Misterio en el country: ¿quién mató a Felisa Morel?

La autora de "Los caimanes" (Del Zorzal) cuenta cómo construyó el relato policial que comenzó como la historia de dos amigas y terminó teniendo tantos puntos en común con el caso García Belsunce

Por Inés Arteta

Siempre me interesó indagar en el vínculo de la amistad; sobre todo entre mujeres, no solo porque es el que puedo experimentar sino porque lo presiento más intenso y con más matices que la amistad entre varones. Pero esto es solo una presunción y no es lo más importante de lo que voy a contar. En 2002 empecé a escribir una historia sobre dos íntimas amigas que se conocieron en la infancia y que, cerca de los 35 años, seguían considerándose hermanas, unidas por un destino del que desconocían todo salvo ese sentimiento que les impedía concebir la idea de separar sus vidas. También me atraía el tema del doble, el Doppelgänger, "el que camina al lado", la sombra; desde la eterna parábola de la lucha del bien y el mal, de los hermanos Caín y Abel, hasta el otro como espejo en la búsqueda de la propia identidad. Me interesaba plantearlo, modestamente, como Cortázar, en "El perseguidor", o Conrad, en El corazón de las tinieblas: alguien capaz de cruzar el límite de la cordura con tal de conocer lo inefable mientras el otro o la otra lo observan con asombro, admiración y espanto.

Felisa y Clara, las amigas del country Los Caimanes, se criaron juntas, en un internado de las sierras cordobesas, en los años 80. Clara es huérfana de madre, y Felisa, hija de una madre que prefirió tenerla lejos. A ellas, sus familias no las esperan en vacaciones, por eso permanecen en el colegio cuando todas las pupilas se marchan a sus casas. Felisa es linda, desenfadada, audaz, la que empuja los límites más o menos claros para todas pero invisibles para ella. Y tiene dos hábitos que radicalizará con el tiempo: correr y seducir. Clara es inteligente pero apocada, convencional y menos decidida que su amiga, a la que sigue con fascinación y temor al mismo tiempo.

Cuando ya tenía unas cien páginas escritas y Felisa y Clara habían regresado a Buenos Aires para estudiar Historia en la UBA, murió María Marta García Belsunce en el country Carmel, y mi suegra, que conocía a la familia, me comentó que ese hecho le había mostrado lo frágil que era la vida: una podía resbalar en la bañadera, por descuido, y morirse. Así de fácil y de rápido. Un mes más tarde los medios estallaban con la noticia de que había sido asesinada con seis balazos en la cabeza, velada y enterrada sin autopsia.

Nadie dudó de una muerte por causas naturales. Para colmo su hermano, en pleno velorio, había llamado al comisario para pedirle que "le sacara a la policía de encima", dando por sentado con esa frase lo que no podía expresar: la familia estaba en shock y no querían, además, lidiar con una invasión semejante. Y no era todo: el certificado de defunción había sido "truchado", no se correspondía con la realidad. Empezó a correr el rumor de que ninguno había llorado en aquel velorio; la gente que se acercó a saludarlos y ellos mismos estaban "como en un cocktail". Escuchaba todo aquello y pensaba que nadie tenía en cuenta que esa conducta era normal para esa gente.

"Esa gente" era la ex aristocracia porteña, que antes vivía en Buenos Aires y pasaba los fines de semana en una casa-quinta en un club de las afueras de la ciudad y ahora se había mudado a la casa-quinta porque entre todos habían amurallado el club. Recordé lo que decía uno de los escritores que más me ha fascinado leer, Robert Darnton: otra gente es otra gente, es decir, gente distinta a uno, por eso era imposible comprender a los García Belsunce, que preferían transcurrir así –como con indiferencia– ese hecho tan lamentable. En su libro más conocido, Darnton analiza por qué un grupo de artesanos parisienses del siglo XVIII encontraba divertidísima una matanza de gatos. A los lectores actuales no nos produce risa un ritual en el que se persiguen y matan gatos a palazos. Esa "incomprensión" nos permitiría darnos cuenta de que se trata de otra gente que piensa y ve el mundo de una manera diferente, si bien ese mundo, como no es totalmente hermético, nos ofrece una pequeña rendija para colarnos y estudiarlos. Y esto si examinamos el suceso al modo de los antropólogos, para quienes en los chistes, las ceremonias y los proverbios hay "gato encerrado", es decir, material para comprender su mentalidad, porque ahí están las interpretaciones más oscuras de una sociedad.

El gato encerrado en el caso García Belsunce era aquel comportamiento que, para los demás, no podía ser sino un complot para cometer y ocultar un asesinato, sin considerar que la gente como los García Belsunce se comporta exactamente como lo hicieron en este caso.

Inés Arteta
Inés Arteta

Profundizar en esta cuestión me llevó a trasladar a mis personajes, Clara y Felisa, a ese contexto y a una situación parecida. Consulté a un abogado penalista, ahondé en las posibilidades de una persona común para investigar un crimen por su cuenta, en la soledad de un entorno que se resiste a esclarecerlo y en la soledad institucional argentina, que deja los crímenes sin resolver.

Un country es un maravilloso contexto para un policial porque se trata de un mundo cerrado: los sospechosos están demasiado cerca de la víctima y, además, todos juntos. El fenómeno social de los countries, esos barrios privados con naturaleza y policía propias, fortificados, defendidos de los pobres que viven de sus sobras del otro lado del muro, es algo que siempre me atrajo. Esa reclusión voluntaria motivada por el miedo a los pobres habla de nosotros como comunidad, del sálvese quien pueda –aquí me atrinchero y con el pago de mis expensas obtengo paz y seguridad. Vivir de ese modo requiere anteojeras, como las de los caballos de carreras, para no ver en el pobre a un semejante.

Cuando investigué para escribir La 21/24, un libro sobre esa villa, encontré la otra cara del fenómeno: la gente que migró a la ciudad en busca de trabajo, pero cuyos sueldos no alcanzaban para un alquiler, la razón por la que fueron a vivir a baldíos donde levantaron sus casillas. Ellos nunca fueron considerados iguales por los habitantes de la ciudad, sino invasores peligrosos. La otra pata de la mesa, que se suma a los ricos del country y los pobres del barrio que lo circunda, es la de cierto sector de la intelectualidad universitaria de Buenos Aires, dominada por la impostura y la hipocresía.

Felisa Morel, la protagonista, llegó a conocerlos, y también a sufrirlos. Pero Felisa aparece muerta en la primera línea de mi novela, de modo que será Clara, su amiga, la encargada de unir los hilos de esta trama en la que, los que conocieron a Felisa –quien más, quien menos– no pueden eludir un poco de responsabilidad por lo sucedido: finalmente, no todos tienen coartada ni tampoco carecen de motivos para ser sospechosos. Casi como sucedió con los miembros de la familia que buscó ocultar el crimen en el country Carmel.

 

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