“Santa Teresa”, de François Gérard
“Santa Teresa”, de François Gérard

"Esta divina prisión, / Del amor con que yo vivo, / Ha hecho a Dios mi cautivo, / Y libre mi corazón; / Y causa en mí tal pasión / Ver a Dios mi prisionero, / Que muero porque no muero".

Son decenas de versos como estos los que se presentan rápidamente en la memoria ya que la escritura de Teresa de Ávila –o Santa Teresa, según la hagiografía católica– está incorporada al imaginario cultural del modo más contundente: "Que muero porque no muero" es un verso de un autor anónimo, es decir, universal. Sin embargo, fue escrito por esta mujer del Siglo de Oro de las letras españolas, probablemente en su celda de enclaustramiento monacal o en la biblioteca que instituía en cada convento que fundaba (y fundó diecisiete a lo largo de toda España). Hoy, Teresa sirve de inspiración para la obra Sagrado Bosque de Monstruos, dirigida por Alejandro Tantanián y con la actuación estelar de la deslumbrante Marilú Marini, sobre textos de Santiago Loza e Inés Garland.

Sagrado bosque de monstruos
Sagrado bosque de monstruos

La obra, que reclamó la reforma de la sala María Guerrero -la mayor del Cervantes- para la instalación de dos escenarios y una platea móvil y cuya escenografía exquisita fue diseñada por Oria Puppo, consta de varios puntos de vista y niveles de enunciación e interpretación: el teatro como obra de excavación de tesoros, la cuestión de la mujer y los géneros ayer y hoy, el discurso filosófico más explícito, pequeñas y enormes anécdotas de la vida cotidiana de Teresa y el musical que, como se sabe, es más maravilloso que la vida misma. Todo atravesado por la turbación del éxtasis. ¿Pero qué tenía que ver la santa de los libros -y doctora de la Iglesia- con todo esto?

Nada te turbe, / nada te espante, / todo se pasa, / Dios no se muda; / la paciencia / todo lo alcanza; / quien a Dios tiene / nada le falta: / Sólo Dios basta.

Pulsión de martirologio. Así podría denominarse el impulso que Teresa, entonces Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada, nacida en 1515 y que sintió desde muy niña, ya que ella misma cuenta que le propuso a su hermano un año Rodrigo, ir hacia las cruzadas para internarse en las tierras de los moros, donde ambos morirían sacrificados en el nombre de Dios.

Nieta de judíos conversos por parte de padre y de madre, quizás la herencia del Talmud y la cultura escrita de aquella religión la impulsaron a que los libros fueran parte de su vida, toda la vida. Leía libros de hidalgos caballeros andantes, como Tirant Lo Blanc, libros de aventuras en medio del siglo XVI. Sus hermanos varones, entre ellos el mismo Rodrigo con quien una vez quisieron ir hacia los moros, partirían hacia el Nuevo Mundo, las Indias Occidentales que había descubierto Colón, y que los convirtieron en los adelantados de la barbarie con que se instaló el imperio español en lo que hoy es América. Teresa ingresó en un convento.

Copia de autor anónimo basada en una obra de José de Ribera, en el Museo del Prado
Copia de autor anónimo basada en una obra de José de Ribera, en el Museo del Prado

Porque tú eres mi aposento, / eres mi casa y morada, / y así llamo en cualquier tiempo, / si hallo en tu pensamiento / estar la puerta cerrada. / Fuera de ti no hay buscarme, / porque para hallarme a mí, / bastará sólo llamarme, / que a ti iré sin tardarme / y a mí buscarme has en ti.

Ingresó al convento de la Encarnación a los 21 años, su decisión de ser monja – de que Dios fuera su esposo– había sido tomada y no tendría marcha atrás. Su salud no era la mejor: sufría desmayos y una especie de cardiopatía. Profesaba la autoflagelación. Su estado mental era frágil. Ella misma decía que "a veces se sentía como un león, otras como una hormiga", en lo que algunas voces han creído ver una manifestación de signos de bipolaridad, de síndrome maníaco depresivo. Un trastorno mental que tiene entre sus características el impulso hacia el infinito, cuando se está arriba, y a la tristeza infinita, física, cuando se encuentra la mente en el estado contrario. Tan frágil era su salud física que una noche de padecimientos, y considerándola medio muerta, en el convento de la Encarnación le prepararon sepultura y celebraron su funeral. Pero sobrevivió.

Avelino Senra Velo en Las enfermedades de Santa Teresa de Jesús, de 2015, describe uno de sus ataques en términos contemporáneos: "El 15 de agosto de 1539 tuvo durante la noche un 'parajismo' o paroxismo, un ataque de convulsiones seguido de una pérdida del conocimiento durante cuatro días […] Tenía un estado de inconsciencia tan profunda que no sintió nada cuando le pusieron la cera derretida en los párpados, ni tampoco recordaba el incendio que se produjo en su propia cama. […] Es un coma profundo, nivel 3 (mínimo de consciencia) de la escala de Glasgow: no respondía a ningún estímulo externo".

Se retiró un año a cuidar a su padre y, luego de su muerte en 1541, se encaminó hacia la grandeza. Y "encaminar" es la palabra más precisa, ya que se movió a lo largo y ancho de España "a pie", logrando fundar diecisiete conventos de la Orden que ella creara, la de las Carmelitas Descalzas, que tenían como regla que las mujeres que quisieran ingresar para ser monjas supieran leer. Evitaba así la entrada de viudas de la nobleza, acostumbradas a darse una pátina de prestigio de "santas" al entrar con lujos y criadas a conventos donde se daban la buena vida. La introspección –esa versión de Teresa del "conócete a ti mismo" de los griegos– tomaba la forma de lo que ella denominaba "el castillo interior", que debía ser cultivado –esa forma de ascesis del cuidado de sí– que ella practicaba obsesivamente con la lectura. Teresa consideraba que debía leer un libro por día.

