
Si Borges es lo que él ha escrito más lo que otros escribieron de él, Borges, entonces, es una figura que se compone de sí mismo, pero también de las lecturas que de él hicieron Bioy, Sarlo, Pauls, Molloy, Gamerro, y, cómo negarlo, Harold Bloom. El crítico norteamericano ha escrito varios artículos sobre Borges y, con la distancia que permite leerlo sin la crispación que la política y la coyuntura marca, a veces, a la crítica vernácula, ha hecho ciertas interpretaciones muy productivas sobre el autor de El Aleph.
El Aleph, de hecho, es uno de los cuentos borgianos favoritos de Bloom, junto con Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, Pierre Menard, autor del Quijote, La muerte y la brújula, El Sur y El Inmortal. Así lo dice en Cómo leer y por qué (2001), un libro bellísimo y ecuménico, a pesar de ese título procazmente autoritario. Si en El escritor argentino y la tradición, Borges hacía una declaración que ponía a la literatura argentina en pie de igualdad con la del resto del mundo —“creo que nuestra tradición es toda la cultura occidental, y creo también que tenemos derecho a esta tradición”—, en Cómo leer y por qué, Bloom convalida ese estatuto al situar la obra de Borges a la altura de Turguéniev, Chéjov, Nabokov, Calvino.
En la primera parte de ese libro, que está dedicada al cuento, Bloom define que en el siglo XX —y podríamos decir que para lo que va del XXI— hay dos paradigmas: el impresionismo de Chéjov y las fantasmagorías de Borges: “Jorge Luis Borges (…) reemplazó a Chéjov como influencia mayor en la cuentística de la segunda mitad del siglo veinte. Hoy los cuentos tienden a ser chejovianos o borgianos; sólo en raras ocasiones son ambas cosas”.

A diferencia de otros críticos tan relevantes como él, Bloom era muy joven cuando se dio el boom latinoamericano. Por eso su mirada hacia Shakespeare —una de sus grandes pasiones, si no la mayor— estuvo siempre minada por la literatura de América Latina, que, como dice en El canon occidental (1994), era “posiblemente más vital que la norteamericana”. Pero, si bien lee con interés a Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa, Vallejo, Paz, Guillén, y otros autores, cuando tiene que pensar la literatura de nuestro continente identifica a tres padres fundadores: Neruda, Carpentier y Borges. Por supuesto, los tres son mayores —precursores—que los escritores del boom.
“Al envejecer”, dice Bloom en El canon occidental, “Borges comenzó a preferir la opinión de que la literatura canónica es algo más que una continuidad, de hecho es un inmenso poema compuesto por muchas manos a través de los siglos”. Una imagen bellísima, un panteísmo literario con la que Borges construye libro a libro, escritor a escritor, un laberinto sin centro, o, en el caso de que lo tuviera, uno que no encierra al minotauro como peligro.
Si cabían dudas sobre la importancia que Bloom le da a Borges, vuelve a mencionarlo en Genios (2003). Entre Hemingway y Faulkner, entre Dante y Shakespeare, Borges regresa ahora como un escritor filosófico lector de De Quincey y Chesterton que hace el interrogante clave: ¿qué es el hombre? El genio de Borges, dice Bloom, radica en su capacidad para encontrar ejemplos en numerosos cuentos —pero en especialmente dos: Everything and nothing y La memoria de Shakespeare— para esa respuesta: “el hombre es el sujeto y el objeto de su búsqueda”.
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