Divito
Divito

Divito. Así nomás. No se necesitaban los tres nombres, José Antonio Guillermo. Todo el mundo lo conocía por el apellido y ese apellido se convirtió en una marca. Fue dibujante y editor de profesión. Pero fue, principalmente, un personaje de Buenos Aires. Y alguien que dejó su marca en el vestir, el lenguaje y las costumbres de su tiempo.

Divito nació en 1914. Desde muy chico se dedicó al dibujo y al humor gráfico. En la revista Patoruzú encontró un lugar y reconocimiento público. Sus creaciones eran un éxito. Pero de pronto la dejó. Existen dos versiones sobre su salida. La primera indica que como Dante Quinterno le negó un aumento decidió irse de la revista más exitosa del momento. La segunda, la que el tiempo prefirió privilegiar porque cimenta el mito, es que Quinterno le exigió que a las mujeres que dibujaba les hiciera polleras más largas. Ofendido, Divito salió pegando un portazo y decidido a fundar su propia revista.

Rico Tipo apareció en 1944 y fue un éxito inmediato. Llegó a vender más de 300 mil ejemplares semanales (orgullosamente exhibía el dato en la página 3 de cada edición). Un millón doscientos mil revistas por mes. Los motivos de semejante éxito son múltiples. Las chicas que aparecían en cada tapa y en una página interior a color (¡Chicas! se titulaba) fueron la marca registrada de la publicación. Las chicas Divito. Así se las conocía. Mujeres altas, llamativas, siempre arregladas y sensuales, con grandes pechos, cintura mínima y caderas marcadas. Nadie puede confundirse: una chica Divito se distingue de cualquier otra cosa. Estos dibujos venían acompañados de un chiste expresado en un texto en la base del dibujo. Un chiste que funcionara o no -todos tendrían la misma eficacia sin la ilustración, no necesitaban de ella- era una mera excusa para dibujar esas mujeres con el pelo salvaje, las pantorrillas firmes y las curvas marcadas. En ellas hay elegancia, sensualidad, sofisticación, maledicencia y una provocación algo ingenua. Pero para la época fueron una especie de revolución. Así las describió hace unos años el escritor Juan Sasturain: "Descomunales, inaccesibles –para el hombre como conquista, para las mujeres como ideal–, huecas, frívolas y eternamente dominantes, conscientes o no de su poder absoluto, las mujeres/chicas de Divito no hacen nada, sólo se muestran para ser miradas y admiradas, como las modelos de hoy".

Las chicas y toda la revista se metieron en la gente. En una sociedad pacata, que no se animaba a acercarse a los bordes, la sensualidad de estas chicas, la picaresca de sus remates y hasta esa capacidad de maldad de las protagonistas eran una osadía que los lectores buscaban y agradecían. La diferencia con Patoruzú estaba en ese nuevo tono, menos infantil, más suelto.

La revista, como casi ninguna de la época, estaba identificada con su dueño y creador. Tal vez Botana en el Diario Crítica haya logrado antes semejante identificación entre director y producto. Pero en el caso de Rico Tipo (la leyenda asume que fue el hermano de Divito en que tras una broma que éste le hiciera le dijo: "Vos sí que sos un rico tipo" y que al instante los dos se quedaron callados, se miraron y coincidieron que ese debía ser el nombre de la nueva publicación) esa identificación llegó a tal punto que durante años muchos le pedían al kiosquero: "¿Me da el Divito?".

Willy (así lo llamaban los más cercanos) Divito era todo un personaje. Nuestro Hugh Heffner. Soltero vitalicio, siempre acompañado por mujeres llamativas, por las más deseadas por los demás, seductor profesional, viajero empedernido, con trajes siempre a medida, autos de dos puertas con motores de competición, pipa y el vaso de whisky. Un bon vivant que hechizaba al público a través de sus dibujos que imponían modas. Las mujeres empezaron a vestirse como sus chicas. Con esas polleras cortas y ajustadas, tratando de minimizar la cintura todo lo posible. Los hombres, por su parte, también seguían los postulados de la revista y de los dibujos de su creador. Trajes cruzados, de enormes solapas, con cuatro botones ubicados en cuadrado (¡sólo se abrochaba el de arriba!) con pantalones de tiro alto que se angostaban pronunciadamente en la pantorrilla -antecesores del actual chupín. En algún momento de la década del cincuenta los jóvenes porteños, por sus gustos (o posturas) y maneras de vestir se dividían en tres grupos: tangueros, petiteros (los que salían de la confitería Petit Colón) y los divitos, que emulaban a los personajes que imaginaba el dibujante. Nada mal para un editor de una revista de humor gráfico.

Pero no todo se trataba de las ¡Chicas!. Los otros personajes de Divito tuvieron también una enorme recepción popular. Muchos se metieron de lleno en el inconsciente colectivo y el nombre de la tira pasó a denominar a personas que se asemejaban a las creaciones de Divito. Pochita Morfoni y Fúlmine son el mejor ejemplo. El estilo de humor de estas como de los otros personajes (Bólido , el que entendía todo literalmente; Bómbolo; o Falluteli -otro personaje avanzado para su tiempo: a pesar de ser malo, ventajero, odioso, aprovechador y hasta alcahuete, siempre salía bien parado; no había moralina ni moraleja) era bastante sencillo y reiterativo. Una fórmula.

