El autor francés estuvo apenas poco más de un año en nuestro país, pero la experiencia le dejó una huella profunda
El autor francés estuvo apenas poco más de un año en nuestro país, pero la experiencia le dejó una huella profunda

Antoine de Saint-Exupéry llegó a la Argentina el 12 de octubre de 1929 y regresó a Francia el 1º de febrero de 1931. Tenía, al llegar, veintinueve años. Aquí se afianzó en sus obsesiones: volar y escribir. Contribuyó de manera decisiva al desarrollo de la aviación civil argentina. Escribió una novela. Conoció y se enamoró de la mujer que lo acompañaría hasta el fin, en las buenas y en las malas, en la pasión exaltada y en la mutua destrucción. Esa mujer fue la inspiradora de El principito. Sí, es "la rosa".

Saint-Exupéry comenzó odiando a Buenos Aires y a los argentinos en general. Un resquemor que la ciudad compartió con París, con Nueva York y con otras urbes donde también vivió. Es que, como señala Blas Matamoro, a Saint Exupéry no le gustaban las ciudades ni, en realidad, ninguna parte del mundo donde debiera aterrizar. Amaba, en cambio, "los paisajes que veía desde lejos, como el desierto, el mar o la cordillera. Íntimamente, se consideraba un ser ajeno al planeta, un paseante de otro astro…". Es cierto. Pero también es cierto que esa inquina fue disolviéndose con el tiempo y, cuando le tocó bajar a esta tierra, lo hizo con los ojos bien abiertos, fiel a la consigna que él mismo se daba: "Mira la catedral que habitas". Estrechó muchas manos. Fue querido, dejó huella. Y, al partir, se reconcilió con su experiencia argentina. Y la añoró, incluso en los momentos más arduos de su terrible final.

Esa experiencia fue breve, pero en él todo fue breve, empezando por su vida, que sólo se extendió por cuarenta y cuatro años. Sin embargo, ese tiempo argentino tan intenso resume su vida. Fue, en esta tierra, piloto, escritor, amante. A veces pasa que el destino de alguien se condensa en un solo momento, aquel en el que sabe para siempre quién es. Esto le pasó a Saint-Exupéry en su momento argentino, aunque este haya durado poco más de un año.

Dos extranjeros en la Avenida de Mayo

La noche del 12 de octubre de 1929 Le Corbusier y Antoine de Saint-Exupéry durmieron bajo el mismo techo, en Buenos Aires. Cada uno lo hizo en su habitación del Majestic, el lujoso hotel que se alzaba en el 1302 de la Avenida de Mayo.

Esos hombres eran muy distintos. A Le Corbusier, un arquitecto de cuarenta y tres años, las elites culturales del mundo lo consideraban un renovador de la arquitectura como arte total. Visitaba América Latina bajo el auspicio de personas o entidades que querían retenerlo para gozar de sus innovaciones. En Buenos Aires, donde lo había invitado Amigos del Arte, un grupo de animación cultural privado que trajo muchos escritores, pensadores y artistas célebres, fue recibido como maestro por Victoria Ocampo y demás miembros de la vanguardia porteña. Soñaban con que Le Corbusier diera a luz una nueva Buenos Aires, que salvara a la fenicia ciudad convirtiéndola en un Olimpo moderno.

Un francés suelto en Argentina… Le Corbusier
Un francés suelto en Argentina… Le Corbusier

Este arquitecto estrella era un auténtico dandy. Delgado y alto, con el pelo bien pegado al cráneo, unos gruesos anteojos acentuaban su aspecto intelectual, que contrastaba con la elástica elegancia de sus movimientos. Estaba casado pero, al menos durante aquel viaje, que hacía solo, no desdeñaba la compañía de bellas mujeres y se le atribuyó una aventura resonante. En el mismo barco en el que Le Corbusier se trasladó de Buenos Aires a Río de Janeiro, viajaba Josephine Baker, la cantante y bailarina negra que estaba en la cresta de su fama. Una foto muestra a Le Corbusier y Josephine, durante una fiesta a bordo, ella disfrazada de muñeca rusa y él de indígena, o algo así. ¿Acaso disfrutó el genio de esas piernas de ébano que hacían delirar a los espectadores de todo el mundo?

