finamente, desde el aparato hegemónico de los medios. No hay duda de que hay trasvasamiento de valores en los dibujos animados, en las tiras juveniles o de familia, que muestran modelos. Cómo muestran como modelo ciertos perfiles las publicidades. Por eso me parece bárbara la discusión. Creo que hay que ponerle el cuerpo al debate”.
“Fusilame a mí pero no te metas con Bugs Bunny –dice Leonardo D’Espósito, crítico de cine y curador de la cinemateca del Museo de Bellas Artes, cuyo último libro es Steven Spielberg, una vida en el cine–. La mayor intervención del Estado de los Estados Unidos se realizó entre 1942 y 1945, pero no era nada secreto, sino que se explicitaba en los créditos. ¿Walt Disney? En 1941, un día después de Pearl Harbour él llega a los estudios y se encuentra con que estaba tomado por los militares, porque era un símbolo de los Estados Unidos. Disney, en ese momento, invirtió en cortos de propaganda. Luego, la Warner no estaba regida por esos términos, salvo que también lo explicitara. Porque, además, contrataba a animadores independientes que trabajaban en carácter de agencias de publicidad, pero todo tenía el sello explícito del Departamento de Estado. El mismo Dorfman revirtió posiciones sobre su libro, ya que consideraba que era de barricada contra lo que significaban los Estados Unidos. Es obvio que las empresas como las de Disney son tomadas como grandes motores de ideología, en tanto son consumidas por grupos familiares enteros desde la infancia. Lo que yo creo es que ha ido disminuyendo el poder de la autoridad sobre las conciencias. De otro modo, las cosas serían muy distintas cuando se impulsan desde el Estado”.
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Eduardo Grüner es uno de los intelectuales de mayor entidad en la nación y experto en Estética. Esto dijo a Infobae Cultura: “Me parece que Alberto es un tributario demasiado lineal, mecánico. Se podrían señalar una cantidad de contradicciones internas en esos dibujos animados más allá de un discurso explícito. Una cosa que se le pasó a Dorfman, por ejemplo, era que Tío Rico o Tío Patilludo era tan millonario como antipático, tan desagradable que producía efectos más allá de los que se infieren como planteados por la industria de Disney. Para hacer propaganda hay que ser muy riguroso. Walter Benjamin señalaba esta confrontación entre la estetización de la política y la politización de la estética y señalaba que no se trataba de contenidos explícitos. Habría que analizar cada dibujo en sí mismo, pero no hay que apresurarse con el recetario de conceptos universales. Hay que recordar que cambiar el monumento de Sarmiento por uno del Chacho Peñaloza no te saca de la lógica del monumento. Si se usa el mismo lenguaje con diferentes contenidos termina ganando el lenguaje”.

Más allá de la explosión de los 280 caracteres de Twitter, las declaraciones de Alberto Fernández lograron que los especialistas e intelectuales volvieran a preocuparse sobre el asunto de los aparatos ideológicos del Estado, como los llamaba Louis Althusser. Desde allá lejos donde estén, Bugs Bunny, el Pato Donald y Walt Disney se ríen del lío que causaron un viernes de noviembre en esta Argentina.
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