Lo que funcionaba era el personaje, esa convención y complicidad que ya se había entablado con el lector. Un sistema similar al de los programas de humor televisivos durante décadas de nuestra televisión en los que la repetición de esquemas era lo que mandaba. Posiblemente el mejor y más original de todas las criaturas de Divito sea El otro yo del Dr. Merengue. Una gran tira. El Dr. Merengue es un hombre mayor atildado, sumamente correcto, con un estoicismo blindado, nunca se deja desbordar por las emociones. Pero su otro yo, que se desprende de su cuerpo, no tiene inhibiciones. Prefiere los excesos, las mujeres, es un jefe abusivo, lo dominan la lujuria y la pereza. Se anima a decir lo que tiene ganas, lo que ni él ni la sociedad de la época se animan. Una tira adelantada a su tiempo.

La revista no se metió (casi) nunca en política. Divito tampoco. En los tiempos del primer peronismo eso no era un asunto sencillo para una publicación, y mucho más si era exitosa. Pablo De Santis en su notable libro sobre la revista cuenta como el director tuvo que ceder a las presiones de Apold e incluir una página semanal sobre Eva Perón, que estaba totalmente fuera de tono con el resto de los contenidos de Rico Tipo. Y los textos de la página 3, algunas de esas editoriales que toda revista tenía, hacen una defensa del gobierno de Perón. Nadie las firma.

Rico Tipo triunfó en un mercado de revistas muy vasto, en el que la competencia era feroz. Cada miembro de la familia tenía sus revistas. Infantiles, femeninas, de actualidad, deportivas, de historietas. Rico Tipo se convirtió en una revista "masculina" que los demás miraban a escondidas en busca de lo que no encontraban en otros lados. Se debe tener en cuenta que las revistas era baratas, muy baratas; con un precio que difería en poco al de los diarios. Y que eran una gran fuente de información en una época en la que faltaban años para que apareciera la televisión. Sólo había diarios, radio y revistas.

La firma de Divito tiene algo de playboy también. Una grafía firme y juguetona. La d y la o redondeadas pero abiertas, los puntos de las ies como ojos. Esa firma que con la revista siendo un colosal éxito ya ni se molestaba en hacer. Tragado por los compromisos de la empresa y por la buena vida primero hacía los dibujos en lápiz y eran pasados en tinta y pintados por otros dibujantes del staff; luego sólo firmaba los dibujos (había plantillas con los personajes dibujados en todas las posiciones imaginables); por último, ya ni eso: alguien reproducía su firma con un sello.

Durante más de quince años, Rico Tipo dominó el mercado. Un lenguaje y temas nuevos que dejaron atrás a Patoruzú -que de todas maneras con la independincia de algunos personajes como Isidoro y la creación de Patoruzito recuperó terreno. Dante Quinterno, el creador de Patoruzú, y Divito eran dos polos opuestos del editor de revistas cómicas. Quinterno siempre fue el hombre invisible, el que no aparecía ni daba notas. el recluso. Divito era todo lo contrario. Un exhibicionista. Su mejor personaje era él mismo. A él le gustaba la notoriedad, la buscaba. Y al alimentar la leyenda le hacía ganar lectores a su revista.

Pero Rico Tipo no se trataba sólo de los trabajos de Divito. Entre los muchos colaboradores que tuvo a lo largo de su más de cuarto de siglo de existencia se puede decir que tuvo a algunos genios en sus filas. Además de varios dibujantes con oficio y algunos con mucho talento, Rico Tipo fue el hogar de Calé, de Oski y en los sesenta de Quino. El Buenos Aires en Camiseta de Calé es la contracara de los hombres y mujeres de Divito. Calé es un prodigio de observación (una cima del humor gráfico junto a Medrano y sus Grafodramas), refleja la realidad, los pequeños detalles son un mundo para él, es el testigo y el mejor cronista posible de la vida en los barrios, de las costumbres en la cancha, de los bailes en los clubes, de los viajes en tranvía, de los códigos del café. Divito, en cambio, trata (y lo consigue) de influir en la realidad; él dibuja arquetipos, diseña las cosas como le gustaría que fueran, crea una moda.

Divito sacó algunas revistas paralelas a Rico Tipo pero nunca alcanzó el mismo nivel de éxito. Pequeños spin offs algo fallidos. Tuvo también otros negocios de los cuales los más notables fueron dos boliches bailables, o boites para ser precisos a la terminología de época. Zum Zum impuso el ritmo de las noches porteña a mediados de los sesenta. Paralelamente la revista languidecía. Era una institución que envejeció y ya no marcaba el paso de la sociedad. El humor era otro, los tiempos eran otros. La costumbre (y los bajos precios de las revistas) hacía que tuviera todavía miles de lectores pero ya la gente no se vestía como sus personajes, ni hablaba como ellos, ni sufría apodos de personajes de historietas.

El 5 de julio de 1969 en un pueblito de Brasil, Divito de 55 años, encontró la muerte. Chocó en una perdida ruta provincial de frente con un camión. El auto deportivo descapotable de dos puertas, el Fiat rojo que manejaba Divito quedó destruido, con los hierros retorcidos. Unas semanas antes la Revista Gente lo presentaba como su nuevo columnista estrella, apelaban a su humor y a su conocimiento de la noche como carta de presentación. Con su muerte terminaba una época. Rico Tipo agonizó unos años más hasta cerrar en 1972. Así como la revista tomó la posta de la publicación de Dante Quinterno, ese era el tiempo de Satiricón. Una nueva era comenzaba. Un humor más urbano, menos acartonado, con largos textos circulares, con referencias sexuales, con toma de posición política. Los 70 habían llegado y la Rico Tipo sin Divito (con él posiblemente hubiera sucedido lo mismo) no lo resistieron.

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