Saint-Exupéry era la contracara de Le Corbusier, incluso en el aspecto físico. También alto pero muy robusto, al borde de la gordura, era algo torpe en sus movimientos, además de socialmente tímido y bastante neurasténico. Rufino Luro Cambaceres, un piloto que fue su amigo, lo retrató así: "Ancho de espaldas, sus brazos colgando a lo largo del cuerpo, con un caminar cuya marcha se hacía ondulante, semejaba un oso". Poco agraciado, ya a los veintinueve años se le caía el pelo. Tenía algo infantil en el rostro. Aunque no era misógino, no tenía mucho éxito en el campo amoroso, y le aguardaba en Buenos Aires una larga soledad afectiva, sólo aliviada por relaciones tarifadas, a las que tenía fácil acceso pues le pagaba muy bien la compañía aérea para la que trabajaba. Finalmente, la vida lo recompensó y se fue de la ciudad porteña con buena cosecha en este campo. Con mujer y enamorado.

Saint-Exupéry, al llegar a Buenos Aires, era un ignoto aviador, con una vocación literaria firme, auspiciosa aunque todavía escasa en resultados. Tras algunos intentos en revistas, y con el respaldo de algún figurón literario, había publicado un primer libro titulado Courrier Sud (Correo Sur), en la prestigiosa editorial Gallimard. Aristócrata algo tronado, venía a Buenos Aires bajo contrato de la Aéropostale, una compañía francesa privada que procuraba quedarse con un gran negocio de la primera posguerra: el correo aéreo. Es que, tras la primera conflagración mundial (1914-1918) en la que se usó la aviación como instrumento bélico, el mundo estaba lleno de aviones, de fábricas de aviones, de ingenieros y pilotos disponibles para que el transporte por aire se difundiera en cada rincón de la tierra.

Mira la catedral que habitas de Alvaro Abos
Mira la catedral que habitas de Alvaro Abos

Cuando Antoine de Saint-Exupéry embarca con destino a Buenos Aires, tiene ante sí varios retos. Primero, como todo hombre o mujer de treinta años, debe empezar a construir su vida. Carga con una mochila de conflictos familiares y sociales. Durante los quince meses que pasará en la Argentina, Saint-Exupéry va a desafiar su pasado familiar. Es hijo de un vizconde. Su familia, aunque venida a menos, tiene un linaje que se remonta a la Edad Media. La decisión de Saint Exupéry, que mantendrá toda su vida, es dar la espalda a ese determinismo, pero sin que ello no suponga romper con su familia, a la que permanecerá unido a través del vínculo con su madre, indestructible, aunque por momentos conflictivo. A su madre, en una de sus cartas, le prohíbe que escriba en los sobres, antecediendo a su nombre, la palabra "conde". Desde el día en que pisa Buenos Aires los únicos cuarteles de nobleza que acepta son los del aire.

El segundo desafío es volar, algo que por entonces aún era un reto, sobre todo a la ley de gravedad. Estados y empresas procuraban explotar los avances técnicos en la aviación integrándolos al universo cotidiano de millones de personas, primero a través del transporte de correspondencia, luego el de personas. La aviación había nacido en el mundo como una actividad deportiva. Luego pasó a ser un elemento bélico. Y al fin de la contienda, el viaje en avión sería el gran medio de comunicación y transporte.

En ese contexto, Saint-Exupéry iba a preferir una y otra vez un rol: el de piloto, no el de organizador o gerente, aunque a veces debió sustituir la carlinga por el escritorio. Asumiéndose como piloto, también lo hizo como escritor. Escribirá sobre su experiencia, que no escindirá de su escritura, haciendo de la primera el cauce para vincularse con el mundo. Saint-Exupéry eligió ser un piloto que escribe. Así en cada una de las cuatrocientas cincuenta noches que pasó en la Argentina, y todas las restantes que le quedaron por vivir, se inclinó sobre su libreta o su hoja en blanco y escribió.

Finalmente, aceptó otro desafío. No sabía nada sobre el país al cual llegaba. Y se fue de él sin saber demasiado, pero, de algún modo, sabiendo más que otros. Lo conoció de la manera riesgosa, irregular y azarosa con la que mejor se conoce a alguien o algo: amando. Por eso pudo escribir mucho tiempo después, cuando las pasiones se habían calmado, que los meses que pasó en la Argentina habían sido los mejores de su vida.

Este texto está incluido en el nuevo libro "Mira la catedral que habitas", de Álvaro Abós (Sudamericana).

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