Vuestra soy, para vos nací, / ¿Qué mandáis hacer de mí? / Dadme riqueza o pobreza, / Dad consuelo o desconsuelo, / Dadme alegría o tristeza, / Dadme infierno o dadme cielo, /Vida dulce, sol sin velo, / Que a todo digo que sí. / ¿Qué mandáis hacer de mí? / Dadme Calvario o Tabor, / Desierto o tierra abundosa, / Sea Job en el dolor, / O Juan que al pecho reposa; / Sea la viña fructuosa / O estéril, si cumple así. / ¿Qué mandáis hacer de mí?

Fue una mística. Practicaba el contacto con Dios mediante el arrebatamiento del alma. Practicaba el éxtasis, que llegaba mediante el autoflagelamiento, el dolor. La Regla de Santa Teresa incluía el usos del cilicio, ese cinturón metálico que aprisiona el muslo o la axila con el fin de emular el dolor que sufrió Jesús en el calvario y llegar así al favor de Dios, que si había entregado a propio hijo al "sabroso dolor" –como Teresa lo llamaba–, se convertía en una necesidad del hombre el imitarlo para alcanzarlo en la virtud.

Teresa tenía visiones, ángeles y demonios se le aparecían y esas visiones místicas se transformaban en poesía. Así describe Teresa uno de esos éxtasis de visión: "Vi a un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo en forma corporal… No era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos, que parece todos se abrasan… Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas: al sacarle me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor que me hacía dar aquellos quejidos, y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios. No es dolor corporal, sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aun harto".

Nada te turbe; / nada te espante; / Todo se pasa; / Dios no se muda; / la paciencia / todo lo alcanza. / Quien a Dios tiene, / nada le falta. / Sólo Dios basta.

Bien hace notar el sacerdote y poeta Hugo Mujica, en el diálogo con Marini que da comienzo a la obra, el carácter de "moderna" de Teresa de Ávila –luego Teresa de Jesús, después Santa Teresa– transcurrido en circunstancias históricas adversas: la contrarreforma y la Inquisición. Este Tribunal católico un día decidió que las monjas no podrían leer más libros: le quitaban a Teresa su alimento espiritual, pero ella supo darle la vuelta para convertir la vida en letras, el cuerpo en literatura, el alma en el "castillo interior".

Alejandro Tantanian (Mauricio Cáceres)
Alejandro Tantanian (Mauricio Cáceres)

No se detuvo entonces y fue pródiga en su escritura. Le pidieron que escribiera su vida y escribió un relato autobiográfico. Del mismo modo, queda en el misterio porque fueron quemadas sus reflexiones sobre El cantar de los cantares, quizás no porque se haya atrevido a escribir sobre el libro más erótico de la Biblia, sino porque quien se había atrevido a hacerlo había sido una mujer.

¡Ay, qué vida tan amarga / do no se goza el Señor! / Porque si es dulce el amor, / no lo es la esperanza larga. / Quíteme Dios esta carga, / más pesada que el acero, / que muero porque no muero.

Luego de fundar el último monasterio en Burgos murió a los 67 años en los brazos de una monja que fungía como su secretaria, en 1582. Fue enterrada y su cuerpo no se corrompió. Se decidió trasladarla y al ver la ropa mortuoria desflecada pero su constitución física intacta, se le amputó la mano derecha, que luego Francisco Franco conservaría como reliquia y fuente de fortaleza.

Fue beatificada y santificada en pocos años. Otras partes de su cuerpo fueron distribuidas a lo largo de España y de monasterios de la cristiandad. En el hall del Cervantes se exhiben reproducciones apócrifas de esos restos que fueron a parar a lo largo de todo el mundo –aunque los restos que quedan de ese cadáver sean propiedad y custodia de la casa real española de Alba–.

Hugo Mujica y Marilú Marini en un ensayo
Hugo Mujica y Marilú Marini en un ensayo

La obra dirigida por Tantanián imagina la mano izquierda de Teresa escondida en un agujero secreto en el escenario del Cervantes, fuente de energía teatral y mística para sus trabajadores y los actores. Las monjas de Teresa están interpretadas por hombres que transforman el éxtasis de la santa en escenas de musical, con canciones interpretadas por Julieta Venegas.

La obra estaba en los planes de Marilú Marini desde que conociera a Teresa mediante Roberto Villanueva en el legendario Intituto Di Tella, cuna de la vanguardia estética sesentista en el país. Hoy, la maravillosa Marilú la interpreta. Valga toda la obra para ver la última escena de la actriz arrebatada por la visión entre velos y luces que cuelgan en la sala mayor del Cervantes, convertido en pura manifestación de la potencia extática de la experiencia teatral.

*Sagrado bosque de monstruos
Teatro Cervantes, Libertad 815, CABA
Entradas: $ 230
Julieta Venegas cantará en vivo las canciones del espectáculo el jueves 4, jueves 25 y domingo 28 de octubre; jueves 1, domingo 11, jueves 15 y jueves 29 de noviembre, y domingo 2 de diciembre.
Última función 02/12/2018

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